CIENCIA

René Anaya

 

La enfermedad del virus del ébola, desde que fue diagnosticada por primera vez en 1976 cerca del río Ébola en la República Democrática del Congo, ha causado cerca de 3 mil 500 fallecimientos, la mitad de ellos por el actual brote. A pesar de que estas defunciones son menores a las registradas por la pandemia de influenza de 2009-2010, que ascendió a poco más 18 mil, la reacción de temor y angustia ha sido mucho mayor, principalmente en los países desarrollados.

Pero algo peor que esta ola de temores es la confirmación de que las enfermedades de la pobreza no merecen la atención de los países en desarrollo y mucho menos de las empresas transnacionales farmacéuticas, que no invierten en investigaciones al respecto, porque saben que no les reportarán grandes utilidades.

 

Hace cuatro décadas

Hace casi cuarenta años, cuando apareció en humanos el virus del ébola, se llamó la atención sobre esta enfermedad emergente, causada principalmente por la pobreza, ya que las guerras, la explotación desmedida de los recursos naturales y el crecimiento acelerado de las metrópolis, han obligado a la población a ocupar nichos ecológicos.

De esta manera, los más depauperados conviven con animales reservorios (en quienes viven virus sin causarles daño) que transmiten agentes infecciosos al ser humano, como la enfermedad del ébola. Por lo tanto, muchas de esas enfermedades emergentes pueden considerarse producto de la pobreza extrema.

Pero eso no es todo, como estas enfermedades emergentes tienen una elevada letalidad, hasta 90 por ciento, los brotes llegan a ser auto limitados y se circunscriben a aldeas aisladas. Sin embargo, el actual brote ya ha alcanzado las ciudades, por eso esta epidemia ha causado más morbimortalidad.

Uno de los principales problema que se ha enfrentado en este brote es la falta de una infraestructura hospitalaria adecuada para hacer frente a la epidemia, pues además de requerirse laboratorios especializados para realizar el diagnóstico certero (solamente se pueden hacer las pruebas en un laboratorio de Francia y en dos de Alemania), no se cuenta tampoco con las mínimas medidas de seguridad e higiene, como la utilización de guantes, mascarillas, anteojos y trajes; ni siquiera se puede seguir la más elemental regla de higiene: lavarse las manos con regularidad tras entrar en contacto con enfermos, pues en muchos de esos lugares no se cuenta con agua potable.

 

Medicamentos para ricos

Ante el avance de la epidemia, la Organización Mundial de la Salud declaró, el 8 de agosto, el brote de ébola como una emergencia de salud pública de preocupación internacional, por lo que sugirió medidas para reducir la propagación internacional, para tres grupos de países: a) donde hay transmisión del virus del ébola; b) países con algún caso posible o confirmado de la enfermedad y aquellos no afectados con fronteras terrestres con los Estados afectados y c) los demás países.

Al último grupo pertenecen los países de América, a los que se recomienda, entre otras acciones, “estar preparados para detectar, investigar y atender casos de ébola”; y “disponer de información exacta y pertinente sobre el brote de ébola y las medidas para reducir el riesgo de exposición”, que se deben difundir entre la población en general.

Esas acciones tienen una gran limitante, solamente hay dos laboratorios equipados con tecnología moderna para realizar la prueba diagnóstica del ébola, uno en los Estados Unidos y otro en Canadá.

En contraste, en los países desarrollados, como los Estados Unidos, se tienen todas las instalaciones para atender enfermos (cuartos con aire acondicionado filtrado, con presión negativa y equipo de protección para médicos y enfermeras) y hasta medicamentos que no se ha dudado en administrar a dos estadounidenses contagiados en África.

Así que la emergencia internacional va dirigida principalmente a los países pobres, pues los desarrollados podrán contener de manera relativamente fácil cualquier brote que llegue a su territorio. Lo único beneficioso de esta epidemia podría ser que las grandes empresas farmacéuticas destinen recursos para elaborar medicamentos y vacunas, que eventualmente podrían ser demandados por las naciones poderosas víctimas de algún brote de ébola, con lo que recuperarían su inversión… y, tal vez, de manera colateral, se prestaría “ayuda” a los países africanos víctimas de la epidemia de la pobreza.

 

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