Esa es la verdad
Jorge Carrillo Olea
Dos sucesos preocupantes se han dado en estos días: uno fue el doloroso y desconcertante de los casi mil casos de bullying en los últimos años (CNDH dixit) con un niño muerto; y el otro, el disturbio en la comunidad de Ameyalco en plena ciudad de México, donde las fuerzas del orden fueron arrinconadas, literalmente sometidas por un pueblo enfurecido, y dos policías acabaron en terapia intensiva con fractura de cráneo.
De los niños victimados todos nos dolimos, desconcertamos y preocupamos. Algunos aprovecharon el río revuelto, como el rector de la UNAM, que en todo está menos en misa, para “repudiar” oportunistamente el doloroso hecho. Lo que hay que hacer es preocuparse muy profundamente. ¿Qué está pasando?
De la algarada de Ameyalco salieron pronto vanos señalamientos: que si se intentó abusar de la comunidad queriendo quitarle su agua; que si hubo mal manejo político; que sí, para variar, había corrupción en el negocio del agua y más.
Lo que no se ha analizado suficientemente y está evidente en la sorpresiva información televisiva que hemos observado es que en ambos casos, que son sólo ejemplo, en el fondo hay un intenso enojo social, el que desahogamos cada quien como puede: algunos robando o con conductas vandálicas; otros simplemente tocando el claxon, otros drogándose o alcoholizándose o escribiendo, asociándose para delinquir, robando al fisco, ejerciendo violencia intrafamiliar, y mil formas más, pero todas con un fin común: desahogar la ira mediante un reto al orden y al respeto solidario.
Grave riesgo un pueblo enojado. Muchos estallidos sociales empezaron así.
La responsabilidad de especificar el porqué e intentar encauzar tal furor es obviamente de la autoridad y no es sólo dando “precisas instrucciones” como gusta decir el presidente, o “repudiando” el hecho como se quitó el saco Emilio Chuayffet.
Es el caso de que con comedimiento y precisión se convoque a científicos sociales y de otras disciplinas, al pueblo mismo, a estudiar a fondo el problema que no es ni menor ni está referido a un sector social ni es sólo del día de hoy. Es una tarea superior.
La verdad que no se quiere aceptar es que salvo los miembros de los muchos olimpos que tiene México, TODOS ESTAMOS MUY ENOJADOS. La cuestión es desentrañar los muchos porqués, aunque está en el ambiente aceptar su heterogeneidad.
Efectivamente, se encontrará que hay muchísimos porqués. Pero también se identificará, como factor omnipresente, que nada dice, y dice todo, el que ESTAMOS MUY ENOJADOS con la vida que nos han impuesto décadas de malos gobiernos, arbitrariedades, abusos y desatinos del sector público y del privado.
La verdad detrás del bullying y de las eclosiones sociales es una: estas falsías en el conducir a la nación de funcionarios y particulares y sus nefastas consecuencias ya no dan para más. Son intolerables la incompetencia, la corrupción y la impunidad que conducen a la injusticia en el más amplio sentido.
La dictadura perfecta, con todo y su aggiornamento, con su nueva cara y métodos, ya se gastó. Si al menos hubiera congruencia con aquel lema de “democracia y justicia social” del PRI, todo estaría aliviado pero estamos tan lejos que ni sus directivos se atreven a mencionarlo. Se convirtió una especie de cruel ironía, una especie de reclamo del pasado. Una reprobación desde ultratumba. Nunca México estuvo más lejos que de ese compromiso.
Ya no da más el brincoteo cotidiano, la mentira de a diario y la imparable corrosión pública y social, causa y víctima de sus propias angustias y desesperaciones. El gobernar debe ser eficaz de otra manera, con visión de un futuro que hoy es sólo un inquietante enigma porque todo intento de vislumbre, conjetura o anhelo respecto de él resulta vacío.
El gobierno ha elegido como eje de su conducta la imagen. Así se gobernó el Estado de México y se ganó la Presidencia, pero ejercerla demanda de más, de muchísimo más.
Ha pasado año y medio, el siguiente plazo estará plasmado de intereses electorales. El gobierno quiere fortalecer su poder en las elecciones intermedias. Es su derecho y obligación. El primer deber del poder es mantenerse y fortalecerse.
La oposición, si puede, aumentará el suyo. Es una disputa legítima entre fuerzas en la lucha política. Así es y debe ser, siempre que se tenga presente que el poder que da el pueblo es para su bien y no simplemente para forjar mediáticamente una historia personal.
Como oportunidad y jettatura, a este gobierno o conjuntos de gobiernos, les tocó barrer y fincar sobre los despojos que dejó la historia, no es tarea simple abatir el enojo popular, pero el primer y solo requisito no es vigorizar la imagen, hoy el primer e ineludible deber es desenojar al pueblo.
hienca@prodigy.net.mx
