¿Son incorruptibles?
René Avilés Fabila
Una vez, en los atroces tiempos del PAN en Los Pinos, por alguna razón que he olvidado, el presidente Vicente Fox invitó a comer a unos treinta escritores. Eran sus primeros días de gobierno y poco sabíamos de él salvo que era un caudillo carismático, parlanchín e inculto como pocos. La informalidad reinó en la casona presidencial, la que realmente me parece un sitio horrendo. Fox estaba relajado y parecía no interesarle el mundo que lo rodeaba. Nosotros esperábamos “revelaciones poco comunes”.
De nuestro lado surgió la preocupación por la educación pública y Gastón García Cantú se atrevió a tocar un tema peligroso: la solvencia moral de los empresarios. Fue directo y expresó sus temores cuando Fox justo criticaba la corrupción del sector público. También en la iniciativa privada existe una enorme corrupción, concluyó García Cantú.
Vicente Fox hizo a un lado su actitud placentera y defendió a los ricos del país. La corrupción estaba en el Estado, no en aquéllos que arriesgan su dinero para crear más riqueza que nos salvará del atraso, dijo más o menos. Imposible discutir. Los ejemplos históricos que Gastón proporcionó fueron desechados por el presidente Fox, no eran importantes.
Sin embargo, la corrupción sí está generalizada. Es más escandalosa cuando aparece en una secretaría de Estado, pero es frecuente enterarnos de que hay toda clase de pillerías entre los empresarios. No hay fortuna honesta, limpia, todas son producto de la rapiña, de negocios irregulares, de violaciones a las leyes. Lo penoso es que muchas fortunas mal habidas tienen una estrecha relación con el poder político. Los empresarios buscan ligas con el gobierno para hacer negocios monumentales. Allí está, por ejemplo, Oceanografía.
Esto lo menciono porque me parece poco digno que el presidente Peña Nieto les ruegue a los empresarios que inviertan, que ya las condiciones están dadas por el Estado, que sólo falta que los millonarios “se pongan la camiseta” y piensen en México. La alusión al mundial de Brasil es poco seria, sin duda, pero no es lo grave. Lo patético es ver al presidente de México suplicándoles a hombres de negocios poco piadosos, a banqueros que se hacen más ricos cobrando todo con altos intereses a los usuarios. Pareciera que regresamos a los tiempos en que los presidentes suplicaban a la iniciativa privada que ayudara en el desarrollo nacional. Como respuesta siempre han tenido la frialdad de quienes sólo buscan mejorar su posición personal, no la del país. De este modo el mundo de lo privado ha crecido en detrimento de la educación pública, y la presencia en general de un Estado fuerte que sepa mover la política de tal forma que sea al revés. Los millonarios pedirle al Estado un hueco, una contribución al desarrollo nacional. Vivimos la dictadura de los ricos. El Estado ha olvidado su papel rector y navega entre las fuerzas del libre mercado.
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