Alan Saint Martin

Cuando veo en el título de un libro el término “casa” se me antoja imaginar a Adela rompiendo el bastón de su madre, a un minotauro paseándose dentro de sus habitaciones, a dos hermanos que tienen que tirar la llave a la alcantarilla porque ya no pueden ingresar o una familia poniéndoles papeles a las cosas por la amnesia que están pasando; y la lista podría seguir. Poco a poco, junto con el rastro que va dejando, me encuentro con un nuevo libro donde nuevamente está la casa en el título.
La casa del caracol. El pensamiento archipiélago (Mercurio Editorial), de Juan Carlos de Sancho, de las Islas Canarias, es el resultado de treinta años de trabajo y no porque haya tardado este periodo en escribirlo, más bien, es la evidencia de una trayectoria literaria, porque nos encontramos con textos que han aparecido en diversas publicaciones periódicas o libros que, con temática e idea similar, van tejiendo la estructura del libro.
Si es un compendio de ensayos, entonces cabría la pregunta: ¿será posible que el escritor se repita? Mi respuesta, aunque suene burlesca sería, sí y no. Si bien podríamos leer algún texto del libro y decir “esto ya lo leí”, no hay que dejar de lado que justo es eso, una recopilación donde seguro los temas repetirán, pero con el paso del tiempo, esta configuración temática o ideológica que nos permitirán una nueva lectura o interpretación.
Mencioné que La casa del caracol es un libro de ensayos, pero no nos encontramos con un aparato científico: notas al pie, un formato en particular de escritura o que el autor necesite de autores para sustentar lo que dice, sus fuentes. Estamos, entonces, ante la otra variante del ensayo, el literario. Por ejemplo, autores como Octavio Paz o Erich Fromm presentan un planteamiento, pero se valen más de la experiencia, otros ejemplos y, sobre todo de un lenguaje y unas estructuras sintácticas que van más hacia las imágenes poéticas. De la misma manera está el libro de Juan Carlos, en donde parece que nos está contando un cuento con imágenes tan poderosas como que en una isla el horizonte es lineal y entre más se eleva se vuelve circular. O también que la isla es un punto de conciencia en el mar.
Al respecto de la Casa, me gusta lo que Gastón Bachellard afirma: “Porque la casa es nuestro rincón del mundo. Es —se ha dicho con frecuencia— nuestro primer universo. Es realmente un cosmos”. Porque de aquí se desprende lo que de Sancho utiliza como el pensamiento archipiélago: unido sólo por aquello que los separa o también que la isla aísla. Y es que es cierto, nosotros como sociedad compartimos infinidad de cosas, pero generamos barreras políticas, intelectuales, culturales, económicas.
Si tuviera la oportunidad de hablar de una parte “favorita” del libro, sería sobre todo el primer apartado “Delibres y delibros”, ya que en catorce ensayos leemos a partir de las “aventuras” de los libros, sus constantes reflexiones o interpretaciones del mundo como en “La casa del caracol”, propiamente dicho, donde el libro personajes dice, y de aquí parte la idea del texto, “Los escritores son como los caracoles: siempre llevan su casa a cuesta”, y más adelante, “Cada escritor es un caracol que guarda celosamente en su concha-casa los universos que ha preferido atender y resguardar” justo lo que comenté líneas arribas de Bachelard.
Cuando me hablan del caracol recuerdo, además del platillo, la representación de la sección áurea y cómo esta medida comenzó a tener importancia en el arte: con ciertas fórmulas matemáticas proporcionales se llega al centro del caparazón, un detalle, una frase. Me pregunto aquí, y proponiéndole a alguien con más paciencia aritmética que la mía, ¿cuál sería la sección áurea del libro? ¿será casualmente una frase que me dé la esencia del mismo?
No me queda más que decir que invitarlos y dejarse llevar en esta espiral de ensayos que nos invitan, tal vez, a romper fronteras, a escuchar las muchas voces de Juan Carlos de Sancho y permitir que este canario sin jaula siga en sus travesías literarias.