Guillermo Samperio

En la mañana del lunes estoy escuchando a Bob Dylan mientras un camarógrafo me enfoca y me entra una tristeza potente que yo no esperaba y supongo que la combinación de las viejas canciones de Dylan con la cámara enfrente me suben en un viaje de evocación hacia los días en que mi padre me llevaba a los rodajes de las películas en las que él salía donde conocí a Pedro Infante y a Flor Silvestre quienes me trataron con cariño con el beso de Flor y una flor que me dio y todavía guardo y que Pedro me regalaba su pistola de verdad pero William mi padre sólo permitió la flor y era la época de oro de la radio la W donde William era locutor además de requinto en un trío y me presentó a Los Panchos y a La Tariácuri siendo yo un niño de unos ocho años y tales sensaciones se unieron también en la primera vez que estuve ante una cámara de TV e iba muerto de miedo y yo entonces era un muchacho de unos veintiún años lleno de pavor y desconfianza sin creer que yo fuera escritor sino un simple amanuense o un hombre que el 2 de octubre del ‘68 se había salvado de morir pero no de la cárcel ni la tortura además de otras ocasiones que por x o y circunstancias sociales y el Señor de Casiopea me tenía reservado más sufrimiento con la inyección letal de una tarántula de pelaje sanguíneo muy pegado a su cabeza y que iba a irme envenenando poco a poco al pasar de los años y si cuento las veces en que no me he muerto ya no tengo dedos ni los de los pies para contarlas pero en ese tiempo de los Dylan y las Janis creía que era un hombre bueno un joven feliz y que morir con un propósito a favor de los humanos jodidos no era tan despreciable pero quién iba a decir que la inoculación de la tarántula me alcanzaría hasta esta mañana de septiembre del 2011 cuando yo pensaba que pasaría de los ochenta años y aquí me tiene la arácnida sufriendo un día más mientras una melancolía insondable es una telaraña espesa que se adhiere a mis pulmones y hace que se me dificulte más respirar y que las lágrimas se queden allí en el centro del pecho sin salir apenas cristalizando mis ojos y luego yo tener que dar buena cara a los presentes sabiendo que la tarántula está aquí subiendo por la gran arteria del corazón y que se me dificulta en extremo respirar como si la vena cava me oprimiera el tórax tal un golpanazo se Casius Clay y en mi costillar a cada momento se intensifica la pesadez hasta que llega el instante en que me es imposible respirar ni articular palabra a pesar de todos mis esfuerzos internos y menos poner buena cara con el intolerable tormento en el pecho hacia la izquierda como un mazazo ante la sonrisa vehemente del camarógrafo quien desea llevarse la nota a como dé lugar lo mismo que sus asistentes entre ellos una chica hermosísima que no me quitó la mirada de la mía en ningún instante y ahora está viviendo el peor drama de mi vida o de la suya o de mi muerte o la suya y yo que pensaba que ya tendría la asistente más hermosa pero la muerte es así y viene en el instante menos gracioso y ahora el camarógrafo al menos se llevará un buen video la nota con n mayúscula ideal para…

Cuento incluido en el libro de Guillermo Samperio Al fondo se escucha el rumor del océano, Ediciones de Educación y Cultura / Trama Editorial, México/España, 2013.