David Alejandro Boyás Gómez

Celebrar el centenario del nacimiento de un escritor es un rito común en el mundo cultural. En el medio literario los intelectuales especialistas en ceremonias como presentaciones de libros, homenajes, conferencias, aniversarios, entregas de premios recordarán el 2014 como año de centenarios.

No sólo se cumplen cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, sino que se recordará a personajes como Octavio Paz, Efraín Huerta, José Revueltas, Adolfo Bioy Casares y, por qué no, a María Félix en la fecha en que hubieran cumplido un siglo de existencia. En Chile se planea celebrar el centésimo cumpleaños de Nicanor Parra en septiembre.

El 26 de agosto le toca acudir al ritual a Julio Cortázar. Nacido en Bélgica durante la conmoción de la Primera Guerra, de padres argentinos, pasó la mayor parte de sus años en París, escenario de su ya legendaria novela Rayuela, estancia que alternó con el Buenos Aires de su infancia y con sus múltiples viajes a los países que le motivaban afectos. No sorprende entonces que la mayoría de sus cuentos transcurran en alguna de las dos ciudades citadas.

Influido por los movimientos de vanguardia, especialmente por aquella poética del sueño de la que trata el surrealismo, encontró en el cuento un género abierto a la interpretación fantástica de la realidad, relación que guarda en buena medida con la literatura latinoamericana en su conjunto. Cortázar nunca fue folklorista, pero supo captar tan bien el estupor de la cotidianidad que sobra decir que muchos de sus relatos son espejo fiel de la vida y realidad de Nuestra América.

Universal y latinoamericano, como sus compañeros del Boom, de quienes más que compañero fue amigo (y, como en toda amistad, a veces enemigo) siempre fue un escritor comprometido sin caer en el lugar común. Nunca siguió ciegamente ninguna ideología y su quehacer literario estuvo siempre dedicado al ejercicio estético tanto como a la crítica de la desigualdad social.

Ante el caso del poeta Heberto Padilla, donde se presumía una censura por parte del gobierno revolucionario de Cuba, administración a la que los intelectuales del XX apoyaban en masa, Cortázar no dudó en ser crítico con la revolución y prendió los focos rojos, según se lee en epístolas. También en cartas se comprueba que otro escritor latinoamericano apeló a la autocrítica, otro centenario, José Revueltas.

Traductor, poeta, editor, maestro normalista, novelista, cuentista, Cortázar se queda en el oído de sus lectores como pocos escritores pueden: con la confianza absoluta ganada por parte de cada uno de los que mediante pacto con el autor penetran en el texto con la ingenuidad de un niño ante lo desconocido. Entonces sus lectores sentimos que escribe como para nosotros, y desde la misma ingenuidad, como un eterno adolescente. No sólo en lo físico, sino en lo espiritual, Cortázar fue siempre joven.

Cortázar no era poco espiritual. El budismo zen lo impresionó, Rayuela casi se llama Mandala y hay un video en internet donde aparece bailando en la India como un mono arrebatado de felicidad ante la sonrisa de Octavio Paz.

Por ello sus relatos siempre están llenos de reflexiones que el escritor tenía desde su adolescencia. De ahí las exitosas voces infantiles en cuentos como Después del almuerzo o en Los venenos. Pero también su pensamiento onírico lo hacía viajar entre dos orillas, entre Buenos Aires y París, del lado de los cronopios o de las famas. El axolotl del acuario. Mundos donde el exterior terriblemente habitual se transforma a cambio de una inflexión interior, una hendidura en el tiempo, en los pensamientos humanos. Por eso amaba lo cotidiano, pues en él se puede encontrar lo más inverosímil, si le hacemos caso, si sabemos ver bien.

Así que estoy seguro que a sus más entusiastas lectores, entre los cuales sin pretenderlo hay muchos jóvenes, nos perdonaría que hiciéramos la ceremonia de su centenario, el gran cronopio. Porque si algo aprendimos en su literatura es que lo fantástico se encuentra a la vuelta de la esquina como del pensamiento.

Pienso que las nuevas generaciones no sólo recordamos a un autor que quizás nuestros maestros sí conocieron y trataron. Nosotros los leemos a la distancia porque nacimos incluso después de su muerte y aun así nos sentimos conmovidos por los personajes extrañamente cotidianos y por sus situaciones tan humanas como la envidia, la mentira, el orgullo y por supuesto el amor.

Releemos a los grandes para saber si todavía tienen algo que decirnos en la actualidad. Y lo que nos dice Julio Cortázares que hoy más que nunca necesitamos del juego, sentirnos hombres por nuestros divertimentos, como decía Schopenhauer. Y nos hizo entender que si nos prestamos al juego no sólo se puede ganar, sino también perder. Pero el que es en verdad cronopio sigue jugando a pesar de todo, hasta el último de los fracasos, hasta la última derrota del ser humano que es siempre ante la muerte.

Personalmente creo que la muerte del cuerpo no coincide con la del alma. Y la marca en el espíritu de sus lectores es tan onda que como pocos hombres Julio Cortázar es inmortal.