CIENCIA

 

 

Sus restos fueron hallados en Quintana Roo, donde murió hace 12 o 13 mil años

 

René Anaya

En un principio, la migración en el continente americano fue de norte a sur, según confirman las recientes investigaciones de un grupo internacional y multidisciplinario de científicos, que ha estudiado los restos encontrados por espeleólogos y arqueólogos mexicanos en el sistema de cuevas Sac Actun, Tulum, Quintana Roo.

 

Luz en el Hoyo Negro

En mayo de 2007, Alberto Nava Blank, Alex Álvarez y Franco Attolini, exploraban un cenote a ocho kilómetros de la costa del Caribe, donde recorrieron un túnel subacuático de kilómetro y medio que los condujo a una cueva del tamaño de una cancha de basquetbol.

Alberto Nava ha descrito ese hallazgo: “El suelo desapareció debajo de nosotros y no llegábamos a ver el otro lado. Apuntamos con nuestras luces hacia abajo y hacia los lados, y todo lo que podíamos ver era oscuridad. Sentimos como si nuestras poderosas linternas submarinas fueran absorbidas por este vacío, así que lo llamamos Hoyo Negro“.

Dos meses después regresaron al lugar con un equipo de focos más potentes, con los que vieron a unos 50 metros de profundidad restos de animales y un cráneo humano: “Estaba sobre un saliente, hacia arriba, con un conjunto perfecto de dientes y las oscuras cuencas de los ojos mirándonos”, ha referido Nava.

Allí comenzó el Proyecto Arqueológico Subacuático Hoyo Negro, Tulum, Quintana Roo, codirigido por Pilar Luna Erreguerena, arqueóloga pionera de la arqueología subacuática en México, del Instituto Nacional de Antropología e Historia; James C. Chatters, antropólogo y paleontólogo del Laboratorio Applied Paleoscience and Direct AMS; Dominique Rissolo, arqueólogo del Instituto Waitt; Alberto Nava Blank y Roberto Chávez Arce, del Proyecto Espeleológico Tulum. Además, National Geographic Society, el Instituto Waitt, el Archaeological Institute of America y la National Science Foundation han aportado su valiosa colaboración.

Uno de los primeros pasos de este proyecto consistió en capacitar a los buceadores espeleólogos para obtener “información con fines arqueológicos, para registrar apropiadamente el contexto general, tomar muestras, medidas, fotos, videos, etcétera, y seguir con extremo cuidado todos los requerimientos de los expertos, a pesar de la complejidad y los peligros de la cueva en sí misma”, refirió Pilar Luna.

 

Una cápsula del tiempo

Por su parte, James Chatters, coautor principal del trabajo “Late Pleistocene Human Skeleton and mtDNA Link Paleoamericans and Modern Native Americans”, publicado en la revista Science el pasado 16 de mayo, ha referido que esa cámara estuvo oculta y sellada por el agua los últimos ocho mil años y que “es una cápsula de tiempo que ha conservado la información sobre el clima y la vida humana, animal y vegetal que existían al final de la última era de hielo”.

En esa cámara de vestigios se descubrieron restos de 26 mamíferos correspondientes a once especies del Pleistoceno Tardío, pero sobre todo se identificó el esqueleto más completo (incluye los huesos principales del cuerpo, el cráneo intacto y varios dientes) y genéticamente intacto que se ha encontrado en América, el de Naia (ninfa del agua o que fluye), como se le ha llamado, joven de entre 15 y 16 años, de 1.50 metros de altura, quien murió al caer en la cueva hace entre 12 mil y 13 mil años.

El resultado del análisis del ácido desoxirribonucleico mitocondrial (ADNmt) de Naia ha indicado que se trata de una joven de origen asiático, de Beringia (región ahora parcialmente sumergida que incluye partes de Siberia y Alaska), del haplogrupo (cromosoma materno) D, identificado con las migraciones que llegaron a América desde Siberia; subhaplogrupo D1, que solo tiene lugar en América.

De esta forma, por primera vez se ha vinculado un esqueleto con las características faciales y del cráneo de un poblador americano primitivo o paleoamericano con el ADN relacionado con los cazadores-recolectores que cruzaron el puente terrestre de Bering desde el noreste de Asia hace entre 26 mil y 18 mil años.

Por lo tanto, se confirma que los primeros migrantes que poblaron América vinieron del norte y no del sur, como se había supuesto, pues este proyecto multidisciplinario “produjo una de las más convincentes evidencias hasta la fecha de un vínculo entre los paleoamericanos, los primeros pobladores de América tras la última glaciación, e indígenas americanos modernos. Lo que esto sugiere es que las diferencias entre los dos son resultado de la evolución in situ, en lugar de migraciones separadas de distintos orígenes del Viejo Mundo”, ha planteado James Chatters.

Además de esa información relevante, el trabajo ha demostrado que se puede conjuntar un equipo grande de científicos prestigiosos “que ha sido extremadamente generoso compartiendo su conocimiento y experiencia para analizar, comprender e interpretar el hallazgo y generar el conocimiento que hemos adquirido”, ha destacado la arqueóloga Pilar Luna.

reneanaya2000@gmail.com