Margarita Peña

 

 

1.     A modo de introducción.

La poesía asume tantas modalidades y estilos cuantos poetas son y han sido. Esta verdad de Perogrullo me da pie para introducirme en el particular mundo literario de Efraín Huerta y consignar, al abrir su Antología poética, en primer lugar, la modalidad de lo trascendente, el compromiso con la realidad y la palabra; el sentimiento herido, la indignación, el grito y el amor que desalojan las fruslerías (o preciosuras, permítaseme el neologismo) del lenguaje, las percepciones etéreas y vanas, y la expresión afiligranada, a veces vacua en algunos poetas. Las sutilezas, en Huerta, se vuelven verdades; el verso deja de ser simplemente el vehículo para endulzar el oído dando cabida, haciendo un lugar a la rebeldía; al vocablo rudo y necesario, a la interjección que expresa dolor y lágrimas o rabia, lejos de un esteticismo prescindible. Pienso concretamente en ese poema de Huerta –prosa con ritmo poético- que es “Responso por un poeta descuartizado”, que acumula “maldición y blasfemia”, “aparición, pesadilla” y  equivaldría, en lo plástico, a una pintura negra de Goya o a un mural de Orozco. Es el de Huerta expresionismo poético, alejado de amaneramientos y suaves juegos verbales. La premonición de la muerte, como en Villaurrutia (al que no por nada Efraín rendía culto), apuntalada en inconformidad, desesperación, es lo que escuchamos cuando Huerta exclama aludiendo entre líneas a un poeta de sobra conocido:

“Claro está que murió –como deben morir los poetas, maldiciendo, blasfemando, mentando madres, viendo apariciones cobijado por las pesadillas. Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas habitaciones/ donde perros, orgías, vino griego, prostitutas francesas, donceles y príncipes se rinden/ y le besan los benditos pies…”

Es decir el verdadero poeta es un desahuciado al que sus modelos extranjerizantes rinden pleitesía. Las últimas palabras aludirían a Darío y al modernismo, en una enumeración que apunta al sarcasmo. En cuanto al estilo, aquí -desde la palabra que se vuelve interjección hasta las asociaciones con tópicos periclitados que van de “orgías” a ”príncipes”- estamos ante un estilo que es conjunción poética: de la evocación de imágenes típicas de ese modernismo que él rehuye, pero acaba por invocar, con la desesperación de la muerte inevitable. Habría una evidencia explícita en Huerta: la de una poesía sustancial, humana, existencial, frente a la mera retórica y el eufemismo.

 

2.     Aventuras y avatares.

Conocí a Efraín Huerta por los años sesenta, cuando un grupo de muchachas intrépidas, en el que me contaba, decidió fundar El rehilete, revista literaria dirigida por mujeres, que vendría a ser algo así como la sucesora de la famosa revista Rueca. Para lograr nuestro empeño nos asesoramos de la sensata opinión de catedráticos: María del Carmen Millán, Ernesto Mejía Sánchez, Antonio Alatorre, apoyándonos en la amistad de Luis Mario Schneider y la presencia de Don Efraín Huerta (porque para entonces ya era un “Don”). La revista iba viento en popa, amiga de revistas nacientes como El Corno emplumado, que fundaran Sergio Mondragón y Margaret Randall. De lejos nos contemplaban con cordialidad los Cuadernos del viento, que dirigían Huberto Batis y Carlós Valdés, y la Revista de Bellas Artes, también bajo la dirección de Huberto Batis, quien andaba, no recuerdo, si en buenos o malos términos con la redacción de la Revista Mexicana de Literatura (una suerte de antecedente de Letras Libres), integrada por Tomás Segovia y otros literatos egregios. Toda una aventura, la creación de una revista literaria. De más lejos hacía como que no nos veía -y nosotras sí la veíamos- la sofisticada “S.nob”, excelente publicación concebida y dirigida por Salvador Elizondo, que en ella daba rienda suelta a sus pasiones literarias y a veces se dejaba él, ver o sentir en persona. Es decir, se asomaba, participaba. Como, por ejemplo, en la exposición que acompañó al Encuentro de Escritores Latinoamericanos, encuentro memorable acompañado de una exhibición de libros y revistas para la cual tuve la mala ocurrencia de prestar mi propia colección de S.nob que, claro, no volvería a mis manos. Pero el caso es que el afamado “encuentro”, precursor de tantos más hasta hoy, no hubiera sido posible sin la generosa y fraternal intervención de Efraín Huerta, quien consiguió como sede para su realización el lugar “ad hoc”, nada menos que el Club de Periodistas, en la calle Filomeno Mata (hasta la fecha en esa calle, si no me equivoco). A la convocatoria colectiva respondieron poetas, aquende y allende. Recuerdo especialmente a Raquel Jodorowski quien, según se dijo, había vendido el piano para poder viajar de Argentina a México. Aquí se quedó, se aclimató; fabricaba bellas joyas artesanales. Le compré una anillo de madera fina con un pulido jade, que luego perdería cuando se me extravió una maleta entre Paris y Madrid. Se puede ubicar ese congreso iniciático y lo relacionado con él, en el apartado de “avatares”, adornado por la sistemática presencia de un hombre que solía asistir cubierto con una túnica romana. Creo que se apellidaba Elorduy y lo nombramos “El ensabanado”. Y por supuesto, se analizó y leyó mucha, mucha, mucha poesía. Efraín Huerta, además de anfitrión, era el poeta estrella.

