Eve Gil

La perfección no existe, dicen. Creo que es cierto, y qué bueno que así sea, que hasta Leonardo Da Vinci o Albert Einstein hayan dejado algún testimonio de su falibilidad humana. Lo que sí existe, y considero legítimo, es el empeño en alcanzar la perfección, y de pronto aparecen algunos que, sin proponérselo, logran algo que se le parece. En el caso específico de Lo imperdonable, Norma Lazo, su autora, alcanza, si no la perfección, sí la redondez, la limpieza, la claridad, la madurez y, algo todavía mejor: la trascendencia.
En sus novelas anteriores, partiendo de la primera, El dolor es un triángulo equilátero, Norma ha dejado constancia de una muy afinada intuición para crear situaciones límite y personajes que, sin estar preparados para enfrentarlas, jalan aire de donde sea, y se transforman en su desesperado afán por sobrevivir, física o moralmente, o ambas, como en Lo imperdonable. Pero esta vez, al creciente interés de una trama plena de intriga y misterio, se suma un nuevo ingrediente: la celebración a Carson McCullers, una influencia que Norma reconoce a través de guiños y alusiones. La gran autora norteamericana está presente no sólo como inspiración para tomar las riendas de la historia, sino a través de sus libros y sus personajes que de algún modo sirven de detonante a los actos Eddie, la protagonista, que hasta en su nombre enigmático nombre lleva implícito el sello McCullers: su afán de nombrar a sus heroínas andróginas con nombres varoniles o, en todo caso, unisex. Hay que señalar, sin embargo, que en la novela se aclara que “Eddie” es un sobrenombre que le ha puesto su mejor amigo, que comparte con ella su pasión por la autora de Reflejos de un ojo dorado, o una de mis favoritas de toda la vida: Frankie y la boda.
Si algo abunda en esta novela, y lo celebro, son personajes entrañables, verosímiles. Pero la relación entre Eddie y Michael Parker es, para mi gusto, lo más significativo. No me decido entre tipificarlo como una gran épica de la amistad o como la historia de un amor ideal, en el más puro sentido platónico. No por casto o imposible; porque Eddie vive cargando el peso de un amor irrealizado y trágico, para colmo, el primero y el último, mientras que Michael es homosexual. No. Estas circunstancias (minucias), lejos de separarlos, contribuyen a solidificar un lazo incorruptible, sin importar que, a la transparencia de Michael, se contraponga el enigma que representa Eddie, quien a sus 46 años tiene cuentas por saldar con un episodio irresuelto de su adolescencia, transcurrido en el puerto de Veracruz. Contrario a lo que suele decirse, su tierna juventud es el último lugar al que esta mujer madura desearía volver… y sin embargo es menester hacerlo: una promesa firmada con sangre.
Eddie se ha impuesto la soledad desde el momento en que un episodio traumático la obliga a exiliarse de su ciudad, de su hogar, de su familia, de sus muy queridos amigos con quienes vivió inconfesables aventuras en el fondo del mar. Toda ella parece gritar “déjenme en paz”, pero es precisamente ese afán por deslizarse silenciosamente por la vida lo que despierta vivamente el interés del neoyorquino Michael, quien la contrata como traductora. Prác­tica­mente vamos descubriendo los secretos de Eddie al mismo tiempo que Michael, quien no se conforma con lo que ella quiere contar. Poco a poco, la narración va adquiriendo ritmo y densidad de un thriller. Entre una taza de té y otra. La caricia incidental de un rizo que cae sobre la cara de Eddie, quien puede ser también una sofisticada mujer de cabellera lacia. Este es otro aspecto destacable del estilo de Norma Lazo: su asombrosa habilidad para ir dejando pequeñas pistas, vínculos, pisadas, alpiste, referencias. El significado, por ejemplo, del retrato que Eddie le deja a Michael al desaparecer inesperadamente, El gigante, de Diane Arbus, una maravillosa fotógrafa especializada en retratar freaks, no como una forma de rebelarse a la belleza, sino de mostrar la hermosura de la fealdad. No se trata de un detalle gratuito o un rapto snob. No. Es algo decisivo, como prácticamente todo lo que sucede en la novela. Nada de lo que aquí sucede es accesorio. Nada es caprichoso. Norma ha vigilado cada acto, guiño y detalle, sin dejar hilo suelto. A eso me refiero cuando utilizo el término “limpio” para describir no sólo la calidad de su prosa, sino su forma de bordar la historia. No se trata, por otro lado, de una disquisición (o perorata) sobre la amistad, el perdón, la conciencia, la nostalgia. Ni siquiera es necesario mencionar tales términos para que la propia acción los haga tan tangibles como a los personajes que los asumen, y eso también se agradece: ahorrarnos a sus lectores la irrefutable prueba de que la autora es una mujer sabia. Ella antepone a sus personajes y sus respectivas prioridades, a la decimonónica tentación —que todos critican y luego insisten en poner en práctica— de hablar en nombre del destino.
No voy a apuntar aquí que Lo imperdonable es la mejor novela de Norma Lazo, porque toda su obra podría formar parte de un recuento de lo mejor que se ha escrito en México en los últimos diez años, a lo sumo. Lo que sí es un hecho, es que he convertido a ésta en mi favorita; que es de lo mejor que ha caído en mis manos hace mucho tiempo, pues nunca he ocultado mi desagrado ante la postura elitista de gran parte de los novelistas mexicanos, no los mejores, por cierto, sino los bendecidos por el establishment, de privilegiar la verborrea estilizada e impenetrable. La obra de Norma Lazo no sólo es lenguaje: recupera las virtudes que admiramos en grandes autoras mexicanas como Inés Arredondo, Elena Garro o Amparo Dávila, y ya no son fáciles de encontrar. Me permito mencionar una sola: la capacidad de emocionar.