Ricardo Muñoz Munguía

La luz abre los sentidos, el poeta imprime los retratos de la luz. Es esa la mirada que deletrea la palabra y sus sentidos a lo largo del camino forjado por la mano de luz. Adentrarse en las páginas de los poemarios de Gilberto Castellanos, es lograr concentrarse en la inmensidad de la luz, de la mirada, del canto del silencio, de la palabra, del panorámico cuerpo de la naturaleza. El escritor poblano es el poeta de los sentidos y de la tierra, consigue darle voz al alrededor, palpa las sombras para, desde ahí, hacer un registro poético de la nostalgia que lo ha seducido. Así, en un ejercicio de podar la luz, los cantos de la noche y su coro de sombras, alumbran la naturaleza humana y nos involucra para que nuestra mirada tenga nuevos alcances.
Siete piezas forman el volumen, Como podar la luz, de Gilberto Castellanos. El primero de esos poemarios, El mirar del artificio, la luz cobra su voz que a la vez se vuelve palabra; así, luz y palabra, despliegan sus inmensas alas para sus inmensos cielos; en Semillas de barro, los frutos de la tierra se tornan vientos y silencio por donde pasa la sombra, el dolor, el desencanto; Yacimientos del verano hace que vuelva el silencio, ahora de muerte, de olvido; para Rama del ser es enfocar la vida y sus transformaciones temporales, así aparece la sed o la desventura que son alumbradas con la metáfora de algunas estaciones del año; de Arcángide predomina el amor y sus espinas, sumidos en una voz que aniquila por su certero golpe frío ante el tema; para Caudal, el jardín y sus flores abren el alma y su sed, el agua corriente va del desvelo al mar de las palabras y es quizá –esto deberíamos preguntárselo a Mario Calderón— donde el nombre de Gilberto se ubica en mejor claridad; y por último, Letranía hace de la palabra el fondo del encanto por la palabra misma.
Quienes contamos con la amistad de Gilberto, conocemos el injusto sitio que los avatares físicos lo ubican, sin embargo, el poeta es más fuerte ante lo que lo aqueja y lo podemos ver en estos primeros libros. Castellanos mínimamente señala esa parte y por otro lado, el yo no aparece y en las escasísimas ocasiones que está es como mencionar a alguien más “el destino aprende conmigo a ser otro”.
Conforme pasa el tiempo podemos resumir que a un poeta, un verdadero poeta, no necesariamente lo encontramos entre los escritores que están en el centro del país, pues existen voces valiosas, tanto en poesía como en narrativa, que poco o incluso nada tenemos acceso a ellos porque existe el tremendo error de que quien no publica en la Ciudad de México está condenado a ser local. Gilberto Castellanos ha traspasado con la fuerza de su quehacer creativo esas barreras pero, también debemos decirlo, no ha tenido la presencia que con todas luces merece su figura.