3.     De la ironía y el absurdo.

Colindaba en Efraín Huerta –cara y cruz de una misma moneda- la desolación de la muerte con lo festivo, el gusto por la vida, por los otros, la otredad, la amistad y en lo lingüístico, hasta el chiste expresado como juego de palabras o retruécanos. Sus “Poemínimos” –ironía e ingenio que llegan al absurdo- son muestra de ello. Por ejemplo, “Paseo I”: Ahorita/ vengo…/Voy a dar/ un paseo/. Alrededor/ de mi vida/…Ya vine.”. Otro: “Mandamiento”. “No/ Desearás/ La/ Poesía/ De/ Tu/ Prójimo”. O bien, picaresca: “Plagio XVIII. La que/ Quiera/Azul/Celeste/ Que/ Se/ Acueste”; Otro más, referido a sí mismo citando su ficha en el Diccionario Larousse: “1914. Autor/ De versos/ De contenido social. / Embustero/ Larousse. Yo sólo/ Escribo/ Versos/ De contenido/ Sexual

Me lleva lo dicho a una frase típica de Huerta, que le oí repetir cuando se refería a la novia de su gran amigo, y alma de la Imprenta Universitaria, Jesús Arellano. Aludía Huerta a la susodicha novia simplemente como “la ubérrima morena”. Con eso bastaba para saber que era una muchacha de buen ver, es decir, físicamente bien dotada.

 

4. De lo lúdico en la vida real y la poesía que tiende a ser heroica

Alusiones iban y venían; chistes, chismes, convivio y retozo como cuando una noche, tras una conferencia que alguien impartió en la Colonia Juárez, en grupo nos lanzamos a saludar y reverenciar nada menos que al Tláloc de Coatlinchán, la gran estatua del dios que había sido descubierta, traída al DF, y colocada en algún punto de la fachada del Museo Nacional de Antropología e Historia, en el Paseo de la Reforma. Corrían los años de 1963, 64, 65; danzamos, cantamos ante el dios y la expedición púnica resultó tan gozosa y lúdica que de ella brotó un poema de Efraín Huerta sobre el Tláloc de Coatlinchán, una de cuyas partes dedicó a Salvador Amelio y a quien esto suscribe, al alimón, lo que me hizo, y hace, sentir honrada. Precisamente, el fragmento 2 del poema es reproducido en su “Antología poética” con el título “Agua del Dios”. Leo unas líneas:

 

Agua espesa, divinamente pantanosa,/ agua de olvido, espejo de tinieblas, agua donde penetra el alma, nada se oye[…..] Agua –como la patria- abierta en canal. Patria bárbara y militar/ dejada de la mano de los dioses/ fugitiva del agua que todo lo purifica. / Patria nuestra muerta de rocío/ y yerbas pisoteadas por asesinos y ladrones/ y después más ladrones y más/ y más y nunca terminan asesinos/ y carceleros, oh dios,/ oh amada, desventurada/ patria cárcel…” (p.108).

Se funde la voz de Tláloc con la del poeta. Lo que empieza como una suerte de arenga o premonición bíblica, se confirma en una realidad lastimosa que a todos nos rodeaba, nos rodea, a través de versos de una actualidad tal que provoca escalofrío, para desembocar en la palabra del poeta Efraín Huerta que, como los profetas del Antiguo Testamento, se lamenta por su pueblo y patria encarcelados. Líneas de una vigencia pasmosa, que, repito, golpean a los lectores y en cuanto al texto poético nos envían a otras muestras de Huerta: los versos magníficos de “El Tajín”; la poesía social de “Avenida Juárez”, en que llora por el Benito Juárez del Hemiciclo sofocado por las biblias del imperialismo ; o a su magnífico “Amor, patria mía”, en donde entrevera la cronología heroica de Hidalgo, Morelos, Allende y Aldama con el erotismo, la “dulce entrega/ sobre diamantes y musgo” que permite sobrellevar el quirófano y el olor de hospital al ”último cisne” de Darío (es decir a Efraín mismo). El poema culmina con tres versos iluminadores: “la temerosa y vibrante/ llanura de sombras/ que es/ nuestra patria”. (p. 155). Como Bernardo de Balbuena en la Grandeza mexicana o Francisco Cervantes de Salazar en sus Diálogos México 1554, Efraín Huerta en su obra poética, en “Amor, patria mía”, es el cantor de un México que ya no será sólo la ciudad de los poetas del XVI, sino, en el XX, el territorio enorme de sentimientos, amores y dolores abismales que pregonara López Velarde. México, la patria es también erotismo, regazo de la amada que acoge al hombre antes del tránsito final hacia el Hades. Como un Odiseo, regresa Efraín a Ítaca; como Eneas, se refugia en la pasión de Dido antes de partir de nuevo. Viajero del aire nacido en el signo zodiacal de Géminis; del agua por su vecindad con Cáncer; de la tierra, el fuego y la Poesía por quien sabe qué afortunada ecuación estelar.

¡Salve Efraín Huerta, poeta de México, en este su primer centenario![1]

 

(Texto leído en el Homenaje a Efraín Huerta. Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 22-05-2014).

            

[1]Efraín Huerta, Antología poética. México, Fondo de Cultura Económica, 2006. Prol. de Carlos Montemayor., 161 pp. (Biblioteca Universitaria de Bolsillo).