Problemas en Argentina y Venezuela
Bernardo Gonzalez Solano
Argentina y Venezuela, casi antípodas en el abecedario, infortunadamente comparten —aparte de su situación geográfica sudamericana— problemas similares (pese a ser países inmensamente ricos, productores de soya y petróleo): alta inflación, caída en las reservas, devaluación de sus respectivas monedas (peso y bolívar fuerte), desabasto y posibles recesiones en ambos casos lo que da por resultado un incierto futuro económico. La inflación corroe a ambas economías dispares en superficie y en población: la primera, con 2,780,400 kilómetros cuadrados y más de 40 millones de habitantes; la segunda, 912,050 km2 y casi 28.5 millones de habitantes.
En 2013, la inflación en Venezuela llegó al 56% —entre las más altas del planeta—, y en Argentina rozó el 30%, según economistas independientes. Y las reservas internacionales de los dos van en picada. De fines de 2012 al mes de enero del presente año, las reservas venezolanas se redujeron de poco menos de 30,000 millones de dólares a 20,400 millones; las argentinas bajaron de 52,000 millones de dólares en 2011 a menos de la mitad a inicios del año en curso. Tan solo en un mes bajaron 2,500 millones de dólares. Para frenar la imparable fuga del billete verde de las cajas de los bancos centrales, en los últimas semanas los gobiernos de Cristina Fernández y de Nicolás Maduro devaluaron sus monedas. La medida únicamente hizo crecer la preocupación por el efecto inflacionario que pueda tener. La persistente caída macroeconómica de estas economías sudamericanas han prendido las alarmas en el mundo. Hay de qué preocuparse. Los que sufren verdaderamente los efectos de este deterioro económico son los pobres argentinos y los venezolanos. Y al paso que van ambos gobiernos, el final del túnel no está cerca.
El asunto es de fondo. Buenos Aires y Caracas coinciden no solo en los problemas, sino en muchas de las causas que los originan. Adoptar como forma de gobierno el modelo del socialismo del siglo XXI —”bolivariano” lo bautizó el fallecido Hugo Chávez— no fue la mejor decisión: no ha funcionado en ninguna parte, pero los dos gobiernos actualmente en el poder decidieron mantenerlo obcecadamente. Contra viento y marea. De acuerdo a muchos economistas, el punto de ruptura de ambas economías no está lejos, y el fantasma de la hiperinflación revive la amenaza de una posible recesión económica.
Aunque el derrotero de los dos gobiernos se prevé catastrófico —como dos gotas de agua en materia económica—, hay economistas, como el argentino Dante Sica del Centro de Estudios abeceb.com (fundado en Buenos Aires en 1991), afirma que si bien se parecen en el nivel de inflación, la situación cambiaria y el gasto público, como resultado de las políticas de gobiernos populistas, hay diferencias entre ellos. Opina Sica:”Argentina no es Venezuela…El país caribeño es monoproductor, con una base institucional más débil, sin una estructura productiva y una división social mucho más acendrada. Argentina tiene una industria nacional, es menor la diferenciación social y tiene más recursos institucionales”. El hecho es que ambas economías están marcando la diferencia en la zona, alejándose incluso de regímenes también de corte ideológico de izquierda como Ecuador y Bolivia, que aparecen mucho mas pragmáticos.
Ante este catastrófico panorama económico que a duras penas soportan los argentinos y los venezolanos, cuando menos lo piensan ambos pueblos se enteran de que sus gobiernos pretenden “resolverles” no solo el raquítico bolsillo, sino temas más escabrosos como la “felicidad” y el “pensamiento”. El primero en aventurarse en tan procelosas aguas —surrealistas— fue el presidente Nicolás Maduro. En octubre de 2013 creó el viceministerio de la Suprema Felicidad para coordinar las misiones de carácter social instituidas durante el mandato del tropical Hugo Chávez que solía decir que el objetivo del gobierno era lograr la mayor cantidad de felicidad posible. Concepto que copió del “padre de la patria” Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco, popularmente conocido como Simón Bolívar (Caracas, Capitanía General de Venezuela, 24 de julio de 1783-Santa Marta, Gran Colombia, 17 de diciembre de 1830), quien en 1819 dijo que el sistema de gobierno más perfecto era aquel “que produce la mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”. Ni tardo ni perezoso, Maduro creó el nuevo viceministerio basado en las consignas del libertador, aunque no ha dicho cómo las hará realidad.
