Halina Vela
Josefina Vicens, llamada por muchos “la Rulfo mexicana”, por haber escrito —al igual que Juan Rulfo— dos libros e infinidad de guiones cinematográficos, fue la primera mujer que recibió el premio Xavier Villaurrutia por su El libro vacío, publicado en 1958, y traducido al francés con el nombre de Le cahier clandestin, por la Editorial Julliard de París, gracias al interés que en él tuvieron Dominique Eluard y Alaíde Foppa. Veinticuatro años más tarde publicó su segundo libro, Los años falsos, que le valió el premio Juchimán de Plata. En 1989 se realizó la primera traducción al inglés de Los años falsos, The False Years, por la Latin American Literary Review Press; y en 1992 se llevó a cabo la de El libro vacío, The Empty Book: A Novel, por la University of Texas Press.
Vicens también escribió una pieza teatral, Un gran amor, publicada en el año de 1962, por el Instituto Nacional de Bellas Artes, en Cuadernos de Bellas Artes; el texto “Ya nació el hombre”, también publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes en Cuadernos de Bellas Artes, y un cuento “Petrita”, publicado en el año de 1984, por la Universidad Autónoma de Tabasco en la Revista de la Universidad, así como poemas cortos y varias décimas, baste mencionar aquella que da inicio a Los años falsos.
La obra de Josefina Vicens ha sido constantemente revalorada, y aunque tanto en El libro vacío como en Los años falsos, el tema de la masculinidad y la feminidad están presentes de principio a fin, es evidente que el tema central de El libro vacío es el de la escritura, tema que eligió para su personaje, porque era —como infinidad de veces lo llegó a decir— su propio problema; y, el de la simbiosis entre un padre muerto y un hijo vivo, en Los años falsos, o el de una vida robada, en palabras de la propia autora.
El Libro vacío rompió con los esquemas narrativos y temáticos, pues desde su inicio nos encontramos con un narrador masculino, situación que ha sido objeto de innumerables artículos de estudios de género. No obstante, se puede afirmar, que Josefina Vicens eligió la voz masculina para su personaje debido a que conocía muy bien el mundo masculino, ya que su experiencia laboral se desarrolló al lado de los hombres; y también a que las preocupaciones, obsesiones y sentimientos que deseaba manifestar, no eran los que expresaría un personaje femenino de aquella época, pues no podemos dejar a un lado el hecho de que hasta el año de 1953 la mujer obtuvo el derecho al voto en nuestro país y, que en términos generales, ésta se encontraba confinada a las actividades del hogar, que eran para muchos, las únicas actividades correspondientes a su sexo. La propia Vicens luchó para que a la mujer se le otorgara el derecho al voto. Y como si lo anterior no bastara, habría que añadir que El Libro vacío se inscribe en la universalidad, y sobra decir que las manifestaciones artísticas y culturales de ese tiempo debían inscribirse en un contexto nacional, baste citar los constantes ataques y las críticas recalcitrantes que recibiera el grupo de los Contemporáneos por inscribir su obra en la universalidad.
El Libro vacío inicia y termina con una dualidad: el deseo-imposibilidad de escribir. Dualidad que también expresa la problemática de dos quehaceres: el literario y el existencial, dado que el texto inicia y termina de la misma manera —lo que implicaría una estructura cíclica— porque José García nos habla de su deseo-imposibilidad para escribir desde el comienzo, y la narración llega a su fin, sin que él haya podido aparentemente escribir ni una sola palabra. Así nos enfrentarnos con dos discursos que tramposamente quedaron atrapados en dos cuadernos; el primero de ellos estará lleno, y será finalmente la novela que leeremos y nacerá del deseo; el segundo, aquél en el que José García no ha sido capaz de escribir la primera palabra, será El Libro vacío, ése que no nacerá, porque habla de la imposibilidad de escribir, y que será la nada a la que se alude constantemente, la página en blanco, pero también hará referencia al hombre como un inacabado proyecto, como una pasión inútil, tal como expresara Jean Paul Sartre. Pero lo asombroso de esta gran novela es que logra sostenerse sin utilizar los recursos literarios acostumbrados, pues no sólo carece de puntos climáticos, sino que su punto de partida es la del deseo-imposibilidad de escribir, rodeado de elementos insustanciales y de una monotonía asfixiante. Así tenemos una novela que se escribe a partir de la no-escritura, pues a lo largo del discurso de José García, constatamos su deseo por romper con los moldes establecidos por la novela tradicional: “No puedo inventar nada ni a nadie, porque los personajes que invento me resultan completamente falsos”.
Entonces a la conclusión a la que se llega es a la de no escribir, por lo que José García se la pasará escribiendo que no escribe.
