Libia, la primera guerra del siglo XXI
Bernardo  González  Solano
Desde hace tres meses, la historia en el norte de Africa (el Magreb: Marruecos, Argelia y Túnez) y el Cercano Oriente se aceleró como no sucedía desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. La inmolación del joven tunecino Mohamed Buazizi sumió el acelerador a fondo. Pero los vientos que favorecían a los luchadores —de todas las edades, incluyendo a las mujeres que toman parte en los movimientos rebeldes a ciegas, sin saber si al final mejorarán su indignante condición en la mayoría de las sociedades de la zona— del mundo árabe que facilitaron el rápido derrocamiento del déspota tunecino Ben Ali y el sempiterno dictador egipcio Hosni Mubarak, cambiaron de dirección cuando el autócrata líder libio, Muammar Gadafi, aprovechando la otra interesada pasividad internacional, optó por sofocar a sangre y fuego la rebelión de la mayor parte de sus conciudadanos.
En pocos días, el sueño de libertad de la sociedad libia se convirtió en pesadilla, cuando parecía que ésta quedaría indefensa atenida a su suerte.
Gadafi contraatacó a los rebeldes y parecía que los vencería en cuestión de horas. Contaba con tropas y armamento superior a la disidencia. La esperanza revivió el jueves 17 de marzo cuando el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó la intervención militar para contener al Nerón de Trípoli. Nadie sabe si esta guerra se alargará. Hay muchas incógnitas. Por el momento, Gadafi reculó. ¿Por cuánto tiempo?

Temores
Los temores de muchos analistas y partidarios del movimiento revolucionario de Libia crecían al paso de las horas. Gadafi había anunciado que en poco tiempo se haría de la ciudad de Bengasi, el símbolo que se jugaba para el futuro no sólo del país sino de todo el mundo árabe. Si Gadafi se hacía de esa histórica ciudad, los otros dictadorzuelos de la zona consolidarían su posición frente a los movimientos de oposición iniciados desde la inmolación del citado joven tunecino.
No sería la primera vez que las “potencias democráticas” abandonan a su suerte gobiernos legítimos, como sucedió en 1936 con la República Española que sufrió el golpe de Estado por una parte de las fuerzas armadas, sublevación castrense que al final triunfó en la Guerra Civil Española, procreando una dictadura que duró casi cuatro décadas, desde 1939 hasta la muerte del caudillo Francisco Franco Bahamonde en 1975.
El Consejo de Seguridad de la ONU no quiso sufrir esa ignominia. Por diez votos a favor y cinco abstenciones, aprobó el empleo de la fuerza para proteger a los civiles libios de la aviación militar del coronel que se hizo del mando desde 1969 cuando derrocó al rey Idris junto con otros militares. Los abstencionistas fueron Rusia y China —con derecho de veto en la ONU—, más Alemania, Brasil y la India. El representante  diplomático de Angela Merkel aclaró que no aprobó la resolución por “considerables daños y riesgos” en una acción militar en contra de Gadafi.
Hay que reconocer que por lo menos una vez Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña no dudaron en defender una posición firme para actuar contra un dictador que ha mantenido a su pueblo sojuzgado durante 40 años. La Liga Arabe y la Unión Africana los apoyaron. En esta ocasión no se impusieron los intereses económicos, no los petrodólares que obtiene el régimen de Gadafi.
El secretario de Relaciones Exteriores de Francia, Alain Juppé, recién llegado al cargo, escribió en su blog: “Sólo la amenaza del empleo de la fuerza puede detener a Gadafi. Suele suceder en nuestra historia contemporánea que la debilidad de las democracias deja el campo libre a los dictadores. No es demasiado tarde para impedir que se aplique esta regla”.
En una nota publicada por el periódico Le Monde, un portavoz de los rebeldes libios dijo: “Con Gadafi nada nos puede sorprender. Todo lo que un cerebro humano es capaz de imaginar para el horror, él puede realizarlo. Puede hacer que lo que suceda antes de la muerte, sea peor que la muerte misma”.
Pese a todo, la característica de los rebeldes libios es que perdieron el miedo a la policía y a los métodos de tortura utilizados por Gadafi durante tanto tiempo. Por esto, la violencia de que ha dado prueba el ejército del coronel en su contraofensiva hacía temer lo peor si entraba a saco en una ciudad de poco más de 600 mil habitantes. Por lo mismo, en Bengasi el imperativo moral se impuso a todo.

