Eve Gil

Hay seres que uno nunca espera que mueran, porque nos resultan demasiado necesarios en el mundo caótico, porque proyectan una fuerza vital, intelectual y emocional que no permite asociarlos con la muerte, y por muy longevos que sean, nunca dejará de dolernos su partida. Es el caso de la escritora sudafricana Nadine Gordimer, que partió serenamente de este mundo, el pasado 14 de julio en su casa de su natal Johannesburgo, a la edad de noventa años.
Nadine fue la primera mujer en ganar el Premio Nobel de Literatura en casi treinta años de una notoria ausencia femenina en este campo —la última mujer en obtenerlo había sido la alemana Nelly Sachs, en 1966. Nació en el seno de una familia clasemediera, el 20 de noviembre de 1923, en Spring, población minera próxima a Johannesburgo (Transvaal), hija de un lituano judío (cuando Lituania pertenecía a Rusia), relojero de profesión, y de una inglesa. Veinticinco años después del nacimiento de Nadine, en 1948, el llamado apartheid, es decir, la segregación de los negros, sería instaurado por el entonces primer ministro de Sudafrica, Daniel François Malan. Hasta entonces, la relación entre negros y blancos, que era exclusivamente de servidumbre de los primeros para con los segundos, se transformaría en una confrontación racial que la escritora nunca estuvo dispuesta a consentir ni a perpetrar.
Nadine fue una rubia niña sobreprotegida a quien su madre llegó a inventarle una enfermedad del corazón para mantenerla recluida en casa, apartada de la realidad, es decir, de las cotidianas palizas propinadas a los negros en las calles, lo que no impidió que la inquieta chiquilla reparara en que los negros recibían trato de parias en su propio país. En medio de la soledad, inundada de dudas que nadie respondía satisfactoriamente y un grito atravesado en el pecho, Nadine se encontró a sí misma en la escritura contando apenas nueve años de edad. Publicó su primer relato a los quince, en la revista Forum. Como Rose Burger, la inolvidable heroína de La hija de Burger, Nadine formó parte de una comunidad blanca segregada y convivió mucho más con jóvenes negros que con blancos, incluso en la universidad, lo que explicaría la gran verosimilitud con que aborda personajes negros, muchas veces protagonistas de su narrativa. Se educaría en el Convento de la Señora de Nuestra Misericordia, pero de algún modo la disciplina de escribir la liberó de sus ataduras convencionales y en 1948 escapó rumbo a Johannesburgo, matriculándose en la universidad de Witwatersrand, donde no habrá de obtener un diploma en Literatura pues la escritura termina por acaparar su tiempo, su mundo. Pasar de un ámbito a otro, vivir en el ojo del huracán, debe haber sido sumamente difícil para una muchacha que, además de su talento e inteligencia, era judía, rubia y hermosa.
Justo un año después de su ingreso a la universidad, vorazmente nutrida de Chejov y Proust, publicaba su primer libro de relatos, Face to face, al tiempo que contrae matrimonio. Su segunda unión con un empresario de nombre Reinhold Cassirer, también judío, refugiado de la Alemania nazi, coincidiría, cosa curiosa, con la publicación de su primera novela, en 1953, Los días mentirosos. Tiene una hija y un hijo de cada unión.
Imposible no relacionar a la autora con la joven Helen Shaw, protagonista de Los días mentirosos, una bildungsroman que, junto con la historia de una jovencita de Transvaal que poco a poco se libera de un entorno opresivo, abre los ojos… tanto se abren los de la protagonista como los del lector, ante las atrocidades que se perpetran en su país y llevan a Helen a involucrarse en movimientos rebeldes que pugnan por la institución de los derechos elementales para los afrikaner. Algo semejante ocurrirá con Toby, la heroína de A World of strangers (1958), que llega a una Sudáfrica sacudida por las atrocidades del apartheid. “La violencia —escribe en Un arma en casa— es el infierno común a todos los que están asociados con ella”.