José García es un hombre dividido: todo en él es negación-afirmación, y parece remitirnos a la eterna pregunta shakesperiana: To be or not to be? Sin embargo, José no renuncia a los absolutos, su viaje-rutina es una alegoría del Mito de Sísifo; un recorrido circular, una ida y vuelta de lo universal a lo particular; de la humanidad al hombre; y de la Literatura a su cuaderno en blanco. Por ello, lejos de recurrir a las armas literarias acostumbradas, él recurre a la escritura de sí mismo, al fluir de su conciencia, una conciencia que emerge a pesar de vivir sumergido en una vida gris que transcurre entre su matrimonio (su mujer y sus dos hijos), y su trabajo burocrático como contador en una oficina de gobierno. José García vive siempre a la espera, a la espera de esa primera palabra que escribirá en su “cuaderno en blanco”; pero también a la espera de sí mismo, (lo cual nos hace pensar en la obra de Samuel Becket, Esperando a Godot), pero paradójicamente, en esta espera está su propia negación, ya que si tal como él mismo afirma, la escritura: “es el único medio del que dispongo para no olvidarme de mí mismo por completo”, y el libro (el cuaderno en sucio) termina sin que él haya podido escribir una sola palabra (en el cuaderno en blanco), significa que José García no logró recuperarse del olvido. Pero de nueva cuenta la paradoja aparece, porque frente al olvido del cuaderno blanco-la no escritura; tenemos los recuerdos del cuaderno en sucio-la escritura, que será la novela que finalmente leeremos y, que al mismo tiempo será también la no-novela.
Se puede concluir entonces, que se trata de una constante construcción-desconstrucción a la manera del poema Muerte sin fin, de José Gorostiza, en donde el poema no hace otra cosa que devorarse y recrearse cíclicamente.
Los años falsos inicia cuando se está llevando a cabo el cuarto aniversario de la muerte del padre de Luis Alfonso, quien no parece decidirse: ni por la vida ni por la muerte; ni por el amor o el odio a su padre muerto, y a sí mismo vivo; ni por el amor o el odio a su madre y hermanas; ni por el amor u odio a su amante viva, amante del padre muerto. Esta falta de decisión se debe a que En los años falsos, la vida y la muerte, lejos de instituirse en una armonía de contrarios, se nos presenta como una entidad indivisible y compacta al mismo tiempo, en la que el propio Luis Alfonso no puede verse reflejado. Debido a ello, vive girando alrededor de un círculo, persiguiendo su propio reflejo, no ése que le devuelven los que se empeñan en mirar en él al padre muerto, sino el suyo, el verdadero. Por lo tanto, Luis Alfonso deambula del cementerio a su casa, que parece ser otro cementerio, porque como llegaría a afirmar él mismo: “Se murió toda mi familia”. Abundan las descripciones de las diferentes lápidas, con sus nombres y dedicatorias inscritas en ellas, de tal manera que esos muertos parecen ser sus verdaderos familiares, en lugar de esa madre y hermanas ajenas, que más que encarnar a personas de verdad, parecen ser figuras fantasmales que recorren los días, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana sin objetivo alguno. En el cementerio parece estar su verdadero hogar. Casi se podría decir que estamos presenciando una danza macabra: “Es entonces cuando las tumbas olvidadas empiezan a actuar por sí mismas: una maleza recia y abundante, enviada coléricamente desde abajo, va esparciéndose sobre las lápidas para cubrir las promesas no cumplidas: ‘Vivirás eternamente en el corazón de tu inconsolable esposa…’ …Luego, nutrida y guiada siempre por los decepcionados, la maleza fortalece sus raíces para que éstas se expandan y desnivelen y destrocen los mausoleos… Estoy hablando de nuestros vecinos más cercanos: de Esperancita, del General, de don Enrico, del doctor Esparza, del muchacho automovilista, de doña Asunción Gorbea de Antúnez, la del monumento con el ángel que abre la puerta del cielo… Estoy hablando también de mí, con mi pequeña cruz, mi lápida sobria, mi bugambilia y mi reja de alambrón”.
Luis Alfonso termina despersonalizándose y desdoblándose a un grado patológico. Tal parece que su tarea consiste en recrear diariamente al padre muerto, a través de su cuerpo, de sus gestos, de su voz, de sus palabras. Se niega para afirmarlo, y se hace amante de la amante del padre muerto, para afirmarse. Él y el Otro viven y mueren en ese desdoblamiento cotidiano, que parece funcionar como un juego de espejos, donde se funden y se confunden ambas identidades, al grado de no poder definir y delimitar, hasta dónde es uno, Él (el propio Luis Alfonso), y hasta dónde es el Otro (su padre muerto).
En el cuento de “Petrita” y en la obra Un gran amor, Vicens nuevamente retoma el tema de la muerte y de la creación, planteados a partir del cuadro de una niña muerta, en el primero; y de la relación de personajes muertos, en el segundo, que mucho recuerdan la obra Muertos sin sepultura, de Jean Paul Sartre. Luego entonces, El libro vacío, Los años falsos y “Petrita” podrían conformar una tríada: El libro vacío representa, a través de su personaje, un deseo voraz de vida, por lo que podría instituirse en la tesis. Los años falsos se instituiría en la antítesis, dado que su personaje posee un deseo voraz de muerte y, finalmente, “Petrita” representaría la síntesis, ya que la creación (la vida), se da a partir del cuadro de la muerte de una niña.
