Lo urgente en los próximos años

Alfredo Ríos Camarena

El desarrollo de las fuerzas productivas, en consonancia con las relaciones de producción, permite establecer, de acuerdo con la teoría marxista, que la estructura de la sociedad se fundamenta en la economía y que, a partir de esta premisa, el derecho y la ciencia política se convierten en superestructuras que corresponden al sistema económico que rija a la humanidad.

En el comunismo primitivo, no existían las categorías sociales que posteriormente se fueron creando y el hombre aparece, dicen, hace más de un millón de años en estado primitivo, sin reglas y sin cohesión social; la repartición de los bienes sólo se da en función de las necesidades primarias de la población; más tarde, el esclavismo, un nuevo estadio económico, da lugar a un crecimiento de las fuerzas sociales y se crean los grandes imperios, donde la base jurídica era la protección de la propiedad del hombre por el hombre. Cuando este sistema decae, por la falta de interés de los esclavos en la producción y con la explotación brutal que éstos sufrían, surge el sistema feudal que se basa en la propiedad de la tierra, donde la nobleza y la aristocracia eran dueños de la propiedad de la tierra; con la Revolución Francesa, con la aparición del libro de Adam Smith, La riqueza de las naciones y con la constitución de Filadelfia, surge el nuevo régimen que se basa en los principios de igualdad y libertad, aparece el capitalismo y con él la palanca más importante del desarrollo económico; ese sistema de ninguna manera concluye con lo que Lenin llamó el imperialismo, fase superior del capitalismo; en realidad se equivocó, pues aún faltaba el gran salto tecnológico que produce el nuevo capitalismo conocido como globalización; en este sistema, la propiedad de los instrumentos de la producción ha sido lo fundamental.

Bajo este régimen que no concluyó con la aparición del supuesto socialismo soviético, se ha concentrado la riqueza de manera exponencial, y actualmente son miles de millones de seres humanos que cada día se empobrecen más, y unos cuantos, el 0.01% o menos, los que se han apoderado de la riqueza mundial, de los medios de comunicación, de las instituciones financieras, de la industria energética y petroquímica, de las farmacéuticas y de la industria alimentaria, de la industria bélica y otras más.

El resultado de este avance social se basa en una democracia cada vez más deteriorada, manipulada por las grandes fuerzas del capital, y en una política de derechos humanos que, independientemente de sus bondades, ha servido para impulsar la fuerza política de los nuevos imperios económicos transnacionales.

En México, nuestra historia marcó caminos propios, la Constitución de 1917 dio origen a una política que pretendía el estado de bienestar y la justicia social; el avance del capitalismo globalizador ha producido un nuevo orden mundial donde el derecho se ha internacionalizado y la protección a las patentes y a la nueva riqueza son el fundamento jurídico que con diversas variables se ha impuesto prácticamente en todo el orbe.

La mayor parte de las reformas que han sido aprobadas, así como las leyes secundarias que están pendientes, obedecen a estas reglas de operación mundial. La aceptación de los tratados internacionales ha reducido la capacidad soberana de los estados y nos han llevado a un sistema de enorme progreso pero también de la desigualdad más grande que haya existido en la historia.

En medio de esta pugna ideológica y económica, han surgido pensadores de gran talento que, con diferentes opciones, plantean la reforma del sistema global a través de mecanismos que reduzcan los efectos perniciosos de la concentración del dinero, y le abran un nuevo destino y un nuevo horizonte a la sociedad del futuro.

La salida más importante se encuentra en las reformas fiscales y en las políticas que le devuelvan al Estado nacional la conducción y la rectoría de la economía.

Nos encontramos en esa encrucijada; hoy más que nunca se requiere un pensamiento, desde el Estado, que encuentre un nuevo horizonte al desarrollo social; el presidente Enrique Peña Nieto está buscando soluciones que puedan equilibrar y gradualizar estos desajustes económicos, pero las fuerzas internas y externas no se lo han permitido a plenitud.

Retomar principios constitucionales y jurídicos y de filosofía social que nos permitan enfrentar con éxito la pobreza y junto con ella la inseguridad, es tarea urgente y fundamental hacia los próximos años.