Oportunismo y falta de claridad
Alfredo Ríos Camarena
El término “izquierda” es ambiguo, poco claro y se aplica a muy diversas formas ideológicas y de acción política; originalmente se dio en la Asamblea Francesa en la época de la revolución por la posición que ocupaban geométricamente un numeroso grupo de diputados y siempre se ha considerado que es una corriente de pensamiento vinculada a los intereses de las masas populares.
Básicamente son tres las formas representativas de este pensamiento político: I) el marxismo leninismo denominado “socialismo científico” cuyo objetivo ha sido establecer la dictadura del proletariado; II) el pensamiento social demócrata que tuvo un enorme éxito, particularmente en Europa y que está vinculado, en cierta forma, a la teoría económica de John Maynar Keynes, y III) la izquierda guerrillera, que tuvo su mayor auge en América Latina, donde Cuba fue su mejor ejemplo.
La Revolución Mexicana construyó una izquierda sui generis muy cercana a la social democracia y que todavía está reflejada en los preceptos constitucionales aún vigentes, generándose no sólo un Estado de derecho, sino un Estado social de derecho.
Sin embargo, el desarrollo de las fuerzas económicas y políticas —particularmente después de la caída del Muro de Berlín y la entronización de la globalización neoliberal— han diluido el concepto; pese a ello, Corea del Norte sigue siendo el último ejemplo de la economía de la planeación estatista, y los países nórdicos como Suecia, Dinamarca, Noruega y Finlandia son un ejemplo de la social democracia.
En México, el pensamiento teórico de Vicente Lombardo Toledano y de Arnoldo Martínez Verdugo formó una corriente marxista de enorme riqueza intelectual; actualmente el concepto se ha perdido y se consideran de izquierda el Partido de la Revolución Democrática, el Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano y Movimiento de Regeneración Nacional; inexplicablemente el PRI se ha quitado la etiqueta, a pesar de que su Declaración de Principios coincide a plenitud con los preceptos constitucionales del Estado social de derecho.
Las fracciones guerrilleras que representaron en su momento Lucio Cabañas, el sindicalismo de Vallejo y Othón Salazar prácticamente han desaparecido; el movimiento sindical ha perdido el sentido conceptual que lo originó.
Dentro de la corriente de la Revolución Mexicana han coexistido ideologías distintas, por una parte, los Flores Magón, Emiliano Zapata y Francisco Villa, en cierta forma Álvaro Obregón; y por el otro lado, Madero y Venustiano Carranza más cercanos al liberalismo modernizador del Porfiriato.
En el actual mapa político no existe una clara identidad ideológica de la izquierda, pues el PRD ha sido criticado como un partido colaboracionista del sistema, aun cuando parte de sus dirigentes afirma que se trata de un partido moderno, que entiende con claridad las necesidades de la negociación en la agenda legislativa para alcanzar sus propósitos y, finalmente, crear una fuerza política que gane las elecciones presidenciales.
No todos están de acuerdo en el interior de ese instituto político, pues Marcelo Ebrard, Manuel Camacho y otros más consideran que su acción no corresponde a sus principios primordiales; todo este panorama nos hace sentir —tanto en el aspecto internacional como dentro de nuestra nación— que hay una serie de divisiones que impide la unidad de las fuerzas de izquierda, y con ello también se impide su existencia político electoral.
El presidente Peña Nieto ha inclinado la balanza a un país con nuevos paradigmas, pero conservando principios que ubicarían su gobierno y su partido en la ideología de centro izquierda; sin embargo, muchos de sus militantes y las fuerzas económicas que lo acompañan, prefieren ver este gobierno como un aliado incondicional de Estados Unidos y ubican esta administración en la ideología de centro derecha.
La confusión ideológica es enorme y el denominador común de los actores políticos transita por un pragmatismo populista, que deja serias dudas de hacia dónde se conduce el destino de la nación.
Hace falta redimensionar el destino del país para dejar claridad en cuáles son los objetivos fundamentales, que no sólo se define en la lucha contra la pobreza, la libertad, en el reformismo estatal, sino que lo que espera la nación es que se establezca una línea clara en lo interno y en lo externo.
¿A dónde va la izquierda? No lo sabemos, porque ésta se ha diluido en el oportunismo y en la falta de claridad; es urgente que quienes militen en esta corriente tomen definiciones que permitan entender cuáles son los objetivos concretos para alcanzar una mejor distribución de la riqueza y cuál será la posición del Estado frente al mercado; dejar libres las fuerzas económicas sin un Estado fuerte nos condena irremisiblemente a una mayor desigualdad y un mayor abismo social.
En el futuro electoral inmediato todos los partidos están obligados a mayores definiciones de fondo, a establecer claros conceptos doctrinarios, para que el electorado pueda escoger —en libertad y democracia— el futuro de la nación.
