Sara Rosalía

 Al recibir el Premio Cervantes, Elena Poniatowska de entrada destacó que era la cuarta mujer en recibir esta distinción y que los hombres que lo habían recibido suman 35. Una de estas mujeres, añadió, la consideramos nuestra porque fue maestra en la Universidad Nicolaíta en Michoacán a consecuencia de la guerra civil española. Luego mencionó a Dulce María Loynaz, quien precisó no abandonó la Cuba revolucionaria. Como quien no quiere la cosa, informó que en México “hay un dios bajo cada piedra”. Uno para la lluvia, otro para la fertilidad y otro para la muerte, ya que, concluyó con gracia: “no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse”. Total, unos cuantos párrafos y varios desacatos, los más grandes: la guerra civil española y los refugiados, la Cuba revolucionaria y lo de los muchos dioses en un país católico.

Evoca la figura de Sor Juana y su afán de conocimiento reprendida por “prelados que le eran harto inferiores”. La compara, para que no quepa duda de qué está hablando, con Galileo y Giordano Bruno. A renglón seguido, junto a la intelectual del virreinato, habla de JesusaPalancares, la protagonista de Hasta no verte, Jesús mío, a la que clasifica como novela testimonio.

Machaca luego que Lázaro Cárdenas les dio asilo a los republicanos y luego el tema que le es más querido, el descubrimiento de su nueva patria. De cómo aprendió el español en la calle, con los pregoneros y cómo se fija de inmediato en los descalzos, en los más pobres. En la humildad de los mexicanos, en su cortesía. De cómo se habla de la muerte y de la muerte de las mujeres en las canciones y de cómo mueren las mujeres en Ciudad Juárez y no habla de los últimos años, sino de dos mujeres concretas, asesinadas apenas el 13 de abril, de sus edades, 15 y 20 añ0s, de que la mayor estaba embarazada. Porque Elena Poniatowska habla en concreto, no le gusta hablar en el aire. No se refiere a los crímenes de antaño, sino a los de ahora. Es, como los escritores de su especie, sobre el muerto, las coronas.

Su llegada a México a los diez años lo ejemplifica con palabras: “¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimícuaro?” Evoca al afilador, el silbato del que vende camotes y esos sonidos la llevan a los trenes. No menciona, pero ahí queda, la revolución mexicana que viajó en tren y el movimiento ferrocarrilero y, claro, su novela El tren pasa primero.

La que llega en el siguiente párrafo es Tina Modotti que se hace enfermera en la guerra civil española y de ahí a otra de las figuras centrales enla vida de Elena, Rosario Ibarra de Piedra y su lucha por los desaparecidos, que precede, aclara, a las madres de la Plaza de Mayo en Argentina. Reitera la consigna: “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.

Les da un llegue, apenas, a los Estados Unidos “que pretendieron tragarse todo el continente” y pasa a evocar el neozapatismo de 1994, pero en lo que lo precedió, la revolución de las mujeres.

Asegura haber tomado la palabra nadie de El laberinto de la Soledad de Paz, cuenta cómo un mexicano suele contestar “no hay nadie”, a causa de “un silencio de siglos de olvido, de marginación”. A un joven que salva vidas en el terremoto del 85, Elena le pregunta su nombre y él responde simplemente “pues póngame nomás Juan”, vale decir nadie.

Recuerda a los migrantes del continente que se suben al tren que se llama La Bestia para intentar llegar a los Estados Unidos.

Como en el “Poema de amor”, de Roque Dalton habla de que somos pueblos de menesterosos, de limpiabotas, de multitudes que buscan ver al Papa, que llevan a fotografiar a los muertos niños y etcétera.

Para acabar, recuerda una frase de José Agustín, menciona a los mexicanos que recibieron el Premio Cervantes antes que ella: Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco. Y luego, tres nombres de los que no tuvieron esa suerte: Rosario Castellanos, María Luisa Puga y José Revueltas.

En la última parte de su discurso, evoca a su esposo, el “estrellero” Guillermo Haro diciendo las coplas de Jorge Manrique y finaliza con las jacarandas que con su alfombra morada cubren las aceras de la ciudad de México.