Las moscas parasitarias, llegadas a Hawai desde América del Norte y Australia, ubican a los grillos por el sonido que estos producen. Entonces, rocían sus larvas sobre el insecto y este termina sirviendo de alimento para las moscas que están creciendo.
Para salvarse de ese destino fatal, los grillos que habitan dos islas de Hawai empezaron a dejar de “cantar”: las nuevas generaciones de machos comenzaron a nacer con alas alteradas, que no eran capaces de producir su sonido característico.
El estudio, publicado en Current Biology, muestra que se trata de una evolución para mantenerse con vida.
