Oaxaca, al borde de la extrema violencia
René Avilés Fabila
Hace unos días, mi pequeña familia y yo fuimos unos días a Oaxaca. Nuevamente lo seleccionábamos por ser un estado hermoso, lleno de personalidad, donde coexisten las culturas originarias con las invasoras sin mayores problemas, incluso han enriquecido el lugar.
Para empezar, una vez en la capital oaxaqueña no pudimos entrar: un plantón de la CNTE lo impedía. Pregunté a un ciudadano atrapado en las calles y me dijo a gritos que estaban hartos de ser prisioneros en su propia casa. Luego de muchas peripecias pudimos llegar al hotel: cerrado, era necesario tocar para que nos abrieran. Por seguridad, explicaron. El resto fue lo mismo. No hubo día que careciéramos de problemas de toda índole. Todo por la cerrazón de un grupo que, protegido por las autoridades, hace y deshace y mantiene un caos perfecto.
Ir al centro, imposible; salir, más de una carretera estaba en manos de los maestros. En un restaurante cercano a Santo Domingo, los meseros, ante la escasa clientela, se quejaron: nos están arruinando y no hay autoridad que valga, todas son cómplices. Es decir, la opinión generalizada ve el estado desordenado y en las peores manos, sobre todo considerando que es un lugar que en alta medida vive del turismo y que el eterno conflicto de la CNTE lo ahoga.
Al momento de escribir estas líneas, es posible leer en amplios titulares el estallido social en contra de la CNTE. Los negocios han parado por su culpa. Los comerciantes del Centro Histórico de Oaxaca, y gasolineros, entre otros, cerraron sus locales: ya no soportan más el eterno y demencial plantón que padecen desde hace meses y meses de la sección 22. Pararon 124 negocios, docenas de gasolinerías y el malestar crece, pese a las promesas del gobernador Gabino Cué que ofreció indemnizar a los gasolineros ¡para que no presenten denuncias contra la CNTE!, y prometió a los demás condiciones para que la normalidad retorne a Oaxaca. Una simple maniobra de distracción. El gobernador no actuará contra sus propios aliados.
Por meses, los niños de Oaxaca, donde los índices educativos están muy abajo del promedio nacional, han dejado de tener clases. Los maestros se niegan a trabajar, son profesionales de las manifestaciones y los plantones, no de las aulas. El daño es irreversible y grave. Oaxaca tendrá que esperar nuevo gobierno para que haya condiciones suficientes para prosperar. Por ahora, la CNTE y el gobernador Cué tienen frenado un estado que sin duda merece un mejor presente y un futuro promisorio.
Para acabar con el desmadre que han causado los maestros de la CNTE, en las redes sociales los ciudadanos llaman a quitar los campamentos, desalojarlos. Ni el gobernador ni los maestros saben que están llevando a Oaxaca al borde de la extrema violencia, a que la ciudadanía, harta al fin de tanta ineptitud y desorden, lleve a cabo acciones duras para salir de la prisión en que se ha convertido su ciudad.
O quizá sí lo saben y es lo que buscan, un choque y el caos total.
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