Los mercados perfectos no existen
Alfredo Ríos Camarena
El sistema económico denominado capitalismo surge en la historia de la humanidad a partir de tres hechos fundamentales: la Revolución Francesa, la Constitución de Estados Unidos y la publicación en 1776 de la obra La riqueza de las naciones, de Adam Smith.
En este texto trascendental dividido en 5 libros, Smith pensó que la competencia como eje del mercado, conducido por una mano invisible, deberá fomentar una economía sana y justa, y aunque explica con claridad que no son motivos morales ni altruistas los que impulsan al capitalista, sino el deseo de acumular ganancia; el desarrollo de un mercado perfecto donde ni los compradores ni los vendedores, por su volumen, afecten los precios, el resultado será una economía justa. Pero, para que esto suceda, deberán desaparecer los monopolios y el monopsonio.
El problema de esta base teórica es que los mercados perfectos no existen, a pesar de la lucha contra las prácticas monopólicas; porque al globalizarse las grandes empresas, evaden la posibilidad de que legislaciones nacionales verdaderamente rompan estas prácticas monopólicas que se seguirán dando en la trasnacionalidad de las empresas.
El artículo 28 de la Constitución mexicana, hoy modificado, combate esta figura perniciosa, pero como en todos los países del mundo, ese combate es efímero y poco eficiente, dado que la economía mundial la operan los grandes capitales, que más allá de la legislación se ponen de acuerdo para establecer precios y realizar prácticas monopólicas. Las mayores fuerzas económicas del planeta están reguladas por los intereses de los señores feudales que representan menos del 1% de la población y que controlan las industrias, el comercio y la banca, desde la cúpula de sus enormes nichos de poder. Así se encuentra dominada, por este efecto, la industria energética, la de telecomunicaciones, la farmacéutica, la química y petroquímica, y desde luego, la producción alimentaria, que a su vez están vinculadas a la banca y sus derivados, a la industria armamentista y a la propaganda, lo que impide en el fondo que la teoría del escosés Adam Smith se desenvuelva con la eficiencia esperada. Aunado a lo anterior, el valor del dinero ya no corresponde al trabajo como lo pensaran David Ricardo y Carlos Marx, sino a la especulación monetaria.
Sólo se podrá revertir este fenómeno globalizando la política fiscal, para graduar la influencia de un neoliberalismo que nos ha impulsado al más grande desarrollo tecnológico con logros extraordinarios, como el genoma humano, la conquista del espacio, las comunicaciones telefónicas y de internet; nuevas tecnologías benéficas para el desenvolvimiento del ser humano, pero prisioneras de un pequeño grupo de multimillonarios.
Lo monopolios siguen siendo la falla estructural del capitalismo, y su combate no es fácil, pero puede abrirse una esperanza si la política y la democracia no se pierden en el camino.
