Es necesaria una política de acuerdos y respeto mutuos

Alfredo Ríos Camarena

Las migraciones forzosas han sido una constante en la historia humana y se han efectuado por razones políticas, religiosas, bélicas y económicas; desde que los judíos fueron expulsados de España, hace ya muchos siglos, el fenómeno ha sido reiterado. Durante las guerras han sido millones de seres humanos que han huido; algunas migraciones como la de los republicanos españoles a México —a los que generosamente el presidente Lázaro Cárdenas les abrió la puerta de la libertad, frente de la persecución franquista— fortaleció nuestra cultura y ciencia, pues vinieron muchos intelectuales que aportaron su talento al desarrollo nacional.

Sin embargo, generalmente estas migraciones masivas han sido sumamente dolorosas, pues al abandonar su tierra, su cultura y su familia, los hombres huyen de la intransigencia y recorren un éxodo de desesperanza.

Actualmente ha llamado la atención la crisis humanitaria producida por cientos de miles de niños que realizan un trágico recorrido para llegar a los Estados Unidos, en busca de sus padres y demás familiares, con la esperanza de vivir en un mundo mejor, donde encuentren refugio y trabajo.

La realidad es que nuestros braceros, si bien han encontrado una nueva forma de vivir, muchos siguen soportando la discriminación, las vejaciones y el duro trabajo mal pagado, por la persecución de las autoridades migratorias de Estados Unidos, que han permitido a muchos patrones desalmados chantajear a sus empleados pagándoles sueldos de miseria. Estados Unidos ha olvidado que su cultura y desarrollo se ha generado por los migrantes del mundo, desde que se formaron Las Trece Colonias.

La agresiva política migratoria de Obama ha propiciado la detención y la repatriación de miles de indocumentados.

El caso de los niños es más dramático aún, pues no solamente son de Centro América, sino de acuerdo al Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) 25% de los 47 mil niños, detenidos entre octubre de 2013 a mayo de 2014, eran mexicanos; la patrulla fronteriza estadounidense reporta que detuvo a 57 mil 525 niños, entre octubre de 2013 y julio de 2014, que cruzaron la frontera sin la compañía de un adulto, cifra que duplicó la del mismo periodo de 2012 a 2013. Ello ha generado que sea un tema de la agenda regional, donde el propio presidente Obama ha tenido que recibir a los presidentes centroamericanos, de Guatemala, Honduras y El Salvador, evento que anteriormente no se había realizado.

El origen de estas migraciones está en la visión que la política norteamericana ha tenido respecto a sus vecinos más cercanos, a quienes ha visto con desprecio, en muchas ocasiones sometidos a dictadores impuestos desde el Departamento de Estado Norteamericano, como lo fueron Somoza, Ubico, Castillo Armas y tantos más. Esta actitud se manifestó durante todo el siglo XX, recordemos el poderío económico de la siniestra United Fruit Company, que puso la región en el mapa como simples países bananeros. Hasta ahora con contadas excepciones, no se ha contemplado la región centroamericana y mexicana como una zona que debe complementar el crecimiento y el desarrollo, con justicia y libertad; en realidad no hemos sido socios sino súbditos, y por eso, los tratados de libre comercio nunca incluyeron el tema migratorio, que pocos visos tiene de mejorar las condiciones, frente a una actitud cerrada y racista del Partido Republicano, especialmente los xenófobos del Tea Party. No obstante algunos esfuerzos del presidente Obama.

El origen de la pobreza y de la desigualdad está en la explotación brutal que han sufrido nuestros pueblos ahora sumergidos en la dramática miseria.

Hoy en día hay visiones encontradas, mientras el gobernador de Texas, Rick Perry, piensa que la solución está en militarizar la frontera movilizando la guardia nacional, el gobernador Jerry Brown de California expresó “México y California en eso tienen amplias coincidencias: cuando de niños se trata, nunca se podrá justificar el uso de ningún tipo de fuerza militar”. El gobierno mexicano a través del canciller Meade está propiciando una política que regule este tema escabroso y complicado, pues el hambre y la desesperación no los detendrán, ni la milicia, ni lo muros de la ignominia.

A pesar de las buenas intenciones de múltiples organismos internaciones como la Unicef y Organizaciones No Gubernamentales, también existe una resistencia xenofóbica y discriminatoria de quienes piensan que los niños migrantes latinoamericanos contaminan, ensucian y contagian.

Se requiere una verdadera política de acuerdos y respeto mutuos, que puedan darle una salida a este problema; no se trata de vulnerar la soberanía de Estados Unidos, que tiene el derecho de regular sus fronteras, pero también tiene la obligación y —considero que la necesidad— de impulsar con mayor énfasis el desarrollo social y económico de sus vecinos, para detener el éxodo de la desesperanza.