La decisión de Maduro provocó un tsunami de reacciones —entre la indignación y el sarcasmo—; la oficina burocrática coordinaría los programas sociales conocidos como “misiones” establecidos por Chávez para aliviar la pobreza en la nación petrolera. Ha habido misiones para la alfabetización, la atención médica, la capacitación deportiva, la producción en el campo, la construcción de casas, la ayuda a madres solteras (que en Venezuela abundan), para ancianos sin jubilación y otros sectores sociales vulnerables. Muy pocas han dado buenos resultados pues las misiones se manejan de forma extrapresupuestal y sin control parlamentario, además de no encajar en la arquitectura institucional del Estado. Pero esto no es una objeción, pues Maduro asegura que cada vez que ve una misión funcionar en la calle “ve a Chávez”. Qué bueno, pues a veces también dice que el difunto se le aparece en forma de pajarito.
De tal suerte, ironizó el locutor y humorista venezolano Luis Chátaing por medio de la red social de Twitter: “No han pasado 24 horas desde la creación del viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo y ya me siento feliz”. Otros contrarios al sucesor de Chávez advierten que las medidas contra la pobreza del sucesor del “bolivariano” no necesariamente derivarán en soluciones a largo plazo, pues con esas “misiones” —afirma la opositora Mesa de la Unidad Democrática— el oficialismo fundamentalmente busca mantener adeptos sin ofrecer soluciones sólidas contra la pobreza.
Entrados en gastos, la presidenta de la República de Argentina (todavía no Bolivariana), Cristina Fernández, no quiso quedar atrás de su compañero Nicolás Maduro. El martes 3 de junio en un decreto publicado en el Boletín Oficial del Estado, creó la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, una especie de Think Tank operativo y funcional a los intereses ideológicos del oficialismo, dependiente del Ministerio de Cultura, recién creado en mayo pasado, a las órdenes de la popular cantante y compositora de música folklórica, Teresa Parodi. Al frente de la nueva dependencia burocrática designó al filósofo oficialista Ricardo Foster, de 56 años de edad, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Universidad del Salvador de Argentina; en las pasadas elecciones parlamentarias, fue candidato a diputado por el oficialismo en la capital federal y perdió. El filósofo es miembro de la agrupación de intelectuales Carta Abierta, afín a la viuda de Néstor Kirchner.
La orden presidencial despertó dudas y críticas de la oposición. Ernesto Sanz, presidente de la opositora Unión Cívica Radical (UCR), sostuvo: “a un año y medio de irse podrían nombrar a alguien para gestionar y no para pensar”. Y Federico Pinedo, jefe del bloque parlamentario del PRO (derecha) en la Cámara de diputados consideró: “Es patético y deplorable designar a un secretario estratégico de Pensamiento Nacional como si el que no es kirchnerista no fuera nacional, eso es fascismo viejo”. Y Luis Alberto Romero, columnista del periódico La Nación, contrario a la viuda presidenta, subrayó: “¿Es que hay un pensamiento nacional y otro no nacional?…A este gobierno solo le queda algo más de un año. Muy poco para engendrar una cultura nacional, aunque suficiente para que algunos trabajadores del intelecto se prendan de la teta del presupuesto estatal”.
Bien aclara Agustín Etchebame, en una columna de Fortunaweb: “(todo esto) parece inspirado en la famosa novela de George Orwell, 1984, donde el “Ministerio de la Verdad” (Miniver) con su policía del pensamiento omnipresente y vigilante se dedicaba a reprimir todo pensamiento o palabra peligrosa. El Miniver se centraba en manipular o destruir los documentos históricos de todo tipo (incluyendo fotografías, libros y periódicos), para conseguir que las evidencias del pasado coincidan con la versión oficial de la historia, mantenida por el Estado”.
A la manera del marxista italiano Antonio Gramsci que propuso que en lugar de la lucha de clases lo esencial era la conquista de las mentes de las personas para lograr una hegemonía total. Agrega Etchebame: “Su método consistía en la “agresión molecular” contra la sociedad civil, la cultura y los medios de comunicación”. Gramsci afirmaba: “Tomen la cultura y la educación y todo lo demás se dará por añadidura”. “La hegemonía se logra —explica el columnista— cuando prácticamente nadie del espectro político logra pensar de un modo diferente al orden establecido. En ese caso, el proyecto político dominante no tendría una real alternativa”.
Y César di Primio, en La Gaceta de la capital bonaerense escribe: “..no es compatible con el concepto de Pensamiento crear una Secretaría de Pensamiento Nacional. Suena un tanto absurdo, suena como crear una Secretaría de las Aguas Profundas del Océano Pacífico o un Ministerio de los Andares Tontos, porque si hay pensamiento, seguramente no está enclaustrado en la burocracia gubernamental…Como última y lamentable alternativa, podrían haber llamado a ese organismo de otro modo, y al menos hubiesen atenuado el surrealismo Estatal”. El lector puede buscar en la red, el video de los geniales Monty Python que protagonizan el “Ministerio de los Andares Tontos”, se desternillará de risa. No se miden Fernández y Maduro. VALE.