En 1956, a los treinta y tres años publica su más importante colección de relatos, La suave voz de la serpiente, a la que seguiría el también libro de relatos Seis pies de tierra. En 1960 obtendría el Premio W.H Smith and Son con los relatos de La huella de Viernes. En sus cuentos, Nadine va más allá de plasmar la vida cotidiana en Sudáfrica, cosa que por cierto hace espléndidamente y, como en sus novelas, recrea las tensiones entre blancos y negros durante el apartheid, lo que habría de ponerla en la mira de la censura oficial. Por lo menos dos de sus libros fueron prohibidos en Sudáfrica: Ocasión de amar (1963), historia de amor entre un pintor negro y una joven blanca, y El último burgués (1966). Lo más digno de admirarse, es que en todo momento haya escrito como si no existiera la censura. Nadine ha inmortalizado la cara más deleznable de la historia de su país: el racismo. Desde su primero hasta su último libro, el motor de su escritura ha sido la indignación hacia un sistema que esclaviza a la gente de color, lo cual no significa que sean éstos víctimas permanentes de su narrativa, como sucede en la extraordinaria novela La historia de mi hijo (1991), donde el adulterio de un respetable páter familia negro, sorprendido in fraganti por su hijo, desencadena una tragedia familiar. Esta novela retrata a una familia negra que empieza a tener ciertos privilegios de blancos, narrado desde el punto de vista de un joven de color. Casi al tiempo de publicar este libro, obtendría Nadine el Premio Nobel de Literatura: “Debemos buscar el sentido —señala la autora—, la misma búsqueda de sentido que cometen esos actos violentos, la misma búsqueda de sentido que llevan a cabo aquellos que fueron víctimas”. El artista, para Nadine Gordimer, es un ser eminentemente político porque está siempre pendiente de lo que ocurre en el mundo y no puede (ni quiere) evitar ser moldeado por esos acontecimientos.
Si bien la literatura de Nadine es un reflejo de la vergonzante división racial que estigmatiza a sus connacionales, fue ella quien profetizó el radical cambio de esa sociedad en la asombrosa novela Un invitado de honor (TusQuets, 1988, traducción de Esteban Riambau), publicada originalmente en 1970, época muy anterior a la ascensión del primer presidente negro en la historia de Sudáfrica, Nelson Mandela. El personaje del presidente Adam Mweta, incluso, está claramente inspirado en el entonces preso político Nelson Mandela. Este perturbador fragmento describe nítidamente un porvenir que parecía imposible: “Ellos (los blancos) saben todos que al finalizar el año trabajarán por contrato, y eso quiere decir que serán sustituidos dentro de tres años. Y es que ellos nunca se han esforzado. Han conservado el empleo durante todos estos años, ¿qué quiere? No se necesitaban ideas, no era preciso moverse de la silla; bastaba con seguir emitiendo un sonido a partir de la caja mágica para mantener quietos a los nativos… y ahora, bum, todo ha desaparecido, incluso el único incentivo que tenían: su pensión. Son un espectáculo patético, amigo mío, y es poco lo que tienen para ofrecer cuando buscan empleo en la BBC. No van a encontrar ni uno. Quieren marcharse, ansían hacerlo. Cualquiera es capaz de ver que no pueden resistir verles las caras cuando trabajan con ellos (con los negros), la situación así no es muy agradable, como puede imaginar” (p. 35).
La narrativa de Nadine está signada por esa imposibilidad de penetrar en los demás y en uno mismo. Ella misma no tiene idea de lo que albergan sus personajes, que nunca dejarán ver más allá de lo que ellos quieran, que puede ser mucho —como Rosa Burger— pero nunca, nunca suficiente. La justicia será un concepto harto subjetivo, por tanto, los luchadores sociales no serán necesariamente simpáticos o dignos de emular. Lo vemos no sólo en Burger, también en la insaciable Vera Stark, protagonista de Nadie que me acompañe (1994). ¿Hasta qué punto, parece ser la pregunta implícita en la obra de Nadine, se lucha por el bienestar del prójimo y no por vanidad? Luchadora social ella misma, no puede evitar ser pragmática, no obstante el amor y la pasión sean parte fundamental de su discurso, sobrio que no contenido. La mayor parte de las relaciones amorosas en la novelística de Nadine Gordimer serán peligrosas, inadecuadas, cuando no imposibles, aún dentro del matrimonio (la esposa de Burger le ama sin esperanza durante toda su vida), y si bien las diferencias ideológicas, religiosas o raciales parecen irreconciliables, el amor, parece decirnos Nadine, es justamente eso: la suma de las diferencias. Y entre más abismal la diferencia, más intensa la pasión.
Nadine Gordimer recibió un total de catorce títulos honorarios en las universidades de Yale, Harvard, Columbia, York y Cambridge (Inglaterra), entre otras, así como once premios literarios. Contrario al otro sudafricano laureado con el Nobel en 2003, J.M Coetzee, que se retiró a vivir a Australia, Nadine siguió viviendo en Sudáfrica hasta el final de sus días, “Cuando un escritor marcha al exilio —ha dicho la autora— pierde su lugar en el mundo”.