Juan Antonio Rosado
Quien esté al tanto del desarrollo de la música de concierto o “culta”, plasmada en partituras complejas, sabe que tras las rupturas del impresionismo ya nada podía seguir igual. Sonidos emanados de la técnica, aunados a la nueva configuración de la vida urbana y al acelerado cambio en los medios de comunicación rompieron con la percepción “tradicional” de la música. Si el sistema bien temperado rompió con las escalas modales, en el siglo XX Debussy y Ravel empezaron sutilmente a poner en jaque al sistema tonal. Stravinsky y Bartók, en el orden del ritmo, aportaron construcciones inéditas y desataron una tempestad a la que luego habrá que agregar la injerencia de las tradiciones populares afroamericanas (el jazz, particularmente), y luego, con autores como Messiaen, la injerencia de las músicas orientales (la microtonal de la India, los metalófonos de Bali…). Tanto Bartók como Stravisnky se transformaron sin abandonar su sello personal. El primero transitó del nacionalismo a la incorporación de disonancia y rupturas rítmicas (pensemos en sus Estudios o últimos Cuartetos); el segundo transitó de los ballets al serialismo, y de repente volvió a la música tonal (el Octeto). Pero la ruptura —muy anterior— más profunda vino de la Escuela de Viena (Schoenberg, Webern y Berg). Ruptura atonal, feroz, definitiva: los sonidos se liberaron y perdieron los papeles jerárquicos que jugaban en el sistema tonal. Se abandonó el centro y eso llevará a Schoenberg al dodecafonismo y al serialismo: de La noche transfigurada al Pierrot Lunaire, y de éste a la Serenata op. 24.
El desarrollo en múltiples direcciones de la música se aleja de la repetición de esquemas. Hay hondos cambios de La consagración de la primavera de Stravinsky al Wozzeck, de Berg, y de dicha ópera al Cuarteto para el fin de los tiempos o la Sinfonía Turangalila, de Messiaen, quien llegó a incluir melodías de pájaros en su obra. Pero nada como la ruptura de Schoenberg. Ignoro si Edgar Varese hubiera surgido como fue sin la actitud radical del músico austriaco. El atonalismo dio pie a la música concreta y electrónica; a la incorporación de ruido y audaces disonancias, hasta llegar a clústers, multifónicos y música aleatoria. Varese, Xenakis, Stockhausen, Boulez, Maderna, Berio, Penderecki son algunos protagonistas radicales. Adoro las Sequenzas de Berio pero, a mi juicio, su obra maestra es Laborintus II. Allí incorpora jazz, música electrónica, voces y declamador. En otra dirección, Carl Orff, influido por Stravinsky, explotará el ritmo en óperas como Antigona, o en su trilogía Trionfi. Sin embargo, siempre he creído que su obra maestra es la Comedia para el fin de los tiempos, donde confluyen las obsesiones de este autor, a la vez de tradición y ruptura.
A lo largo del siglo XX, surgieron nuevas tendencias. Pienso en Crumb y su maravillosa Vox Balaenae. Incluso habrá quienes rompan consigo mismos, como Penderecki (comparemos sus obra de los cincuenta y sesenta con la de los ochenta o noventa) o Lutoslawski (de bartokiano al genial innovador en el Concierto para oboe, arpa y orquesta de cámara). Creo que en la actualidad no hay otra vía que el eclecticismo bien entendido. De otro modo, la música se condenaría a repetirse. A veces surgen compositores que no hallan otro camino que el trasnochado nacionalismo o neorromanticismo. Afirman que el atonalismo “no se entiende”. Boulez advirtió las evidentes limitaciones en la sensibilidad que implica esa lamentable opinión, limitaciones de gente acostumbrada a la música tonal. La sensibilidad se educa. Quien no siga el desarrollo musical, no entenderá por qué lo que escucha no es ruido sino música bien estructurada. Yo comprendo la música atonal desde temprana edad porque mi padre fue compositor y llegó a combinar ritmos afroantillanos con serialismo o atonalismo. Todo es aprendizaje, y la invitación a abrir los sentidos se mantiene. ¿Qué es la música sino la organización de los sonidos? Si nos mantenemos contentos con un solo modo de organizarlos, no haremos sino limitarnos. Lo mismo ocurre con las demás artes.
