Valentina Oliver
El volumen Thomas Bernhard despierta en su tumba sin nombre recuerda a los libros de Rimbaud y demás poetas malditos, tiene una retórica descarnada, abigarrada y decrépita que nos lleva por parajes insólitos de la ciudad de Viena. Es una oda al desconsuelo, un himno a la decadencia; es el homenaje al escritor Thomas Bernhard, que habló de la locura o la enfermedad desde la lucidez y la razón, como en su libro Trastorno, inspirado en su hermano médico; en esa novela hace un retrato crítico de la condición humana con toda su brutalidad, nos habla de una comunidad rural y de la vida de los campesinos aislados del progreso. Por medio de un discurso compuesto por una franqueza enorme y, tal vez por lo mismo, incómodo. A veces Bernhard también recuerda a Dostoievski por la forma en que escudriña en la naturaleza humana para hacer un retrato de la desgracia.
De manera avasalladora, la obra de Bernhard te atrapa y te contiene, no te deja ir hasta que lo acabas. Es un canto a la degeneración humana. El escritor austriaco oscila entre el expresionismo alemán de entreguerras y el nihilismo existencialista de Bequett, es un autor también sarcástico y dispuesto al humor negro. Como él mismo fue un enfermo crónico casi toda su vida, su obra habla sobre la enfermedad y la decadencia. Sus temas recurrentes son el trabajo intelectual como un absurdo que puede llegar a la locura, la violencia de los hombres, la ignorancia como principio de la maldad; la soledad y la imposibilidad de comunicarse con los seres que le rodean. Es un autor lúcido que habla de las enfermedades del hombre no sólo físicas, también morales y sociales.
Ante estas condiciones, César Arístides hace un boceto de un autor que no descansa después de muerto, se levanta de su tumba y continúa increpando y provocando a la sociedad, es un subversivo, trastocado por la realidad: “se alumbran las casas vetustas de imbéciles artistas/ no son artistas sino espigas farsantes/ sueñan serlo pero no lo serán nunca/ se consumirán borrachos en senderos de arte ridículo/ obsceno arte de virtudes escatológicas/ donde las musas lamen las partituras atrofiadas/ los lienzos colmados por una tara animal…” (pág. 16.).
En estos versos, César Arístides alude a la obra Tala, en la que Bernhard hace una crítica severa al mundo de los artistas de Viena, los tacha de mediocres, “no son artistas sino espigas farsantes/ sueñan serlo pero no lo serán nunca”, los acusa de farsantes —como Bernhard— y afirma que nunca llegarán a ser artistas. Los califica de chusma artística, de máscaras huecas que no son más que la sombra de lo que fueron alguna vez, además considera que son deprimentes. César Arístides, conjuga muy bien con su poema extenso el rechazo de Bernhard hacia el mundo artístico y su hipocresía. Lo que habla de un gran conocimiento de su obra: “es Bernhard golondrina que descansa/ pensativa en las bóvedas de Viena/ en quicios y postigos es la vena/ colmada de fragores una lanza…” (pág. 21.).
En estas líneas César Arístides recrea el entorno de Bernhard, Viena, la ciudad donde vivió gran parte de su vida, y es la ciudad fría, silenciosa, con sus helados paisajes, donde se desarrolla su poema; así se imagina César Arístides a Bernhard en este lugar después de muerto: es una “golondrina que descansa pensativa en las bóvedas de Viena”. Metáfora sutil de la permanencia del ser después de la muerte; algo queda, sus obras quedan: “le canta al verdor aromático del descenso/ para alejarme del hospital dormido/ sin llevar en la lengua el sopor de los muertos/ avanzo en el licor inmenso del infundio/ pero ya nada carcome en el laberinto/ no hay más soga que lenta endulce la amargura/ y si acaso estamos redimidos/ no es por los colmillos hermosos/ del azor o el azorado…” (pág. 34).
El autor utiliza alegorías de una belleza notable para hacer referencia a la enfermedad y a los muertos perdidos entre los vivos, como desterrados de este mundo. El autor del poema, consciente de que Bernhard siempre fue un hombre enfermo, no se resiste a aludir la enfermedad en su obra, como en este caso “para alejarme del hospital dormido sin llevar en la lengua el sopor de los muertos”. Así, el personaje embriagado de misticismo hace un recorrido como alma en pena por el inframundo de los escritores inmortales. Recordando al lector por qué está aquí: Thomas Bernhard divaga y revive su resentimiento hacia lo podrido de la sociedad, hacia lo falso, lo abyecto.
Así, César Arístides le abre una puerta al fantasma de Bernhard para cobrar vida y le da voz a un personaje: “el suicidio es mañana de robles mecidos por el abandono/ el suicidio es sendero donde se pasea la desgracia/ el suicidio es una música tibia en el rubor de la amargura/ el suicidio es sinfonía para recuerdos con púas hilarantes/ concierto de navajas dulces en labios de mi madre…” (pág. 77).
Como se dijo, la poesía de César Arístides evoca la narrativa poética de Rimbaud y los poetas malditos; por su temática nos recuerda a una Temporada en el infierno: “senté a la belleza en mis piernas…”, es muy parecido a “concierto de navajas dulces en labios de mi madre”, es una forma de cantarle a la decadencia. Por su irreverencia me recuerda también a los escritores de la generación beat con un estilo muy propio, una forma de hablar poéticamente de la desgracia, una forma de confrontar incluso a Bernhard. También puede recordar a James Joyce, con el Ulises, en un discurso casi esquizoide que brota como río de lava y destroza lo que se encuentra a su paso, critica, reprocha, reta, nos confronta, es una oda al resentimiento de la muerte ante la vida.
En otra parte del libro, Thomas Bernhard encuentra a un niño en su camino que lo señala con insistencia, atrapa su atención, ese niño es él mismo de pequeño. Así, en un periplo dantesco por el infierno, el autor se encuentra con diferentes pasajes de su vida y de su obra que lo exhortan y lo cuestionan. El autor usa un lenguaje muy hermoso para describir un paisaje descarnado, abigarrado y desgarrador; siniestro en muchos sentidos. Basado en su conocimiento sobre Bernhard, César Arístides utiliza su personaje como una segunda piel para entregar un libro maldito, sin lugar a dudas.
César Arístides, Thomas Bernhard despierta en su tumba sin nombre. Dirección de Literatura (UNAM), México, 2013; 112 pp.
