Charla con Beatriz Meyer/Autora de El mundo de aquí

 

 

Eve Gil

El mundo de aquí (Ediciones E y C, México, 2013, colección Íntimos) es, oficialmente, la tercera novela de la narradora mexicana (poblana por adopción) Beatriz Meyer, quien previamente escribió dos novelas para jóvenes y una docena de libros de relatos que se caracterizan por su gran intensidad erótica y su desparpajo para abordar temas “delicados”, mismos rasgos que rebosan en esta nueva novela que, aunque no lo especifica la cuarta de forros, se trata de un thriller que, entre otras cosas, guarda relación con la prostitución, la explotación infantil, el incesto, la pederastia y las relaciones amo-esclavo, que pueden volverse efectivas incluso a través de Internet.

Sexualidad desde el lado oscuro

“Suelo escribir con ayuda de esquemas —revela la también co-autora (junto con Enrique Pimentel) de la novela juvenil Tajín 365, que la SEP incorporó en su colección Libros del Rincón—. Sé que hay muchos autores que prescinden de ellos pero yo me acostumbré a hacer escaletas y llevar una bitácora de cualquier texto que escribo. Mi idea primordial, en este caso, era hacer una novela «transparente», un relato al que se le vieran las costuras, los tropezones de una voz indecisa y al mismo tiempo brutal. Un poco inspirada por el Faulkner de Santuario. Quise mostrar lo más siniestro de la naturaleza humana sin siquiera levantar una ceja”.

Uno de los temas recurrentes en la literatura de Beatriz Meyer, y que se refleja en El mundo de aquí, son las relaciones hombre-mujer, pero no “las historias de amor” como tal, sino en un sentido mucho más amplio que incluyen las relaciones comerciales, carnales o patológicas.

¿De dónde surge este interés por la prostitución femenina y la visión del hombre del cuerpo femenino como mercancía o bien intercambiable?

“Desde que leí Imperia la Cortesana, uno de los libros de la saga de Zevaco, El puente de los suspiros —diceme interesé en estos personajes que deben ponerse cada noche una máscara de alegría y deseo para complacer a los hombres. El juego de engaños de esta forma de relación entre hombres y mujeres contiene mucha violencia. Ellas hacen lo posible por zafarse de su verdadera identidad para convertirse en objetos de placer. Pero dicho proceso las priva, ante los ojos de sus clientes, de su condición humana. Las cosifica. Y las hace intercambiables, desechables. A lo largo de mi vida fui interesándome en la forma en que los hombres dejan de lado sus consideraciones morales para disfrutar relaciones con mujeres sin rostro, sin nombre, que son sólo un cuerpo anónimo”.

Esta forma de explorar el amor y la sexualidad desde su “lado oscuro”, ¿le ha acarreado a Beatriz Meyer críticas o reproches por parte de lectores y críticos?

“Hasta ahora —dice— no he recibido comentarios desagradables. No dudo que de pronto haya quien considere esta propuesta tan abiertamente sexual como obscena y desagradable. La violencia del abuso intrafamiliar, más que el sexo explícito, es lo que deja perplejos a muchos lectores. Pero te juro que me quedé corta en muchas escenas”.

“Por otra parte —continúa— no sé si estoy combatiendo la hipocresía. Solo me propuse mostrar el entorno íntimo del abuso sin oropeles ni adornos que disfrazan el horror de lo que enfrentan las víctimas día tras día. Me imaginaba las noches de Andrea, auscultando el silencio, tratando de adivinar si la sombra temida se deslizaría entre sus sábanas o si la dejaría dormir en paz. Traté de transmitir esa desazón, ese recuerdo agrio en el que se mezcla el miedo con el inevitable amor por el verdugo”.

Un hecho de la vida real

Beatriz Meyer reconoce su influencia del clásico de la literatura erótica Historia de O,de Pauline Reggae, sobre una joven sometida voluntariamente a la esclavitud sexual, un poco como Andrea Murray, la protagonista de la novela que nos ocupa. Acepta las funciones de una especie de Sheherezada virtual para un misterioso personaje que la contacta por internet y la contrata para contarle historias pornográficas, lo cual incluye someterse a algunas experiencias degradantes.

¿Qué tan difícil resultó para Beatriz Meyer detallar los abusos de los que son objeto las niñas prostituidas o abusadas por sus propios familiares, caso de la propia Andrea?

“Desde el principio de mi búsqueda —dice— tuve la asesoría de mi amiga, ya fallecida, Minerva Glockner. Ella, que era psicóloga, me guió a través del horror que sufren muchas mujeres y niñas a causa de los maltratos y las vejaciones de familiares muy cercanos. La exposición continúa a esta clase de situaciones, aunque fuera en el papel, me fue permitiendo adquirir una especie de frialdad a la hora de instrumentar los pasajes de la novela. La historia de fondo de El mundo de aquí salió de uno de los casos que Minerva había asistido meses antes de morir. Por supuesto, yo tomé las líneas generales y traté de dotar a Andrea de una personalidad única, construida a base de retazos emocionales. La protagonista del caso real nunca se recuperó y se suicidó. Eso fue lo que en realidad me puso a pensar qué pasaría si, con todo en contra, Andrea decidiera salvarse, dar todo por ella misma. Y eso me permitió manejar la historia sin trabas anímicas”.

Sobre la forma como Beatriz Meyer escribió El mundo de aquí, dice que “la escribí en dos años, a saltos, y con muchas interrupciones. Si no hubiera sido por el grupo de escritura que tengo con amigos queridos, nunca la hubiera terminado, y es que la única gran dificultad fue, siempre, el tiempo”.