Ricardo Muñoz Munguía

La figura delinea la palabra, el alrededor delinea al hombre, a la mujer. El poeta acude a su quehacer creativo para tallar lo que le ha sido dado, lo que lo delinea. Es como hablar de un sentido extra, con el que se puede ver o sentir y, en el caso de Sentidos de permanencia, de A.E. Quintero (1969), el sentir clava su fuerza en los objetos, en la memoria, en escenas aparentemente ajenas pero que tienen un alojo en el subconsciente, en lo impalpable, en lo que se ha ido, en lo que permanece, y lo que permanece es la obra: escultura de páginas.
A.E. Quintero, como firma en su obra, es egresado de la carrera en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y doctor en Teoría de la Literatura por la UAM. El autor de media docena de libros, ha sido finalista de importantes premios internacionales y ha obtenido el premio más codiciado en poesía hasta hace dos años en México, el Aguascalientes (2011) con su libro Cuenta regresiva.
Tanto la portada como el título en el volumen Sentidos de permanencia, son un importante atractivo para el lector, no sólo porque refleja la esencia que se guarda en todo el libro sino porque es una invitación extra a entrar en estas páginas de la obra más reciente de Quintero. Y sobre el misterio que se guarda en el nombre del autor (A.E. Quintero) —un misterio para muy pocos—, yo lo continúo, pues me hace pensar en el caso de B. Traven, que se especuló sobre su nombre y nacionalidad más allá de su obra.
Sentidos de permanencia es, pues, una invitación a mirar hondo, a reconocer la condición del día, a ver el agua, a probar la luz, a entender el teléfono…, como el escritor defeño ubica la cotidianidad, la que podemos tener en los pagos de los servicios de una casa pero que para el poeta tienen una presencia que se pasea por esa línea del que escribe. Y tal línea también ilustra los pasos del silencio, como una forma de penetrar hacia un todo, un panorama inacabado al que Quintero acude, al que evoca: “Quedarse callado/ es una manera de mirar el mundo”, y sentirlo, añadiría yo.
El volumen de Quintero tiene cinco divisiones, que a la vez esos subtítulos son la entrada al poema, más allá de atravesarlos con un nombre. En el inicio del apartado “El mundo se oye/ como una mujer sacudiendo su ropa” cabe todo, pues en ese golpetear contra la nada, algo surge más allá del ruido, y parece completarlo cuando finaliza el poema: “Porque todo es irse completando./ Irse de uno mismo/ y del atropello en el que cada noche nos dejamos solos”.
Vivir es una circunstancia en la que Quintero aferra a su cuerpo no sólo lo que menciono al inicio, sino, también, la memoria, que para él también es otra forma de sentir: “Yo no sé cómo se olvida./ Nunca he sido bueno en eso de quitar nombres de mi pecho./ Nunca he sido buen abandonador”. Y es la memoria que en modo paralelo el poeta la continúa a la vida misma: “Vivir/ ha sido una lenta y solitaria labor de cada día,/ ruidosa/ como la cocina de un restaurante/ donde la soledad tira los cubiertos/ y se reparte en porciones desiguales.// Lo mío son los sueños,/ de ahí siempre regreso mejorado,/ con esa buena disposición que tienen/ ciertos animales a la jaula./ Con esa aceptación/ con la que los arbustos se deshabitan en otoño.// Porque todo es irse deshabitando,/ dejarse atrás todos los días,/ recobrar muertos, olvidar vivos,/ y jurarse un amor que no se rompa”. Mas en otro poema señala su ser, que puede ser sombra: “De noche vuelvo a mí/ sin importar lo duro que es estar conmigo”. Y estar con él es estar con toda esa pasión que lo habita y que lo empuja a sus propias páginas.
