Concluyó el evento deportivo visto por más de la mitad de la población mundial, Alemania obtuvo su cuarto título y con ello el trofeo de la FIFA regresa a continente europeo, con lo anterior, las actividades laborales vuelven a su estado habitual y ya no hay más pausas para seguir las trasmisiones televisivas; así, tras la tempestad regresa la calma.

Pero, ¿qué calma les espera a los brasileños cuando se invirtieron cerca de 8 mil millones de euros para la realización del evento, convirtiéndolo en el  Mundial más caro de la historia?, ¿qué calma podrán tener cuando el Banco Central de Brasil redujo su expectativa de crecimiento económico?, ¿qué calma aguarda el pueblo brasileño, que tiene un índice de inflación anual de 5%, y que evidentemente esto repercute en el costo de los bienes y servicios básicos?

Atrás quedó la sonrisa expresiva y esperanzadora del expresidente Luiz Inacio Lula Da Silva, cuando el Comité Ejecutivo de FIFA reunido en Zurich, el 30 de octubre del 2007, designó (tras el retiro de Colombia), a Brasil como sede de la justa mundialista.

Sin embargo, la realidad que vivía Brasil durante ese tiempo dista en demasía de la actual. En 2007, Brasil era ejemplo de crecimiento económico, la diversificación de su economía y los resultados obtenidos lo proyectó como una potencia emergente, estableciendo distintas alianzas como el grupo BRICS y el IBSA, fortaleciendo la inversión extranjera con los países integrantes, sucesos que dada la realidad actual evidencian que el crecimiento acelerado durante la gestión de Lula fue producto de factores externos.

Respecto al interior del país, el Presidente desde su primer periodo desarrolló programas sociales de gran trascendencia, tales como: Fome Zero, que posteriormente mudó a Bolsa Familia, el cual permanece vigente.

Este programa consiste en un subsidio (de entre 22 a 200 reales) que es destinado a la adquisición de alimentos y que se suma a los ingresos percibidos por un empleo fijo o temporal, de aquellas familias que percibían menos de 145 reales mensuales. Como complemento del programa, las familias para obtener esta prerrogativa debían mantener al día los antecedentes de vacunación de sus hijos, garantizar la asistencia escolar, participar en actividades de salud materno infantil, capacitación y alfabetización.

Sin embargo, a pesar de éste, la pobreza en Brasil continúa y es una realidad. Es cierto que el programa se vanagloria de haber sacado a 36 millones de brasileños de la pobreza extrema, pero la subclasificación respecto a la pobreza sólo es un eufemismo de las políticas neoliberales para aminorar sus resultados, es decir, ya no son tan pobres.

Esto hace evidente el estado de extrema desigualdad que se vive, pero que no es privativo de Brasil, sino que es una realidad compartida por muchos países, en los cuales sólo determinados sectores sociales son beneficiados. Si bien por un lado tenemos a empresarios de la talla de Eike Batista, quien hasta antes de colapsar su fortuna, creó varias empresas y obtuvo la concesión para remodelar el estadio de Maracaná, además ocupaba la séptima posición como uno de los hombres más ricos del mundo, como contraste a lo anterior, con base en un estudio realizado por el Área de Reducción de Pobreza, Objetivos de Desarrollo del Milenio y Desarrollo Humano, se estima que los ciudadanos del municipio de Marajá do Sena, en estado de Maranhão, ganan 20 veces menos que los ciudadanos de la municipalidad de más alto nivel (São Caetano do Sul de São Paulo).

Por lo anterior, resulta paradójico, que aquel personaje que en 2003 cuestionaba los excesivos gastos militares de la campaña contra Irak, ahora justifique las “inversiones” de la justa deportiva, ¿realmente se modernizó la infraestructura de las principales ciudades de Brasil?, ¿qué beneficios puede ofrecer la construcción de estadios en ciudades que carecen de fanáticos de futbol?, si bien es cierto que en esta lógica argumentativa se les ha denominado “estadios multipropósito”, también es verdad que aquella población que reclama por el alza del transporte público o el precario aumento salarial no tendría la capacidad económica para gastar en boletos para otras actividades lúdicas.

De esta manera, la pregunta clave sería ¿estos cambios de infraestructura  generaron una mejora directa en la calidad de vida de la mayoría de la población o simplemente se volvió a beneficiar a ciertos sectores nacionales?.

Por el cariño que me une con cariocas y gauchos me gustaría errar en mi apreciación, pero considero que tanto la realización del pasado mundial como la próxima celebración de los Juegos Olímpicos, dentro de dos años, sólo son un breve aliento de recuperación para la economía de Brasil, fundamentado en los ingresos turísticos que estos le puedan aportar, pues como menciona el profesor Wolfgang Maenning, “las extravagancias deportivas generan pocas ganancias financieras a largo plazo”.

Muy probablemente esto ya haya sido valorado por la presidenta Dilma Rousseff, quien proyectó su futura reelección en el triunfo de la selección verde-amarela, pero al ver eclipsado el objetivo, entonces nuevamente recurre al factor externo para apuntalar su imagen con las reuniones del grupo BRICS iniciadas el 15 del presente y cuya carta fuerte es la creación de un nuevo banco de desarrollo y el fondo de reserva de divisas. Habrá que esperar hasta octubre para ver el impacto doméstico de estas acciones internacionales.

Profesora e Investigadora de la FES Aragón