Mercedes Boullosa
Me conmovió. Increíble, que viviendo en estos tiempos donde tenemos al día las noticias más aberrantes del mundo, algo nos logre perturbar. Nos resguardamos en la nota al pie de nuestra página que asegura que nosotros estamos a salvo, lo terrible es más allá de nuestra cuadra, más allá de nuestras fronteras, más allá de nuestros intereses. Susan Sontag nos advierte que el bombardeo de la información tiene como fin, desensibilizarnos, ¿lo logra? Quizá, revivir a los muertos de nuestra felicidad, sea el camino de no olvidar, incluso no olvidar que no, que no estamos a salvo de cosa alguna, menos aún, de nosotros mismos. Hay quien comienza su lunes para empezar a pensar en la botella del viernes, con una vaga esperanza de poder beber desde el jueves, hay quien se sienta ante la derrota de su liga para llorar las de Caín, hay quienes no tenemos con esto, hay quienes vamos al cine, al teatro, o a las páginas de una novela para poder olvidar y no olvidar al mismo tiempo. Hay quienes ocupamos de una incongruencia absoluta y al mismo tiempo trémula para poder mantener en pie la congruencia que nos define y defiende del mundo exterior. Fuimos, y seguiremos siendo una tragedia, imputados de un sino sin remedio ni paliativo, y un clásico Shakespeare-Oceransky, llegó a confirmar nuestras sospechas, estamos destinados a seguir siendo los mismos.
Esa noche, sentada en el Teatro La libertad, bajo una torrencial lluvia xalapeña, Shakespeare revivió. ¿Estaba muerto? Queríamos pensar que sí, pero Abraham Oceransky no nos lo iba a dejar creer. Revivió William, revivió Macbeth, y no pude evitar pensar un poco en Martita, en Margarita, vestida de china poblana, en las primeras damas y sus consortes. “Porque aquello que quieres hondamente, quieres conseguirlo santamente, quieres tomar el fruto de la traición, sin ser un traidor…”. El teatro ha resguardado un espacio para decir lo que sea, total, somos pocos quienes acudimos a él, y bien vayamos con la oreja abierta y el corazón dispuesto a entintarse de los matices de la perturbación, o cerrados y protegidos contra toda reflexión, bajo el influjo visual que Oceransky propone, uno se trastorna, no hay modo de salir ileso de esta sesión, “ya están mis manos del color de las vuestras, pero me avergonzaría de tener un corazón tan blanco”. Aprovechar este espacio sin censura. Después de brincar del asiento, y dejar escurrir las primeras lágrimas, haber leído a Macbeth, me dio el permiso para cerrar los ojos, bloquear los grises oceranskys, dejar de pensar en su rojo de entrelíneas, y escuchar, sólo escuchar. Tan jóvenes actores, tan en su papel y en el de otros, logran ser su personaje y el personaje de a su lado, logran una unidad. Me sacaron del resguardo de antaño, de una lejana Inglaterra, me trajeron a mi patria, a mis héroes y a mis traidores. Rompieron el sigilo del leguaje shakespeareano, sin burlar sus leyes más prístinas, decirlo todo como si el todo cupiera en un solo verso. Derrotaron a las máscaras que nos cubren para caminar en la calle, entrar a su puesta, fue un desnudo del alma, un azote, un solaz: “Hacer de nuestras caras máscaras de nuestros corazones”. No llegaron nunca las brujas, pero no las extrañé. Sus predicciones estaban ya sobre la mesa, el incendio de boletas electorales que hemos vivido una y otra vez, no podrían dejar atrás peores predicciones que la tragedia del ejercicio del poder absoluto.
La música y las luces de este montaje, a cargo del maestro, son perfectos cómplices de los actores y de la tragedia de Macbeth. La propuesta actoral, basada en movimientos totales, muy a la escuela de Oceransky y sus obsesiones, refractan, en un vocabulario cotidiano en pos de la identificación del espectador, una realidad insólita y al mismo tiempo, bien conocida por cada uno de nosotros; la propuesta deja atrás el vais, vos, veis, y el tiempo que dura la obra, se hace un tris, no da tiempo de sentir que el asiento pide tregua, no hay momento para el descanso o el desalojo, es una invasión de ideas, imágenes, sentimientos, que, advierto, ocupan días y horas para su asentamiento. Digerir que ayer era hoy, y que hoy es ayer como ayer y hoy son mañana, trago fuerte que ocupa quizá más de una función, la receta es, vaya usted las veces que tenga que ir.
Llenar los zapatos de Macbeth, un sueño casi guajiro, que Julián Loredo llena hasta la saciedad, de pronto nos invoca a Hitler, a Patton (aún con lo alto que éste era y el actor sin serlo, lo es), a Salinas, a Durazo, y a cualquier otro espinazo de carne blanda y corazón recio que auspicie nuestro imaginario colectivo, estupenda elección para un Macbeth que se extravía primero en su ambición, y más tarde se caga de miedo… sobre sí mismo. “Las primicias de mi corazón, serán las primicias de mi mano”.
Todos los actores, están en su meollo, a todos les creí, a todos se las compré, hacen un colectivo donde se ve el hombro de uno, puesto debajo del otro, y viceversa, todos conjuran alrededor de la traición, así como ante la locura de su lady, que si bien la actriz es muy joven, muestra rostros de tantas edades como a locuras se refiere, se intuye, en cada uno de los actores, un trabajo arduo donde no hay cabida para ser un mal actor. La dirección, ergo, es impecable. Los actores son: Julián Loredo, Alfredo Federico, Alma Karen Mariscal, Eduardo Olascoaga, Damián Sastré, Emmanuel Flores Ramírez, Frank Forke, Juan Anaya, Mehta Bourquin, Melina Luna.
La producción lejos de dejar qué desear, es deliciosa, delicada en detalles, y al mismo tiempo es un arma de más de un filo, no hay detalle al ahí se va, todo está ahí por un porqué, y se siente y nota el cuidado que han puesto en el porqué, da gusto el encuentro de objetos con un significado y un sentido, en un mundo donde se llenan las casas de pendejadas sin ton ni son, meidinchina; la asistencia de producción está a cargo de: Alfredo Federico, Emmanuel Flores Ramírez, Damián Sastré, Mehta Bourquin, Alma Karen Mariscal, Sandra Perea y Liliana Hernández.
Así, entre La Libertad, y nuestras opresiones cotidianas, dejo esta huella de palabras para decir que hoy, nuestro México está tan cerca de una Inglaterra medieval y teatral, tan cerca que no habrá que perderse de ir este fin de semana a ver, a escuchar, y analizar Shakespeare M, de Abraham Oceransky, de su dirección y producción, verla, como una sobada al alma, una sobada que si bien pueda ser dolorosa, será sanadora, pondrá los músculos de la reflexión a trabajar, en su lugar, y al corazón, lo echará a latir, a latir por la esperanza de acaso poder provocar de algún modo, un mundo mejor para estar, un mundo donde el teatro está vivo… y tiene más de una función. En el Teatro La Libertad, viernes y sábados 20:00, domingos a las 19:00 horas, Ignacio de la Llave 105, Plaza Manos Veracruzanas. Hay donde estacionarse, pero el cupo es limitado.
