César Arístides

Incontables son los retratos literarios que los poetas hacen de su bardo alabado, respetado, o bien de aquel que es blanco de sus injurias, pues en algunos casos sirven también para mofarse del talento poético, cuestionar la grandeza o dibujar al literato sólo con el propósito de hacerlo picadillo. La instantánea puede estar dedicada a los versos que sedujeron el temperamento, el trazo íntimo orientado a rescatar unas pupilas, la sonrisa del escritor, el gesto hondo del poeta, su sonrisa o la mezcla de asombros y figuras. También ocupada en cuestionamientos literarios o defectos físicos. Célebres son los embates de don Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, y asomado por ahí Lope de Vega; Gonzalo Rojas mira socarrón a Ezra Pound, y éste alaba a Walt Whitman, de todo hay en la viña de lírica del Señor. Del Siglo de oro a la temeridad de los poetas contemporáneos, románticos, barrocos, simbolistas, surrealistas… se han hecho de los versos gestos y miradas, retratos de añoranza o inolvidables elegías de poetas entrañables. De la extensa producción del poeta esencial del Modernismo, o al menos una de sus figuras mayores, Rubén Darío, existen diversos retratos poéticos, y uno de los más bellos es el dedicado a Campoamor, al poeta español de la cotidianidad y la añoranza, de la estampa armada con nostalgia y noble claridad. Escrito con humilde emoción y brevedad que se agradece, Rubén Darío comparte un sencillo homenaje al poeta, sencillo, sí, pero emotivo, límpido y contundente: “Éste del cabello cano,/ como la piel del armiño,/ juntó su candor de niño/ con su experiencia de anciano…”, abre el poeta nicaragüense con una observación sincera al rostro apacible de Campoamor, y la ternura que surge del encuentro nos remite a un hombre de aspecto candoroso, que a pesar de la edad, no permite a la amargura acomodar sus rigores en la noble expresión. El retrato es un dibujo a tinta cuyo dominio de línea provoca la salutación y el elogio; el rostro de Ramón de Campoamor es el de un hombre afable, un anciano solemne, concentrado, nunca adusto ni trágico. Pero también es el rostro de la poesía, de la escritura encantada y el verso de notable hechura. Continúa el autor de Azul: “cuando se tiene en la mano/ un libro de tal varón,/ abeja es cada expresión/ que, volando del papel,/ deja en los labios la miel/ y pica en el corazón”. Hermoso el acabado del retrato. Darío atiende la suma poética de Campoamor y la compara con el sino de la abeja y su contexto: dulce la miel que transporta, dulces los versos, memorables, dulces la imágenes del poeta español y picadura en el corazón, esto es, punzadura de metáforas, dardo lírico en el corazón y el entendimiento. Elogio súbito y bello: los versos de Campoamor de inmediato se dirigen con su dulzura al corazón, sin importar si se ocupan de amor, desamor, pasión o añoranza. Su trabajo poético es un transporte de miel y candor doméstico, para derivar en picadura dulce, entrañable. Extensa y grácil tradición la del retrato poético comparte páginas hermosas dedicadas al rostro o a la poesía de los elegidos, a la mirada enigmática del poeta o su cara asombrada; a sus versos que propiciaron la añoranza o la revelación; retratos del conde de Villamediana o García Lorca, gestos, atmósferas, bocetos y trazos encontramos de Rimbaud, François Villon, Amado Nervo, este poema de Darío es un boceto bello, insisto, sencillo y contundente: Darío, que tanto se explayaba en metáforas y esencias, que tantas atmósferas de náyades, encíclicas y valles deslumbrantes convocaba, hace en esta estampa de homenaje uso de la concisión y el verso a media voz —pero audible— para ofrecer un dibujo sereno, suave y perdurable.