Juan Antonio Rosado

En un célebre texto de 1893, José Juan Tablada afirma: “Y hoy que se fundan clubs para andar en bicicleta y para jugar foot ball, ¿qué tiene de reprochable que nosotros, en vez de desarrollarnos las pantorrillas y de adiestrarnos los pies, formemos un cenáculo para procurar el adelanto del arte y nuestra propia cultura intelectual? Sin embargo, parece que el público no duda entre una bicicleta y una poesía decadentista, parece que tolera a un bicicletista exhibiendo los asquerosos vellos de sus piernas desnudas y no soporta el más ligero escote en el seno de una musa”. Más de cien años después seguimos en las mismas, con el agravante de que somos más. Hay, no obstante, quienes se indignan porque una persona de pantalones cortos se hace multimillonaria por golpear un balón inflado de aire para meterlo en un marco. Muchos médicos salvan vidas, cientos de escritores ponen en marcha las ideas y el pensamiento crítico, miles de artistas impactan las emociones e impulsan la creatividad, decenas de científicos colaboran para alejarnos de la superstición y de la estupidez (otros las incrementan o se dedican a robar del erario público), y mientras la mayoría de intelectuales, artistas o profesores no logra un sueldo decoroso o casa propia, y en países como México ni siquiera acercarse a una clase económica media alta, un futbolista se vuelve millonario por perseguir una pelota.
Es verdad que los deportes son importantes para la salud (también para quemarse los músculos o descalcificarse, cuando no fracturarse un hueso o morirse de paro cardiaco), pero no me refiero a la nobleza del ejercicio cuando no se abusa de él. Me refiero al fenómeno popular de contemplar —casi en estado de éxtasis— a esos hombrecillos que se ejercitan ante una audiencia multitudinaria. Esta contemplación implica comprar boletos para un estadio o perder dos horas frente a un televisor o un radio, y conlleva no sólo apuestas y dinero, sino fama (a menudo efímera), decepciones, tensión y un cúmulo de reacciones que van desde la alegría y el nacionalismo degradado hasta el asesinato.
Quienes se indignan por todo lo anterior no tienen en cuenta la siguiente premisa: el coeficiente intelectual de la mayoría de la población mundial es de menos 100. Esto implica actitudes y aptitudes precarias, motivaciones primitivas, apegos sencillos, necesidades y pensamientos simples. No obstante, el mundo es lo que es —para bien o para mal— debido a la gente pensante, de ahí que la Iglesia católica haya predicado durante siglos la “Santa Ignorancia”. También es cierto que hay mucha gente pensante que disfruta de contemplar futbol u otros deportes: es su tóxico. Todos necesitamos de algún tóxico de vez en cuando. José Revueltas llegó a hablar de los deportes como “tóxicos”, y a Borges se le atribuye la frase: “Si el futbol es popular es porque la estupidez es popular”. Pero no podemos leer ni pensar cosas profundas todo el tiempo. Se requiere futbol como también alcohol o religión, telenovelas o cancioncitas tonales basadas en dos o tres esquemas melódicos o rítmicos con letras sensibleras o sentimentales; anécdotas frívolas, pornografía, cine edificante, cuando no sexo y violencia gratuitos y efectistas… Todo ello vende porque es simple y los simples abundan. La estupidez y la ignorancia —no son lo mismo: de la segunda todos participamos en mayor o menor medida— se llevan bien; cuando están juntas y la segunda llega a niveles clínicos, son atributos de lo que don Quijote llamaba “vulgo”: “Todo aquel que no sabe —dice don Quijote—, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo”. Es cierto: el vulgo nada tiene que ver con una clase social o económica, sino cultural. Lo terrible no es intoxicarse de vez en cuando con deportes, sino asumirlos como la auténtica identidad y realidad social, nacional y cultural.