Ricardo Muñoz Munguía

La razón sublime del dolor invade la palabra. Palabra que es mecanismo de transformación. Transformación que no tiene puerto, que es poesía: “¿Y si la poesía fuera un olvido del perro que te mordió la sangre/una delicia falsa/una fuga en mí mayor/un invento de lo que nunca se podrá decir?”, dicta Juan Gelman en su poemario Hoy (Editorial Era, México, 2014). Un libro que convence de la existencia del alma, y con precisión señala los sitios de llagas de las que brota la sangre del hijo, de la nuera, quienes fueron secuestrados y asesinados por la dictadura argentina. Por otro lado, también de la pérdida propia, la del exilio, situación que cimbra en las manos del poeta, y ahora debe alcanzarlo la memoria que se queda en sus páginas.
Hoy es la declaración del yo, de la mirada cubierta de sombras que son muerte, de sueños que son pesadillas, de encierro que va más allá de una cárcel; dolor que alumbra la zozobra, la incertidumbre, la soledad…, vacíos que golpean la esperanza y perviven en los ojos, ojos torturados por la simple mirada que no se puede interrumpir, memoria que no cierra, víctimas que no mueren: “La compasión tiene lotes estériles, necesitan que secues­tro/tortura/asesinato/sean palabras sin materia, distraídas/retrocedentes/no pegadas a dictadura militar/a cuerpos vivos tirados al océano”.
El tiempo embarca en la desolación, es entonces que la fe se resquebraja y el futuro hace nido sobre sombras: “El gemido murió y elige los recuerdos, la frente que rompía muros para mirar arriba, mañanas sigilosas de la lucha, las evaporaciones del temor. El futuro retiene soga a soga al humilde milagro de la espera que no visitan calendarios. Hilos de fierro cosen lo que se acaba con lo que se acabó y en la ropa escriben otra cosa”.
El amor no puede quedar de lado en este volumen del escritor argentino, pues es una constante, sin embargo, también, con la misma constancia, se habla de un amor que crece sobre ramas aferradas, que van, otra vez, hacia las sombras.
Hoy, de Juan Gelman, es un libro con el dolor que rebasa su propia palabra y parece dejarnos con una pregunta —de los tantos cuestionamientos del poeta en este libro—: “¿A dónde fue el temblor en cuerpo y alma?”, la que quizá no tenga respuesta.