Ricardo Muñoz Munguía

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) vuelve sobre la cancha con su más reciente libro Balón dividido (Planeta, 2014). El futbol, del que ha sido aficionado desde su infancia, es el tema que lo lleva a ocuparse de algunos protagonistas del balompié: Piqué, Messi, Pep Guardiola, Cristiano Ronaldo, los hermanos Boateng y, por supuesto, análisis históricos y sociológicos que abren el debate pero, sobre todo, permite adentrarnos en personalidades o instantes que pueden pasar desapercibidos ya en el mismo estadio, ya por televisión.
El escritor Juan Villoro es un agudo lector de lo que acontece en la cancha de futbol, reconoce que los partidos están más allá de lo que ahí puede verse. Menciona que “hay jugadas que en la cancha duran dos segundos y que nosotros podemos convertir en óperas de Wagner de tres horas de duración”.
La pasión es la principal medida que tiene el futbol, y sin duda llega a los máximos límites en la mayoría de la gente. En una charla con Juan Villoro, a propósito de su libro Dios es redondo (Planeta, 2006), mi pregunta aterrizó en la pasión que también se da en él y cómo sería retratarla; así lo respondió: “Muy irracional y muy loca, como todas. En ocasiones, como tantos aficionados más por ejemplo, he cerrado los ojos esperando que cuando los abra todo ha mejorado, de pronto digo: si cierro los ojos quizás empiezan a jugar mejor, que salgan del área…, no estoy pensando en disfrutar objetivamente un juego sino que predomina mi deseo de que todo salga como a mí me gustaría. Un ejemplo, el día de hoy anhelo muchísimo que el Osasuna, del Vasco Aguirre, pueda clasificar para la Champions League (así sucedió) y mañana, en la final del Barcelona contra el Arsenal, espero que gane el equipo al que le voy en España, que es el Barcelona (así también sucedió). Como todo aficionado soy muy irracional y tengo muchas cábalas y corazonadas que no son ciertas, como suponer de pronto que tenemos algún jugador que le da mala suerte al equipo y cuando lo meten pues creemos que vamos a perder porque es una cosa magnífica que irradia mala suerte y no es cierto, todo es irracional pero así somos los aficionados: muy caprichosos. En los buenos momentos es una irracionalidad saludable, no pasamos de ser personas un poco embobadas o perturbadas por el futbol y alejadas de nosotros mismos, lo cual también me parece muy sano, de pronto olvidarte de quien eres, de tu vida normal, es como darte vacaciones de ti mismo y alejarte, eso me parece muy sano. En los malos momentos esta situación pasa a los excesos del hooligan y la violencia pero yo, afortunadamente, nunca he llegado a esa categoría. Como futbolista, ya al final, cuando carecía de facultades, me convertí en un jugador muy leñero”. La pasión que retrata Villoro, como lo confirma Andrea Fernández en estas mismas páginas, y así me lo comentara el escritor, refiere que: “Del gran cronista Ángel Fernández recibí un regalo doble: el gusto por la palabra y el gusto por asociarla al futbol”.
Villoro recurre a la palabra, la mejor forma de ver/disfrutar los partidos de futbol, pues nuevos enfoques se dan después de leer/sentir las páginas de sus volúmenes.