Patricia Gutiérrez-Otero

Las tecnologías han cambiado el mundo a lo largo de la historia. En particular las tecnologías ligadas con la comunicación. Desde señales de humo, escritura en papiro, cartas, imprenta de tipos móviles (recordemos su importancia en la reforma luterana), hasta la imprenta digital que en nuestros días permite tirajes pequeños de excelente calidad, lo que no permitía la técnica del offset, aún utilizada para grandes tirajes a un menor costo.
La imprenta digital y la comunicación por las redes han permitido el surgimiento de nuevos autores de la comunicación. Los antiguos receptores ahora pueden interactuar con rapidez y pasar de un papel de recepción a uno de autoría. Este fenómeno se da a una gran rapidez en las redes donde una idea se lanza, se responde, se intercambia, regresa, da vuelta, se transforma… Según el sitio de la web que se utilice el círculo de ida y regreso será menos o más rápido; involucrará más o menos gente. No es lo mismo chatear con un amigo o un grupo de amigos, en corto, a través de Facebook, que lanzar un pensamiento a un público general también en Facebook.
Por otra parte, la impresión digital ha permitido que personas que no son “escritores profesionales” y que no aspiran a llevar el sello de casas editoriales más o menos importantes puedan imprimir sus obras en tirajes pequeños. Ya sea porque fundan su propia casa editorial, ya sea porque acuden a una casa editorial que se dedica a este menester. Entre estas personas se encuentran las que han realizado una investigación sobre un tema familiar que quieren hacer del conocimiento de su grupo sanguíneo o de un grupo más amplio, pero que no cumple con los requisitos bibliográficos para ser aceptado por una editorial académica; también están los que han escrito (con ayuda incluso de una grabadora muchas veces incluida en su teléfono inteligente) el fruto de sus incursiones laborales y quieren plasmarlo en forma de libro sin que llegue a ser un manual propiamente dicho, sino en un género más lírico, que puede funcionar como apoyo para los entrenadores o para los receptores. Incluso están los amantes de la literatura, pero que no se han dedicado a ella, y que han escrito una serie de cuentos o una novela y también quieren entregarla a un público intermedio: familia, amigos, conocidos. Novelas que pueden variar en su profundidad y logro. Hago notar que en general todos estos textos necesitan de un profesional indispensable, el corrector de textos e incluso del editor, para apoyar al autor en aquello en lo que él no es un especialista.
Estos tiempos son quizá cada vez más los de la ruptura de la distancia entre autor y lector. Lo que no significa que siempre existirán los genios de cualquier ramo artístico, los poetas que develan el ser y sentido de las cosas, y que a veces estarán incluso entre aquellos que no fueron publicados por una gran firma. Ojalá lleguemos un día a la desaparición del altar luminoso en que la modernidad individualista ha situado al autor. Ojalá la proliferación de escritos equilibre —no se pierde nada con soñar— el reforzado monopolio de Televisa que tanto manipula el imaginario de los mexicanos.

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