Al publicar en 1969 su primera novela Hasta no verte, Jesús mío, Elena Poniatowska desconcertó a los críticos, que no a los lectores que la prefirieron desde el primer momento. El hecho de que se tratara de una larga entrevista con una lavandera que varios años después se supo era Josefina Bórquez, ponía en la difícil situación de decidir si se trataba de una ficción o de un trozo de realidad, tal vez una crónica, si hubiera existido entonces el nuevo periodismo se le habría colocado esa etiqueta.
La verdad, la literatura está llena de casos en que el escritor se roba un cacho de vida para sus ficciones. Las novelas en clave permiten identificar a los modelos originales. Siempre me ha escandalizado que BenjaminConstant cuente en Adolfo sus amores con la célebre Madame de Stael a sabiendas de que ella está casada con el Barón de Stael. Los personajes de ProustBergotteo el Barón de Charlus, , han sido identificados con sus modelos reales, el escritorAnatole France y el aristócrata Robert de Montesquiou. En Elstir se reconoce a Renoir, por no hablar de Madame Bovary que se inspira enuna gacetilla de periódico.
Casos más ambiguos y recientes son los de A sangre fría, de Truman Capote o el de Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, donde se sigue al pie de la letra la realidad, pero se trata de creaciones literarias, incluso Mailer le subtitula a su obra “la historia como novela, la novela como historia”. El colombiano Fernando Vallejo reconoce sólo como novela La virgen de los sicarios y en ella el narrador se llama como el autor: Fernando. El resto de su obra, de Los días azules a El desbarrancadero se presenta como autobiografía, por más que la única vez que tuve oportunidad de hablar con él, me dijo que él no escribía autobiografía, sino “novelas del yo”. Un caso muy similar es el de Sergio Fernández con Los desfiguros de mi corazón o Todo para los dioses, en las que los personajes son reales con sus nombres auténticos, pero el tratamiento es completamente literario. Sobre uno de sus relatos, alguien le preguntó si así era Pita Amor (casualmente tía de Elena)y él contestó de inmediato “es mi Pita” dando por entendido que era su creación literaria. En resumen, lo que trato de mostrar es que Elena Poniatowska no está sola en este camino y al contrario ha sido pionera de estas formas literarias híbridas, como injertadas.
Tinísima, Leonora y Querido Diego, te abraza Quiela se basan en mujeres de carne y hueso, pero no son biografías, sino novelas. Elena Poniatowska es la autora igualmente de una novela titulada Paseo de la Reforma que narra los amores de la escritora Elena Garro con el también escritor Archibaldo Burns. Y la misma Elena Garro en Testimonios sobre Mariana novela su relación con Adolfo Bioy Casares y, mala que era, le otorga a Octavio Paz, su marido entonces, el nombre de otro emperador romano, Augusto.
En 1980, Poniatowska escribe un libro de crónicas titulado Fuerte es el silencio, ahí, uno de los textos es sobre la colonia popular Rubén Jaramillo. En esa crónica, Elena escribe sobre el dirigente el Güero Medrano y le atribuye una enamorada, que si no recuerdo mal, se llama Elena, pues bien, al publicar una reseña de la obra dije que ese personaje se parecía más a la autora que a la enamorada del líder, y Elena me llamó por teléfono y me comentó: Sí, en efecto, ese personaje lo inventé, creí que nadie se iba a dar cuenta. Lo interesante es que en una crónica, real, introduce la autora un elemento ficticio. Una antigua entrevista con Elena la titulé: “Sí, yo inventé testimonios en La noche de Tlatelolco”. En la explicación, la escritora me decía que en ocasiones sentía que para mantener el ritmo del relato había que añadir una llamada de auxilio, una queja. Como la literatura más actual, la de Elena Poniatowska copia del natural en sus novelas o se toma licencias con la realidad en sus crónicas.
Su preferencia por la lengua hablada
A mi entender, la literatura del siglo XIX es fundamentalmente escrita, predomina, por decirlo así, la descripción. La literatura del siglo XX es fundamentalmente hablada. Se acerca a la lengua de todos los días en el Ulises de Joyce, pero sobre todo en la generación beatnik de William Burroughs y Jack Kerouac. En México, tenemos las escrituras en que predomina el habla en José Agustín, pero sobre todo en Carlos Monsiváis y en Elena Poniatowska. Al comenzar estas notas hablé de hasta no verte, Jesús mío, es un brindis cuando se pretende llegar hasta el final de una copa. Algún libro de Elena se llama Ay vida no me mereces y una vez me comentó que el título de El último guajolote no le gustaba nada, que debió llamarse como el pregón de “Chichicuilotitosviv…”.
Los comunistas como personajes
En la historia de la literatura mexicana, sólo José Revueltas y Elena Poniatowska tienen como personajes a comunistas. En Revueltas, protagonizan Los muros de agua, El luto humano, Los días terrenales y Los errores. En Elena aparecen en Tinísima, en Querido Diego te abraza, Quiela, en El tren pasa primero; y por supuesto, en sus crónicas como La noche de Tlatelolco o Fuerte es el silencio o en sus entrevistas con Diego Rivera o José Revueltas. (Carmen Galindo)
