Javier Velázquez

La danza es la escultura de alma, corazón, viento, cuerpo. Observar la danza de Maurice Béjart, en el Palacio de Bellas Artes (el pasado domingo 20 de julio) es volver al tiempo de lo humano. No todo está perdido. La Belleza es posible. La poesía respira en los cuerpos de fuego, lluvia, roca, aire, mar, río; de La Compañía del memorable Maurice Béjart, loco rebelde, audaz irreverente. Béjart rompió con las estructuras del ballet clásico, para ofrendarnos un lenguaje revolucionario, que empezó a deslumbrar al mundo de la danza en 1961, con una de sus obras maestras el Bolero de Ravel. ¡Qué temblor de matemática corporal! ¡Qué delirio de conmoción! La escenografía, un círculo rojo de metal de un metro de altura, al servicio del intérprete, mujer-fuego que canta con cada milímetro de su cuerpo, orquesta de poesía total. Al fondo, y al extremo del foro, sillas rojas que configuran el tributo al erotismo. Todos los cuerpos se ofrendan al ritual de la sensualidad, a la danza erótica universal. Todos aman el erotismo. “El sexo es la raíz, el tallo el erotismo, la flor, el amor”, escribió Octavio Paz. El corazón del erotismo palpita en cada instante en la dramaturgia corporal de la intérprete. Cada movimiento es una ola de luz que nos toca el corazón, el cráneo, el espíritu. El alma vuela en cada precisa gestualidad. Río de asombros que conmueven hasta lo más hondo del ser. La poesía canta con hueso, cráneo, venas, ojos. Pensamiento que encarna en el corazón de la imaginación. Imaginación que vuela y vuela por todo nuestro Ser, para abrazarnos con feroz ternura, como si un ángel nos incendiara todo el alma, todo el cuerpo, para tatuarnos con la mirada de lo imposible. ¿Y qué es lo imposible? El milagro vuelto acto en el escenario. La poesía no ha muerto. El corazón vuela de belleza en belleza. El cráneo tiene ojos nuevos.