La importancia de Bengasi
Adoptado por la ONU en 2005, para aprovechar la lección de Ruanda y de Bosnia, el “deber de proteger” a las poblaciones civiles amenazadas no pudo encontrar aplicación más evidente. Aunque, es claro, hay fanáticos defensores de Gadafi, que olvidan todo el pasado criminal del “mecenas” repleto de petrodólares que apoya grupos terroristas en varias partes del mundo. Lockerbie no se olvida y otros actos terroristas más.
El “realismo” que los aliados de Gadafi se opone a la moral de defender poblaciones civiles desarmadas, los pone en una inaceptable postura. Nadie, en su juicio, puede apoyar a terroristas como lo ha hecho tantas veces el coronel golpista.
Nadie se llame a engaño. O no debería. Salvar Bengasi es entrar en guerra. ¿Cómo se podría exigir a una sola voz la salida del tirano y, por otra parte, negarse a prestar ayuda militar a los que luchan, inequitativamente, para hacerlo abandonar el poder?
El mantenimiento de Gadafi al frente de Libia sería más que una humillación no sólo para todos los dirigentes de Europa y del Nuevo Continente, especialmente Barack Obama, sino para los rebeldes libios que se han batido a fondo en situación totalmente desventajosa.
Las nuevas generaciones que se han movilizado al sur del Mediterráneo para tomar el destino en sus manos no se sublevaron contra la influencia occidental, sino por los ideales de sus propios pueblos. No quieren una intervención extranjera que dure mucho tiempo, tampoco que la OTAN los defienda permanentemente, pero tampoco entenderían que la Unión Europea y Estados Unidos fueran cómplices de sus tiranos, y que no hubieran decidido apoyarlos en  contra de las tropas de Gadafi.
Una vez recabada la votación en el Consejo de Seguridad, y después de la reunión de la cumbre de París donde las potencias implicadas acordaron que Gadafi se atuviera a los términos de la resolución 1973, aviones militares franceses lanzaron su primer ataque contra blindados del ejército leal al autócrata libio. Inmediatamente después le tocó turno a Estados Unidos con el lanzamiento de 110 misiles de crucero desde sus barcos surtos en aguas del Mediterráneo. El primer golpe se diio a las 17.45 horas del sábado 19, cuando un avión de combate francés destruyó un carro blindado en Bengasi. Antes de anochecer, otros veinte cazas franceses lanzaron andadas de proyectiles. La primera guerra internacional, aprobada por la ONU, en el siglo XXI había empezado.

Los tapaojos
Desde su gira por Brasil, el presidente Obama ratificó: “El mundo no podía permanecer impasible”. El ataque en contra de las tropas de Gadafi hizo saltar a los Hugo Chávez, los Fidel Castro y los Ahmadineyab del mundo, así como a las plumas incondicionales repartidas por el globo, que escriben con la izquierda pero que cobran con la derecha. Esos que escriben con tapaojos cuya centinela de siempre es culpar de todo al “imperialismo”, sin ver la sangre y las torturas de los que ahora se declaran víctimas.
Como sea, el conflicto libio está ahora en territorio desconocido. No se sabe hasta cuándo la coalición continuará actuando como hasta el momento. Hay muchas incógnitas sobre el mando y la actuación de Estados Unidos y los países europeos. Dada la amplitud de los poderes concedidos por el organismo mundial, exceder el cierre del espacio aéreo —que logró su primer objetivo: imponer una zona de exclusividad en apenas 24 horas—, acción que implica la destrucción de radares y emplazamiento de cohetes, podría ampliarse a otros objetivos militares, lo que causaría mayores problemas.
Que Gadafi en las últimas horas haya anunciado simultáneamente un infierno en el Mediterráneo si era atacado y a la vez un alto al fuego no verificado para cumplir con una de la exigencias de la ONU,  demuestra la desesperación con la que el excéntrico tirano recibió la tardía aunque decidida reacción internacional.
Horas antes de la resolución 1973, Gadafi masacraba impunemente a sus adversarios y anunciaba el final victorioso de las hostilidades y la captura de Bengasi. Propósito que en el último momento se vio truncado por la decisión de la ONU.
En el segundo día de los ataques de la coalición, varios medios informaron que en uno de los ataques de la aviación internacional había muerto uno de los hijos de Gadafi, lo que la televisión libia desmintió.
Los analistas aseguran que Estados Unidos quiere tener garantizada la supremacía en el cielo antes de ceder el mando de la operación, bautizada como Amanecer de la Odisea.

Balandronadas
Los ataques continuaron el domingo 20. Esta vez sobre Trípoli, el bastión principal de Gadafi, amén de ser la capital del país. Varios misiles destruyeron edificios donde el coronel acostumbraba recibir a visitantes extranjeros, y algunas oficinas de gobierno. Las instalaciones eran “protegidas” por un escudo formado por jóvenes leales a Gadafi. Después del primer ataque ya no hubo otros que se antepusieran a los proyectiles.
En un discurso telefónico transmitido por la TV oficial, Gadafi exhortó a sus seguidores: “El pueblo libio va a tomar las armas, bombas y arsenales. Vamos a armar a las mujeres, venid a luchar contra ellas, banda de cobardes. Estamos preparados para una larga guerra”.
Más tarde, un portavoz anunció que el líder había ordenado otro cese al fuego. Baladronadas, replicaron los aliados. Por bien de todos lo mejor sería que la guerra fuera corta.