José Elías Romero Apis
Con motivo de la reciente coronación del rey Felipe VI de España, muchos hemos pensado en algo que nunca nos distrae, como las monarquías. Porque, dicho con el mayor respeto, para muchos, los reyes y emperadores nos parecen más un tema de los cuentos que de la política.
Esto es particularmente aplicable en los países americanos, donde la monarquía es algo tan lejano que pareciera que nunca existió. Ello se debe a varias razones pero tomemos sólo una, del caso mexicano, que nos puede explicar algo de todo el continente.
Desde que cayera el Imperio Azteca, hace 493 años, este país no ha tenido un monarca propio. Es cierto que durante tres siglos estuvimos bajo la dominación de la corona española pero aquéllos eran reyes extranjeros que nuestra historia no puede recoger como nuestros. Salvo un monumento a Carlos IV, no tributamos honor a ningún monarca español que nos recuerde nuestro sometimiento colonial, y nuestra atención a dicha escultura es del orden artístico, que no político. Es un aprecio a la obra de Manuel Tolsá y no al borbón hispano.
Más tarde, con el advenimiento de nuestra independencia tuvimos un solo incidente monárquico con el brevísimo imperio que encabezó Agustín de Iturbide. Nuestra historia recuerda y honra al consumador de la Independencia pero no el efímero Emperador de México. Todos lo llamamos, republicanamente, “Iturbide” y nadie se refiere a él como “Agustín I”. Me salto de estos recuerdos el episodio intervencionista de Maximiliano por considerarlo espurio.
Y estos fenómenos se repiten por toda América. Al haber sido conquistados, colonizados y dominados por las potencias europeas, nuestro camino histórico se diseñó en el republicanismo y renegamos de la monarquía. La república era el único camino que podían seguir las nuevas naciones independizadas.
Hoy, todas las naciones de la América continental son repúblicas, con la única excepción de Canadá. Más aún, todas son repúblicas presidencialistas y ninguna es monarquía ni parlamentaria. A diferencia de nosotros, muchas naciones europeas siguen siendo monarquías y todas ellas, monárquicas o republicanas, son parlamentarias, con la excepción de la Francia republicana y presidencialista.
Para los tiempos futuros creo que ninguna nación americana retornará a la monarquía ni, tampoco, abrazará el parlamentarismo. Así como creo que muchas de las naciones europeas se transformarán, tarde o temprano, en repúblicas y muchas de ellas, también en presidencialistas. En este pronóstico, también incluyo a Canadá.
Observando más a detalle, a las dos repúblicas de América del Norte les gustan las presidencias fuertes sin, por eso, haber caído en la dictadura. Más aún, a los mexicanos y a los estadounidenses les preocupa cuando su presidente es débil.
Pero esto no se copia en todo el resto continental. Muchas naciones del centro y el sur americano han convertido en dictadura su presidencia fuerte o han remitido la dictadura al costo de una presidencia débil.
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