Andrea Fernández
Ángel Fernández era un autodidacta, estudioso nato y descubridor de fantasías, que compartía de sus muchas de lecturas con nosotros y con todos.
La casa materna de Ángel Fernández estaba llena de mujeres diversas y algunas bellas, como su madre, ahí conoció y aprendió la fuerza de la palabra, la que afianzó con su labor autodidacta. Estas mujeres narraban historias y, como él lo hiciera más tarde, en cada anécdota involucraban la imaginación. Así, realidad y ficción, hacían verosímil cualquier hecho. Estas mujeres (su abuela, su madre, sus tías…) tenían sus propios cien años de hombres, de amores, de sobrinos que nacían, de bodas con sombreros, de velos negros, velorios y lágrimas de familias entreveradas, donde los pocos tíos oscilaban entre atractivos homosexuales y machos de voces roncas de la colonia Guerrero, lugar lejano a los libros, a la academia, al estudio, al trabajo intelectual.
“El Ángel”, como él se refería a sí mismo, encontró en sus inicios un vínculo con otro mundo que era la palabra escrita en el periódico Excélsior. En ese espacio aprendió inglés forzosamente porque el jefe de reporteros le preguntó si sabía tal idioma y afirmó arriesgadamente que sí. La orden suprema que recibió fue: “Vete a los teletipos que vienen de Estados Unidos”. Se compró un diccionario de bolsillo y aprendió a escribir, traducir y luego a hablarlo, todo a una velocidad increíble. Tampoco sabía escribir a máquina y lo consiguió con maestría en un tiempo mínimo. Recuerdo su máquina Olivetti, portátil, que pesaba más de siete kilos, en la que escribía con dos dedos por mano y sin ver el teclado, tan rápido que se atoraban las partes metálicas de las letras, que también a gran velocidad las desatoraba y seguía escribiendo.
De sus lecturas que compartía con nosotros nos hacía preguntas y acertijos para hacernos ganar un peso. Era doble la fantasía, pues a veces modificaba el final de las obras; entonces el caballo de Troya estaba en México y Sancho era el gordito inseparable del larguirucho de la lanza, aquel Don Quijote. Después tuvimos muchas charlas e intercambio de libros. Así llegamos, entre muchos otros, a García Márquez —nos entusiasmaba sobremanera El amor en los tiempos del cólera—; de Noticias del imperio, de Del Paso, mencionaba con seriedad y énfasis: “se trata de un grande”; de Cortázar le encantó Rayuela, pues hasta en sus narraciones usó líneas de este libro, luego compartimos en voz alta Los autonautas de la cosmopista; y, por supuesto, Borges fue parte de nuestras lecturas. También se acercó a los grandes autores norteamericanos, y uno de ellos fue John Dos Passos, de quien me dijo: “Necesariamente tienes que aprender a leerlo, es un mundo”. Yo le llevé La casa de los espíritus, de Isabel Allende, que también leyó con entusiasmo, y en uno de sus últimos mundiales le compartí el libro El futbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano; lo recreó en varias de sus narraciones y se burlaba con: “El lenguaje de los doctores del futbol”.
Uno de sus más apreciados frutos es el elogio que recibió del escritor Juan Villoro cuando éste, joven que acompañaba a su papá Luis Villoro al estadio, dijo: “Yo quiero escribir como habla Ángel Fernández”. El hijo del filósofo, amigo de Kant, se quedó pensando en esa forma de hablar del cronista, ese caudal de palabras con figuras, adjetivos, marcas para brincar de una idea a otra pero también de gran coherencia de juegos mentales. Por fortuna hubo la oportunidad de que se conocieran, primero por teléfono y después en persona, cuando Juan Villoro entrevistó a mi papá para incluirlo más tarde en el volumen Los once de la tribu. Después se declararon amigos y se expresaron su cariño y su mutua admiración.
Don Ángel, Angelito, como le decía la gente, o Ángelo, como le decía Cucú, su fiel compañera, llegó a tener una biblioteca respetable, había de todo: historia, enciclopedias del deporte, literatura estadounidense, latinoamericana, los clásicos españoles, algunos ingleses, por supuesto, y de su gran pasión, a parte del futbol, el arte: la escultura y sobre todo la pintura. Tenía cuadros de Hermenegildo Bustos, María Izquierdo —a quien promovió mucho—, Raúl Anguiano y Pedro Coronel.
El gran lector que fue mi papá se reflejó en todas sus actividades, y un ejemplo de ello está en las “Columnas Heráldicas” que llevamos durante años a El Universal, ensayos deportivos que poco se recuerdan y que él ponía todo de sí, pues hasta en el coche, durante el trayecto para entregarlas, nos hacía leérselas para darles el último toque.
Ángel Fernández fue un hombre de palabras, las sabía utilizar, las renovaba, las compartía en frases memorables que traemos en el imaginario colectivo mexicano sobre todo de los años ochenta y otros verdaderos acertijos como el de la espada “Solingen” o el de la URSS, “que en ruso quiere decir Cucurrucucú paloma”. De la nada recreó héroes en la cancha, y con esa voz inconfundible nos dejó la más larga palabra que compuso de la más breve en ese mundo del “juego del hombre”, que él hizo suyo y que también lo inventó y lo reinventó con el famoso ¡goooooooooooooool!
