Eve Gil
Leer a la poeta chihuahuense Susana Chávez (1974-2011) muy anteriores a su cruel desenlace, erizan la piel, aun sin los antecedentes de lo que habría de acontecerle. Fue la primera en pronunciar la sencilla pero contundente frase de batalla contra los feminicidios de Ciudad Juárez: “Ni una más”, y pieza fundamental del movimiento que sigue en pie de lucha en defensa de víctimas y familiares afectados. De alguna manera, leyendo sus poemas, se advierte que Susana intuía que sería “otra más”, porque el modus operandi de quienes la violaron y asesinaron por asfixia, sin siquiera saber quién era ella, sólo por el hecho de ser mujer, no nos deja lugar a dudas de que se trató de un feminicidio: La saña por la saña. Perpetrado por unos asesinos casi niños que han aprendido que el cuerpo femenino fue hecho para su exclusiva diversión, cualquiera que sea su noción del término. A eso habría que agregar la inefable misoginia de quienes pretenden justificar lo injustificable: “Susana estaba bebiendo con sus asesinos”, afirmó el titular de la Fiscalía General del Estado (FGE), Carlos Manuel Salas. No tan subliminal mensaje: “Las mujeres siempre tienen la culpa… las mujeres se merecen todo lo malo que les pasa”.
Su asesinato conmovió a toda la sociedad mexicana, no nada más a “la comunidad bohemia”, como afirmó en su momento un visitador de la Comisión de Derechos Humanos… y por supuesto se le sigue echando de menos y su obra ha cobrado otra dimensión. A nadie sorprende que pase de creadora a musa, y de hecho, me atrevería a afirmar que ha inspirado del mejor poemario, a la fecha, de una prolífica y multigalardonada poeta: Elizabeth Cazessús: Hijas de la ira (Nódulo Ediciones, Tijuana, Baja California, 2013).
Estoy convencida que, donde quiera que Susana se encuentre, eligió a la poeta a través de la cual dejar fluir su ira, porque no la imagino víctima pasiva, y debe sentirse feliz y en paz ante el hecho de que de sus gritos haya brotado la poesía. Los versos de Elizabeth Cazessús estimulan estéticamente pero, asimismo, dejan temblando al lector, más de indignación que de miedo. Señala Elizabeth en el prólogo que desde niña, cuando empezó a cultivar el hábito de escribir diarios, descubrió que las palabras pueden llegar a morder… y leyendo Las hijas de la ira comprendemos exactamente a qué se refiere: “Si esta boca no dijera lo que siente,/ si no expresara lo que lloro,/ si callara lo que pienso…/ ¿Cómo podría formar el pensamiento que inflama/ el fuelle de la pasión que sangra y perece/ con una bolsa de plástico en la cabeza?/ En esta casa, conjuro el tiempo,/ juzguen ustedes,/ si este legado de huesos, carne y sangre/ no tiene derecho de invocar/ a las hijas de la ira”.
La poesía de Hijas de la ira no se refiere a unos verdugos concretos. Jamás alude a ellos, mucho menos los nombra. El verdugo de Susana y de todas las mujeres que como ella han sido juguete en manos de enfermos, es nuestro sistema político y judicial, más enfermo aún, sumado a una tradición ya demasiado larga de crianza machista y misógina que, a su vez, forma a quienes hacen “la ley” y a quienes la violan a sabiendas de que llevan las de ganar… y así será mientras la indignación quede en discursos huecos y proselitistas, salpicados de lugares comunes. Elizabeth remarca esto en su poema “Los indignados”. Todos estamos indignados, parece decir. Los medios masivos nos indican cómo debemos sentirnos; nos dan permiso de llorar por cada muerta, cada vez que una mujer es asesinada por el simple hecho de ser mujer. Azuzan nuestro odio por los asesinos… porque así debe de ser. Incluso en este terreno es difícil distinguir a un indignado genuino de otro que incluso se dice indignado. No es para menos, cuando contemplamos a algún escritor que ha adquirido notoriedad gracias a su proselitismo pro-justicia, al tiempo que permanece cómodamente instalado en la nómina de ese mismo gobierno al que increpa: ¿Hasta qué punto un performance nace de la indignación real, y hasta qué otro se convierte en el pretexto ideal para un lucimiento ególatra? “Los indignados hacen foros culturales,/ promueven protestas masivas,/ hacen de su movimiento una verdad/ que luego será traicionada por la mafia./ Los indignados están locos y son fieras/ y se lamen heridas y se justifican/ Y chillan y sonríen, son legionarios de Cristo,/ Y árboles con sus hojas en llamas”.
Las palabras muerden. Pero para que muerdan no deben tener la mínima sombra de contradicción. La indignación no es algo que se lee: es algo que se siente, y la de Elizabeth salta de sus versos hasta nuestra cara; es un grito no tan contenido que, sin embargo, no se propone ser políticamente incorrecto para deleite de unos cuantos. La última intención de Elizabeth Cazessús en Hijas de la ira, por hermosa que sea su poesía, es deleitar, agradar, embellecer. Exhibe una situación en forma inusualmente explícita para tratarse de un poema y no se restringe a los hechos policiacos: va más allá. Explora una sociedad enferma donde, en este caso específico, lo único rescatable es la poesía como vía de expresión: “Temo encontrar las palabras rapaces:/ animales depredadores que hoyan la piel/ de tus niñas exiliadas”.
