Ricardo Muñoz Munguía
El poeta escribe en el tiempo, ahí sus huellas; indelebles líneas que marcan/remarcan su ser que es presencia en las letras. El perfil se construye con lo que lo domina, no con lo que el autor domina. La prueba resplandece a lo largo de una obra, como el caso de Efraín Huerta, el poeta que, según él, por su aguante y su pereza lo llamaron “El gran cocodrilo”, autor que debiera resumirse como el poeta de la vida y de la muerte.
Ahora, en el centenario de Efraín Huerta, es una oportunidad más para ceder el paso para que se acerquen a su obra nuevos lectores, porque es de reconocer que este nuevo siglo ha amanecido opaco para darle mejor presencia a su poesía. Es, pues, una gran oportunidad para estar frente a una poética rebelde, que lucha contra la discriminación racial, que desvela la política, que le da luminosidad a la ciudad, aunque se trata de luz blanca o luz negra…, y por igual deja verse en el amor o la soledad. Los temas de su labor creativa se inyectan a lo largo de la memoria colectiva y en la danza generacional.
Nació en Silao, Guanajuato, en 1914, el llamado “El gran cocodrilo”, el gran poeta que tuvo entre sus versos presumir la ciudad, señalar varios instantes de la historia, enmarcar la visión de Izquierda (así, con mayúscula), perfilar la pasión, encumbrar el humor, descubrir el anhelo, descifrar el amor…, son temas manifiestos de la poética de Efraín Huerta.
Ahora, en una atractiva edición de bolsillo, se pone nuevamente a la luz Transa poética (Editorial Era, México, 2014; 132 pp.) poemario que agrupa instantes de voces prohibidas, de noches citadinas, de humor ingenioso, de encanto y belleza que provoca el alba de las calles, de una noche que ahoga, noche de llanto, de historia amorosa, de alguna desconocida ebria, de frutos prohibidos, del deseo de la piel del alma, de lujuria con barbas, del tequila que espera… Poesía que resplandece en el territorio de la memoria. En “Borrador para un testamento”, poema dedicado a su amigo Octavio Paz, con el que llevó a cabo la famosa revista Taller, desvela lo que se le agolpa, y celebra a su modo: “Así pues, tengo la piel dolorosamente ardida de medio siglo,/ el pelo negro y la tristeza más amarga que nunca./ No soy una lágrima viva y no descanso y bebo lo mismo que durante el imperio de la Plaza Garibaldi/ y el rigor de los tatuajes y la tuberculosos de la muchacha ebria”. Una estampa melancólica, que cierra con la fe rabiosa: “por el amor que me mata/ por la poesía como arena/ y los versos, los malditos versos/ que nunca pude terminar, dejo tranquilamente/ de escribir/ de maldecir/ de orar/ llorar/ amar”.
Efraín Huerta tuvo su instrucción preparatoria en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, y ahora este sitio fue lugar para celebrarlo con su poesía y con la música que escuchaba. David Huerta, autor del bellísimo libro Incurable, aseguró en San Ildefonso que el homenaje habría de conmover a su padre, así como de tener muchos amigos y lectores de todas las edades. También, en el Palacio de Bellas Artes, en la Sala Manuel M. Ponce, se llevó a cabo una lectura dramatizada de la poesía de “El gran cocodrilo” por varios actores y actrices, así también hubo una lectura del actor Carlos Bracho, amigo del poeta, de los famosos poemínimos en los que con mayor acento suena el humor y el sarcasmo. Selma Beraud abrió la lectura con “Canto al petróleo mexicano”, entre otros textos. Benito Taibo y David Huerta, coordinaron la mesa de lectura en la que también estuvo el escritor Hernán Bravo Varela. Una velada luminosa con música adaptada a los versos de “El gran Cocodrilo”.
A cien años del nacimiento del autor de Los hombres del alba, se le recuerda con la pasión que nos asestó, para maravillarnos, a través de su poesía. Como apunta Efraín Huerta en su Transa poética: “Quiero que se me recuerde como un sobreviviente de varias batallas en que no estuve, de otras batallas —‘campos de plumas’— en que sí creo haber estado; como autor de una docena de libros que estuvieron a punto de ser buenos… Aquí cabría un severo etcétera. No lo pondré, pero sí inventaré para encolerizar a mi sombra: etceterilla”.
