Rodrigo de Sahagún
Sábado por la mañana. Tocaron a mi habitación, pues era hora de levantarse. Tomé un baño y minutos después el timbre anunció el desayuno, antes de bajar prendí un cigarro que anoche pretendía fumar y como el guardia nocturno es muy mal encarado, no nos dejó hacerlo. Al mediodía vinieron por mí para ir a Teotihuacán, eran mi nieto y su grupo de amigos, a quienes les extraña nuestra buena relación. Tenía más que lista mi cámara Polaroid, regalo de navidad de Junior, mi nieto. Una semana antes, él y yo habíamos platicado sobre a cuál lugar podríamos ir el fin de semana y echarnos unos porros. Desde que mi hijo le encontró unos churritos en el cajón de su recámara, lo cacheteó y lo castigó, sin salir durante unas tres semanas, y lo obligó a que me visitara sólo una vez al mes por el mal ejemplo que le doy a su hijo, pues sabe que la mota la consigue por mí: el sobrino del general, un compañero del cuarto continuo nos trae cada noche de viernes, hierba santa pa’ la garganta.
En el transcurso del viaje, disfrutaba los colores del paisaje silvestre, los cuales pude capturar con mi cámara. Prendí un cigarrito para relajarme, pues las carreteras me ponen muy nervioso y ésta no era la excepción, en especial cuando los cerros palpitaban al ritmo de la música rara que ponían los amigos de Junior, quienes ya a esas alturas se habían acostumbrado a mi presencia.
Elevé la vista: la gran Pirámide del Sol se asomaba al librar una curva. Permanecía ahí, colosal. Al llegar, una última fumada y comenzamos el largo recorrido.
Al caminar por la calzada, se nos atravesó una niña; quería vendernos un collar con una figurilla, al parecer, tallada a mano, con forma de la Pirámide del Sol. Negué comprar la figurilla, pero le ofrecí tomarle una foto instantánea para regalársela, así que saqué mi cámara pero la niña corrió, disipándose dentro de un arbusto espinoso, y seguimos nuestro camino.
Junior y sus amigos se unieron a mi lento paso, y subimos por la construcción, majestuosa. Una señora gorda que iba delante de nosotros, tropezó y su rostro cachetudo impactó contra un escalón, rebotando pedazos dientes a medio recorrido de la pirámide, creando caos entre los que presenciamos el estrepitoso impacto. La cúspide estaba cerca, así que apresuré un poco más mi paso; a pesar de la vejez aún conservo energía, sin duda las chingas dentro de la fuerza armada tienen su recompensa.
Llegamos a la cumbre. La vista parecía sacada de la cámara de Ismael Rodríguez. Se podían observar los cerros y los volcanes, la calzada parecía un río de hormigas coloridas, rodeando una gran tableta de chocolate. Junior sacó otro porro, lo prendimos y le pegué una buena fumada. La tarde me incitaba a tomarle una fotografía. Saqué la foto y, sin percatarme, la misma niña vendedora estaba de nuevo a mi lado, sujetando el collar con la figurilla de la Pirámide del Sol. Finalmente se la compré. Miré la pequeña escultura y leí unas letritas con la leyenda: Made in China. Junior y sus amigos me tomaron de los hombros, y sacamos más fotografías. Juntos, desde la cima, mirábamos la serie de fotos, en una de ellas, y sin saber cómo sucedió, se plasmó la imagen de la gorda justo cuando su cara impactó en el suelo, provocándonos carcajadas. Al Este, volaban dragones salientes de los cerros.
