Marcela Rodríguez Loreto
Entre las Escenas de la vida de Londres, que un tal Boz escribe a manera de crónica, se encuentra que los coches de punto y el cabriolé, eran “vehículos sucios, lentos, pesados y desvencijados”. Algunos usuarios se quejaban del esfuerzo para subir y bajar de un cabriolé. Boz advierte con sarcasmo: “Son objeciones que nacen de mentes perversas y mal acostumbradas. Montarse en un cabriolé es un proceso gentil y gracioso, que cuando se realiza bien, es esencialmente melodramático”.
Aconseja lanzarse como una flecha: “un salto y estamos en el primer escalón, giramos ligeramente hacia la derecha y estamos en el segundo”, para bajar “hemos estudiado mucho el asunto y pensamos que el mejor modo es lanzarse fuera y confiar en la fortuna para caer de pie”.
Boz parece referirse a un tiempo actual: “En estos días de trastornos del sistema nervioso y lasitud universal, la gente está dispuesta a pagar generosamente por las emociones, ¿dónde se pueden obtener a mejor precio?… Uno está por completo en poder del conductor”.
La inmunidad de los choferes es histórica. —¿Puede decirme qué pasa aquí?, inquiere Boz que llega al lugar de un accidente. —Nomás que un cabriolé, señor, responde un mirón. —¿Sabe si hay heridos? —Nomás el pasajero, señor. Esto mientras el conductor con licencia del cabriolé se marchaba a todo galope. Esto ocurría en la Inglaterra de Guillermo IV, pero diga pesero (recordemos que en los sesenta, a los colectivos de la capital mexicana, se les da el nombre de “peseros” porque cobrabran un peso de entonces por el traslado dentro de su “ruta fija”) en lugar de cabriolé, y la situación es familiar al Distrito Federal contemporáneo.
La influencia que un chofer ejercía sobre los risibles músculos de la justicia era asombrosa. Desafiaba el sentir de la sociedad que le declaró la guerra y ante la que se defendía a su manera. La multa a un chofer solía ser reducida, y éste incurría en el abuso del pasajero.
La tradición se heredó del coche de punto al ómnibus. La ruta de Royal William iba de Lisson-gove a Banco, pasando por Oxford-street y Holborn. Su conductor tenía una reputación acreditada: había llegado a un acuerdo con los padres de tres niños arrollados, y acababa de librarse de una multa por atropellar a una anciana.
Con este chofer trabajó el primer revisor de ómnibus: Baker, cuyo legado conservan nuestros microbuses: “A Baker se le atribuye la introducción de una práctica que se generalizó tanto: la de que el conductor de un segundo bus se mantuviera constantemente detrás del primero”, sin más finalidad que tratar de ganar al pasaje.
Si el pasajero se quejaba, Baker le impedía bajar en la parada; lo retenía en el escalón con el ómnibus a toda velocidad hasta que lo pasaban algunas cuadras. Y la parafernalia de los peseros ya estaba dos siglos antes en Londres:
El revisor y cobrador; la muchacha que se sienta al lado del chofer para ir platicando; la cubeta boca abajo donde ella o el revisor se sientan; la jerga percudida en el piso. La persona mayor nerviosa en el proceso de subirse y bajarse a empujones; el pasajero deseoso de que el peso de la ley caiga sobre los ómnibus; el revisor que se muestra agradable con las criadas, a las que dejaba junto a la puerta para ir platicando durante el trayecto. En los micros el conductor enfunda al respaldo una sudadera o camiseta viejas, los coches de punto cubrían el pescante también con ropas.
El tal Boz no era otro que Charles Dickens (1812-1870). En su tiempo y aún el siglo XX era común firmar las crónicas y columnas bajo seudónimo. Grandes plumas en la literatura iniciaron siendo periodistas.
Jonh Dickens, el padre de Charles, marcó la vida y obra de su hijo. Mr. Dickens ingresó a la cárcel por una deuda que no pudo saldar. Charles tenía nueve años y se vio obligado a dejar la escuela y trabajar en una fábrica de grasa para zapatos. Diez años después, restablecido el orden en la familia, Jonh era un periodista parlamentario que consiguió trabajo para su hijo cubriendo el Parlamento.
Los primeros reportes de Charles fueron como freelance para The True Sun, y The Mirror of Parliament; en 1833 se vuelve reportero fijo de la fuente para The Morning Chronicle, y al año siguiente comienza a publicar crónicas urbanas como Boz; tan del gusto del público que fueron reunidas en el libro Sketches by Boz.
Dickens apodaba Moses a su hermano menor, que en vez de Moses decía Boz. Cuando Dickens necesitó un seudónimo para sus estampas de la vida corriente londinense eligió Boz. En sus sketches de corte realista, cercanos a la crónica urbana, Boz sembró aspectos que cuando dejó el periodismo retomó en su novelística.
Las Escenas de la vida de Londres, por Boz, esboza pasajes que luego retomará desde Oliver Twist hasta Grandes esperanzas. La primera traducción al castellano de las Escenas data de tiempos recientes, publicada en 2009 por la española Abada Editores.
Boz lamentaba irónico que la suciedad y el fustán del cabriolé desaparecieran frente a la limpieza y la librea del ómnibus. Por nuestra parte, no sabremos lo que perderemos, ¡hasta que deje de existir el pesero!
