Magdalena Galindo

En cierta forma para mí esta presentación de El hombre de hierro de Armando Bartra es un remake, es decir una nueva película que repite otra ya filmada hace algunos años, ya que la que aparece ahora es una segunda edición y yo participé allá por 2006 en una de las presentaciones de la primera edición de El hombre de Hierro. Pero como en todo remake que se respete, éste sólo se parece al anterior en el título y en algunas de las escenas, pues, por un lado no tengo texto de aquella participación y la memoria a estas alturas no me ayuda mucho, y por otro, esta segunda edición incluye tres nuevos capítulos que sistematizan los planteamientos de Bartra sobre la crisis de nuestros días, y sobre los movimientos sociales que cuestionan el orden existente.

         Antes de comentar algunas de las ideas de Bartra, quisiera referirme a algunas características de su estilo como investigador.

Conocí a Bartra, no en lo personal, (pues eso fue hace muchos años, cuando yo era una chava de preparatoria y él iniciaba sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras), sino como autor, en un ensayo sobre la situación y los acontecimientos en el campo durante el sexenio de Luis Echeverría. Se trata de un ensayo excelente que no ha envejecido con el tiempo, de modo que hasta hoy está incluido en la bibliografía obligatoria que leen mis alumnos en el curso de Economía Mexicana. Ahí, ya estaban presentes dos rasgos que lo han acompañado en su trabajo de investigador, su preocupación y mejor diría su amor por el campo, y su atención a los movimientos sociales. Esa cercanía con los problemas rurales y su reivindicación del importante papel que han jugado los campesinos en los jalones de la historia, desde siempre, pero muy particularmente en el siglo XX y sus revoluciones, es un rasgo que lo acompaña desde sus primeros ensayos hasta los más recientemente publicados y que está, desde luego, en el libro que hoy presentamos.

         Otra característica de Bartra que hay que destacar es que, no sólo por las citas textuales, sino por la metodología y las categorías empleadas, se nota una cuidadosa lectura de Marx y sus seguidores antiguos y contemporáneos. Pero no sólo ha leído a Marx y los marxistas, sino que bien podemos decir que se trata de un hombre culto que visita con frecuencia tanto los campos de la sociología, como de la filosofía, la ciencia política, la economía y hasta la literatura o la cultura popular como los comics. No presume, sin embargo su conocimiento, porque tiene una no muy escondida aversión por los medios académicos y por las engoladas exposiciones de algunos teóricos de las ciencias sociales. En parte como una expresión de estas antipatías y en parte por lo que me suena a recuerdo de los sesentas, su estilo al escribir mezcla los términos cultos, propios de la ciencia social o la filosofía, con las palabras de todos los días, y aun del habla popular, pues en sus textos, y cada vez más, hay una anti-solemnidad permanente.

Huye obviamente de la solemnidad, cuando a la crisis que en algún momento la califica de epocal, le llama el merequetengue actual. Y como éste hay miles de ejemplos en El Hombre de hierro, como los hay en ese otro libro de Bartra publicado el año pasado que se llama Hambre Carnaval, en donde precisamente exalta el carácter subversivo de las actitudes carnavalescas y de los movimientos que describe como grotescos en su mejor sentido, esto es el de desafiar el orden existente. Naturalmente que esta actitud que esquiva a toda costa la solemnidad le otorga a los ensayos aquí reunidos, un tenue humor que recorre las páginas y que convocan la sonrisa del lector.

         El estilo anti-solemne, el suave humor en la escritura, no significan, sin embargo que falte el rigor, ni que esté ausente de planteamientos. Al contrario, la dificultad para los presentadores es que hay muchas ideas, tantas que es imposible referirse a todas ellas y tampoco intentar un resumen que las abarque. Voy a elegir, entonces, sólo tres que me parecen que son ideas eje.

         La primera es precisamente su caracterización de la crisis ambiental, aspecto por demás interesante en esta reunión dedicada a esos temas, cuya causa remite a las propias relaciones capitalistas del hombre con la naturaleza y en particular destaca la voluntad de industrializar el campo y por lo tanto de romper los equilibrios naturales.

         La segunda es su caracterización de la que llama la Gran Crisis y cuyo rasgo fundamental es que es poliforme, esto es no se reduce a los terrenos económicos, sino que se manifiesta en múltiples campos, esto es se manifiesta desde la relación con la naturaleza hasta en los aspectos de la ideología. De estas varias facetas que se van mostrando a lo largo del libro, Bartra destaca cinco aspectos en el ensayo recién incorporado que titula “Tiempos turbulentos”. Ahí, en el apartado “Dimensiones de la debacle: (La Gran Crisis para principiantes)”, señala que ésta se manifiesta como crisis energética, alimentaria, sanitaria, migratoria, política, bélica y económica. Y más adelante al argumentar que no se trata sólo de una recesión, sino precisamente de una crisis estructural, insiste:

La recesión es de carácter coyuntural y al sumarse al desgaste del patrón de acumulación que ha prevalecido en las últimas décadas se puede transformar en un golpe terminal al neoliberalismo. La Gran Crisis, en cambio, es de carácter estructural, es en parte responsable del desgaste del patrón de acumulación y constituye un emplazamiento a jubilar no sólo al modelo neoliberal sino también al sistema capitalista en cuanto tal.[1]

         Además, para Bartra la Gran Crisis no sólo se manifiesta en distintos aspectos, sino que representa una ruptura histórica. Así, dice:

En suma, el atolladero en que nos encontramos no es fugaz, circunstancial o de coyuntura. Se trata de un colosal y duradero descalabro del orden global, de una catástrofe en cámara lenta que por su magnitud exige grandes decisiones y cambios radicales pues en ella confluyen y se entrelazan los espasmos terminales de tres lapsos históricos sobrepuestos pero diferenciables.[2]

Y en seguida abunda en estos tres lapsos históricos: el agotamiento del modelo neoliberal, el agotamiento del modo de producción capitalista y el agotamiento de la sociedad urbano-industrial.

         La otra idea eje del libro, creo yo, es la visión de los movimientos sociales que se han llamado anti-sistémicos en los que le entusiasma, y no es raro, la alegría, la anti-solemnidad y la presencia de lo carnavalesco.

         Esta cita, puede dar una idea de por qué le entusiasma. Dice Bartra:

Quizá porque la historia de nuestros pueblos está tachonada de matazones, quizá porque aquí los movimientos contestatarios suelen terminar en cruentas represiones, quizá porque muchos de nuestros líderes sociales terminaron, muertos o encarcelados, en los países orilleros tenemos visión necrológica y panteonera de la rebeldía social y con frecuencia olvidamos su lado jubiloso, festivo, lúdico, carnavalesco. Por suerte los jóvenes del mundo que están saliendo a las calles a bailar y cantar su indignación nos recuerdan que, como decía Carlos Monsiváis apenas ayer: “la seriedad es un robo”, y, como escribió Alexander Ivánovich Herzen en el siglo XIX: “la risa es revolucionaria”.[3] 291-292

[1] Armando Bartra. El hombre de hierro: Límites sociales y naturales del capital en la perspectiva de la Gran Crisis. 2ª ed. México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Ítaca y Universidad Autónoma Metropolitan., 2014. P. 262.

[2] Ibídem. P. 263.

[3] Ibídem. P. 291-292.