Patricia Gutiérrez-Otero
El futbol es un juego que da placer ver. Es necesario conocer las reglas y saber gozar para disfrutarlo, de lo contrario el espectador no aprecia las estrategias, el trabajo de equipo, los movimientos de los jugadores, el baile de las piernas, los pases, la belleza de algunos goles. Como juego tiene la capacidad de reunir a la gente entre sí, a los que juegan y a quienes los ven. Desde el futbol callejero hasta las grandes ligas tienen este encanto. Sin embargo, lo que le afecta son todas las sanguijuelas que se le han pegado.
El futbol, como casi todos los deportes, se ha vuelto un inmenso negocio. Desde que en 1863 se oficializaron sus primeras reglas, los del dinero se han metido: los vemos en los anuncios publicitarios en las canchas, en la vestimenta de los jugadores plagada de marcas o en nuestros supermercados llenos de camisetas, gorros, chanclas, banderas… porque el negocio se ha recrudecido desde que en 1930 inició la Copa Mundial de Futbol. Tantas empresas, hasta el ilícito lavado de dinero, se han entrometido en este evento que hoy el futbol se considera la decimoséptima economía mundial. Este juego es ahora un producto que hay que vender mediante estrategias de una agresiva mercadotecnia que, por una parte, fanatizan a un sector de la población y que, por otra, los lleva a conductas partidistas que pueden alcanzar altos grados de violencia, de lo que no hablaré aquí.
El fanatismo de parte de la población también se usa para otros fines. Me refiero aquí al antiguo adagio romano “Al pueblo pan y circo”. No me detendré largamente sobre lo que ya se ha estado comentando sobre la curiosa coincidencia entre los partidos que jugará México y la discusión de la reforma energética en el Senado. No importa, señores políticos, si el partido contra México tiene lugar en el momento preciso en que el Senado vota: lo que importa es que los mexicanos estarán absortos en el Mundial. La gente olvida, si es que sabe, que los intereses de pocos decidirán nuestra independencia energética y que ahí nos meterán el gol para que perdamos nuestra ya de por sí frágil autonomía económica.
El futbol se vuelve así un hermoso juego manipulado (igual que la política) para estar al servicio del sistema económico en el que nos hemos dejado meter. Es un jugosísimo negocio en el que los jugadores son objetos de venta, tienen valores de mercado para ser comprados o vendidos; además las marcas les pagan: David Beckham recibe de Adidas 8 millones de euros. ¿Qué hace que este hombre y otros ganen cantidades millonarias?: el lucro que otros sacan de ellos. Las marcas también están presentes en los estadios, la publicidad, y donde se pueda. Versace diseñó una camiseta de 700 dólares para este mundial… Los grandes y pequeños empresarios quieren ganar. La gente paga. Las televisoras se disputan las transmisiones. Además, la corrupción no se queda atrás, como señaló el diario The New York Times: “‘Al menos 15 partidos’ fueron arreglados en la etapa previa a la Copa del Mundo en Sudáfrica, señala el reporte”. Los pitazos de los árbitros a veces son muy costosos para beneficio de alguien. En Brasil no será la excepción.
El espacio de la columna se acabó, pero no las demandas de los pobres de Brasil que siguen encabronados por los gastos altísimos que su país debe costear para que este Mundial tenga lugar mientras ellos apenas sobreviven. Los brasileños son un pueblo que goza profundamente el futbol, pero hay que distinguir claramente entre juego y negocio.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos a empresas privadas nacionales o extranjeras.
pgutierrez_otero@hotmail.com
