De Calderón y García Luna

Del fanatismo a la barbarie

sólo media un paso.

Diderot

 

De verdadero arrebato místico se debe calificar al discurso que el pasado 2 de junio, y en ocasión a la primera conmemoración del Día del Policía Federal ofreció Felipe Calderón en las modernas instalaciones que sirvieron —además de foros y locaciones para rodar la fallida propaganda mediática de Pedro Torres, El equipo—, de marco solemne a este show paramilitar organizado para solaz y esparcimiento del artífice y titular de la dependencia burocrática consentida del sexenio.

A la par de la piadosa grandilocuencia del primer mandatario, quien con ello demostró su lealtad a ultranza al controvertido jefe policiaco, eximiéndole de toda culpa, a pesar de violar flagrantemente la Constitución, como lo acreditan las fotos de su ceremonia de condecoración de manos del presidente colombiano sin contar autorización de la soberanía para portar dicha distinción extranjera.

El punto culminante del mensaje presidencial es, sin género de dudas, la confesión de su mística obsesión por imponer por decreto verbal  prestigio al muy desprestigiado cuerpo concebido por García Luna, de cuyos dudosos principios y lealtades dan cuenta las más de un mil quejas presentadas en 2010 en contra de sus elementos ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Omitiendo este negro antecedente, al exegeta de Los Pinos le ganó su fanatismo, y como revelación divina exhortó a los integrantes del cuerpo policial de su protector, a transformarse en sacerdotes cívicos, dejando claro en el subtexto, su apuesta por una policía ajena al principio clásico de la Politheia —es decir de la administración delas normas que rigen a la polis—, impulsando al tiempo una corporación adoctrinante, inquisidora y sancionadora, inspirada fundamentalmente en Torquemada —quien indudablemente se ajusta a su rampante autoritarismo— y bendecida por Calderón en este acto.

Inmerso en el terreno del espectáculo paramilitar que para tal fin se preparó, el secretario García Luna comparó a sus elementos de “héroes nacionales” a pesar de que, salvo casos excepcionales, la intriga palaciega,  el entreguismo, la corrupción, la arbitrariedad y la opacidad acreditada por la sociedad son motivo del repudio generalizado de la población, sobre todo de quienes sufren a diario su indeseada presencia en las regiones, pueblos y ciudades a los que han sido destinados.

En cualquiera de los parajes de esas zonas, sus habitantes acreditarán la prepotencia de los federales, su proclividad a la extorsión, al secuestro y al mal trato hacia las mujeres, indignas conductas de agentes policiales que profundizan el sentimiento de terror hacia ellos, parapetados tras sus capuchas,  exageradamente armados e inútiles cuando se les requiere ante violentas incursiones del crimen organizado.

Una condenable prueba del desprecio de los mandos y elementos de la policía de García Luna por el Estado de derecho, es la ignominiosa incursión en contra de la Comisión de Derechos Humanos de Paso del Norte, registrada la noche del domingo 6 de junio en las instalaciones de la prestigiada organización, en cuyas instalaciones irrumpieron los integrantes de las patrullas 12427-13972-13943-13748 y 10573 de la Policía Federal, quienes allanando el local, destruyeron e investigaron en archivos y computadoras, amparados solamente por su encono vindicativo en contra de una de las organizaciones corresponsables de recibir a la Caravana de la Paz que encabezó el poeta Javier Sicilia.

El condenable hecho fue tan grotescamente justificado por la dependencia, que más que explicación resultó un insulto a la inteligencia de la sociedad, pues se argumentó la supuesta búsqueda de un presunto proveedor de dos narcomenudistas, quien, según los policías, se escondió en el inmueble de la Comisión, lo que obligó a los agentes a romper cerraduras y cristales para efectuar el “rastreo” del presunto delincuente, sin resultados.

Tras el performance místico-paramilitar de esta primera conmemoración del Día del Policía Federal, y al constatar la cerrazón presidencial a cambiar de estrategia en su guerra contra el narcotráfico y la perversidad inherente al condicionamiento de aceptar el mando único concebido por su administración para regresar el ejército a sus cuarteles, nos deben quedar tan claros —como en su coyuntura le quedó a Diderot— que el Estado policiaco que el fanatismo de Calderón y García Luna nos está imponiendo, es el paso que  nos separa de su barbarie.