No puedo soslayar que este poemario, y en buena medida otros libros de Quintero, dejan un exquisito sabor a narrativa. Se trata, pues, de que al final algunos poemas, o igualmente al salir de todas las páginas, el volumen nos deja en la frontera entre poesía y narrativa. Veamos, para ilustrar la idea, en un verso intermedio se dice “Pero esta vaca, la de este cuento”, es entonces que la palabra “cuento” nos hace punzar el subconsciente y dejamos este relato-poema con las escenas de una vaca que sufre porque se ve envuelta en una urbe que, por supuesto, le es incomprensible y sufrible; pero que a final de cuentas, la vaca, fue la extensa metáfora para “lucir menos vaca”, como dice el escritor, y quizás ubicarla como cualquier persona que padece los diversos ritmos de una vida y que se duele por lo que acontece, por lo que le acontece, y terminará por ser “Una vaca buena”, como cierra el poema, una persona sometida al encanto de la ciudad. Y, por otra parte, cambia el orden, ahora es poema-relato, y la vaca es una persona o una sociedad envuelta en la soledad, doliéndose por lo ido, por lo que se añora, por extrañar de algún modo, por saber que el tiempo nos deja deslavados y nos ubica en un alrededor ajeno, irrenunciable.
Por otro lado, el diálogo con los objetos nos habla de la presencia, de la relación invisible o intocable que de primer razonamiento puede ser, mas el poeta recobra esas voces que nacen o emergen de la esencia misma a la que nos convoque la imaginación, y como ejemplo pensemos cuando nos han dado una taza con el sello de unos labios, por lo regular rojos, por supuesto es de pedir que nos la cambien pero vendrán otras tazas con un racimo de esos labios que nos muerden la imaginación al grado de probar el sabor carmín que se guarda en la cerámica, así Quintero que descubre ese diálogo escondido: “pienso/ en todos los objetos que vale la pena mirar/ de noche;/ en las muchas manos que has dejado en esa taza”. Así también aborda el dolor, el desencanto: “Y podría hacer una lista,/ llenar una libreta, un cuaderno de notas, una receta médica/ de todas las cosas que lastiman”. Los objetos o la irracionalidad de los animales, tienen un ulular que el poeta atrapa, descubre para verterlo en los oídos que niegan para sí estas voces o le son negadas pero que son parte de lo que está a la mano, en nuestra mano, como páginas más adelante expone Quintero: “Todas las cosas están molestas conmigo,/ encabronadas como vive un cactus/ o una coralillo;/ como esa escoba que es más un reclamo/ que una escoba”. Así pues, los rumores de los objetos, los silencios de una mascota, los cantos de una casa, los gestos de cualquiera…, hoy dirán algo, desde ya nos dicen algo. Y para cerrar esta imagen acudo a otros versos del libro que hoy nos ocupa: “Qué pobres se ven las rosas/ que esa mujer lleva”. Son, pues, dice el poeta: “De esas cosas hablo yo”. O “me gustaría escribir/ también de los ojos verdes que tienen los limones”, pues, “Siempre he estado más cerca/ de los objetos/ que de los humanos (…) Y no digo que no quisiera/ dejar mi lugar entre los muebles, entre los gatos,/ entre los objetos que se salvan/ por ese su silencio de mucho polvo.// Sólo que aún no me acostumbro a ser humano”.
Hablar de Quintero es hablar de la pasión que lo embarga en su labor creativa, como fuera una pasión en Hemingway, la del alcohol, que llegó a inventar una bebida, el daiquirí “Adiós a las armas”, así Quintero, que le ha llegado a dar voz, donde aparentemente no la hay. O, también, así como descubre tales voces, así expone la presencia: “Qué chido que los caracoles lleven/ consigo/ su propio domicilio, su dirección (…)/ qué chido que dos caracoles se encuentren/ y puedan ser varones/ y puedan no serlo”. La manera de tratar la poesía, alejada de toda solemnidad, es un valioso atractivo por igual.
Finalmente, se trata de un muy atractivo libro que necesita una lectura a paso lento, para disfrutar no sólo la lectura, sino también para encontrar el fondo de lo que dictan los versos que Quintero comparte en su Sentidos de permanencia, tatuajes de presencias.

A.E. Quintero, Sentidos de permanencia. Editorial de otro tipo (poesía), México, 2014; 59 pp.