Alejandro Alvarado

El género del cómic es de gran importancia para la vida contemporánea hacia el futuro. Las formulaciones de la novela gráfica cada vez son más complejas, más bastas, sus alcances están sumamente interconectados con otras expresiones culturales y tienden a ser parte de productos multimedia. Sergio González Rodríguez, autor de El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic (Mondadori), cuestiona el reduccionismo, la obviedad, los lugares comunes y la caricatura simple en la que a veces se convierten estas creaciones. Considera que “hay algunas de enorme valor, que van más allá de estas consideraciones básicas”, por eso, “el personaje de mi novela, piensa las cosas de un modo más complejo, sus cuentos no son simplemente anécdotas, son para pensar”. En esta época, vivimos en el aluvión de las novelas y los cómics más primarios: “Se caricaturiza la realidad; y hay quien piensa que la caricatura es más valiosa que la propia realidad; pero esto es un falseamiento. Yo creo que hay que tener una prevención”.

—El cómic, actualmente, ¿cree usted que está sustituyendo la lectura de literatura?
—Lo que pasa es que está cambiando la sensibilidad de las personas. Hasta la generación anterior nos formamos en torno a la lectura y el libro en el centro de los procesos de educación, de cultura y comunicación. Las nuevas tecnologías, las nuevas plataformas y las redes sociales; todos estos cambios que ha traído consigo el proceso de la revolución tecnológica en la vida cotidiana, implica tener un cambio de sensibilidad, de gusto y aplicación de las personas respecto del libro y la lectura, los que no ocupan ya el centro, ni lo van a ocupar, de los procesos que mencioné, van a ser parte de, y los nuevos protagonistas de la cultura y de la vida de las jóvenes generaciones tenderán a ver al libro de este mismo modo; supongo que también como parte de un conjunto de cosas.
Me parece que estamos transitando en una transformación profunda de la vida humana. Debemos poner prevenciones hacia el futuro, porque sabemos que hay muchos riesgos también en este tipo de consideraciones donde la técnica, la máquina, ocupa el centro de todo y va relegando a la persona, incluso, las relaciones humanas van dándose por medio de la interrelación de los aparatos. La gente no establece ya una relación de cuerpo y cara, de bulto, quiero decir, con las personas, sino por medio de las redes sociales.
—Su novela es una experimentación que mezcla cuentos y, a pesar de que pareciera ser una novela gráfica literaria, en ella se cuida mucho el lenguaje, ¿cuál es la fórmula de una novelista para que su obra no se pierda en la experimentación?
—Una idea que siempre he planteado es que cada libro o cada tema necesita una resolución formal específica; sin embargo, hay muchos escritores que tienen una fórmula hecha y la van pasando de un libro a otro, la repiten una y otra vez. El caso de El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic es una historia con diversos niveles de lectura: confrontación generacional, un muchacho que desea ser o es artista y escribe cuentos que reflejan su personalidad. Las ideas del librero viejo se confrontan con la realidad y con un pasado que va a ir aflorando conforme avanzamos en la narrativa. La trama de la novela va estructurándose con el personaje, Dano, un muchacho a quien vamos leyendo de un modo significativo. En el relato del librero de viejo leemos lo que le dijo el muchacho pero no sabemos, bien a bien, dónde realmente está la historia porque, como cuando uno va al cine y le cuenta a otra persona lo que vio, no es ni la película ni lo que uno vio estrictamente en ella, sino que ya transferido a un tercero el relato va cobrando otros niveles. Esta ambigüedad es la que quería tocar, por eso la novela avanza de un modo que, espero yo, cautive al lector conforme va planteando nuevos retos en la propia lectura. Considero que las novelas necesitan ser mucho más inteligentes que el lector y que todos o al menos uno de ellos va a ser más inteligente que el escritor, en este caso que yo; por eso siempre trato de escribir con el más alto nivel intelectual que sea posible, sin perder amenidad, confianza, ligereza ni ingravidez, esta última sería la palabra apropiada. La calidad de ingravidez que previó Italo Calvino como uno de los valores importantes para lo que viniera en el futuro, tiene que estar presente en la narrativa como una forma de vuelo que convoque al lector.
—¿Cuál es la importancia de la experimentación en literatura?
—Hay quienes piensan que el término experimentación es deleznable o no debe usarse en literatura; al contrario, yo creo que es un término que se usa ella desde el origen de la modernidad. Experimento se relaciona con ensayo, y el género, desde su origen en Montaigne, remite no solamente a la prueba de experimentación, al propósito de probar algo, sino también con experimento culinario, con la cocina. La literatura, en cualquier género, es un intento, una aproximación; nunca es algo concluso, algo perfecto; pero es parte justo del proceso de la narrativa, al menos en mi caso.
El artista adolescente que confundía el mundo con un cómic se refiere textualmente, en parte, con códigos de la novela gráfica, pero hay otros elementos u otras secciones en ella que son muy difíciles de articular gráficamente; por ejemplo, los cuentos del propio Dano, son muy abstractos. Sería complicado encontrar o, al menos, costaría una adaptación más sofisticada para poderlos poner en forma gráfica. Creo que la literatura está flexibilizándose mucho. A mí me gusta introducir cuentos, como antes ya he puesto ensayo, dentro de la novela y, a su vez, la flexibilidad del género novelístico cada vez se hace más basta, más compleja, más enriquecedora. Esto es justamente lo que se propone mi obra: convocar al lector a nuevas formas de lectura y de creatividad, más allá de los estereotipos de lo que ahora se llaman novelas de éxito, novelas premiadas, que suelen tener chistes y bromas cada línea, casi carcajadas de esas de sonido ambiental, y de pronto una metáfora y, luego, una visión caricaturizada de personajes, etcétera. Muchos clichés que vienen sobre todo de la adaptación del modelo anglosajón de narrar. Yo prefiero modelos como los europeos, que son sumamente más complejos.