Madrid.- Cada dos años desde sus comienzos en Edimburgo en 1996 el congreso Evolang reúne a un plantel de especialistas que discuten acerca de los indicios, hipótesis y modelos existentes acerca de la evolución del lenguaje humano. Con las conclusiones recurrentes —o, más bien, la falta de ellas— que dejan en el punto de partida lo que sigue siendo una incógnita: de qué forma nuestra especie logró desarrollar un medio de comunicación que, a partir de señales sonoras discretas y limitadas da lugar a un complejo sistema con un contenido semántico virtualmente infinito. Con mayor o menor énfasis, los investigadores suelen aceptar los principios chomskianos del lenguaje como una integración fonético-semántica que genera la infinidad de mensajes gracias a las reglas combinatorias —la gramática universal, de acuerdo con la terminología chomskiana. Pero la manera como pudo llevarse a cabo ese paso crucial en la evolución humana no pasa de momento del nivel de las hipótesis especulativas. La última de ellas, firmada por Shigeru Miyagawa y colaboradores, ha aparecido en la revista Frontiers in Psychology y plantea el lenguaje humano como la suma de dos componentes, el expresivo (E) y el léxico (L): un modelo al que los autores denominan “Integration Hypothesis” y del que se ha hecho eco nada menos que la revista Science.
En realidad la hipótesis integrativa de Miyagawa y colaboradores sigue bastante de cerca las propuestas chomskianas que se remontan a la mitad del siglo pasado. Si algo tiene de llamativo ese último artículo es que plantea que el componente E y el L podrían haber tenido orígenes distintos, relacionando el primero con el canto de las aves y el segundo con los medios de comunicación de primates como los monos verdes. Pero eso ni siquiera es una novedad: en los años en que Chomsky comenzaba a argumentar acerca de su gramática generativa-transformacional, los partidarios de un sistema más conductista —por oposición a innatista— del lenguaje ya sostenían que podría ser la suma de distintos componentes, con el fonético como algo parecido a la capacidad de pronunciar palabras —silbarlas, más bien— de los loros. Esa especulación se ha mantenido por medio de “integraciones” semejantes a la propuesta por Miyagawa y colaboradores incluso en artículos muy semejantes aparecidos en revistas del grupo de Frontiers como el de Berwick et al de 2009.
El problema de cualquier especulación de ese estilo es el de explicar de qué manera se habrían integrado unos determinados rasgos primitivos compartidos con linajes que, en términos filogenéticos, quedan muy lejos de nuestra especie para dar lugar al rasgo derivado del lenguaje humano.
La distancia evolutiva que lleva de los pájaros canores a los primates es la clave que ha llevado a los numerosos proponentes de modelos integrativos a quedarse en la pura especulación. En ella siguen.
