Varias son las voces que han atendido el quehacer creativo de Gutierre Tibón, por tratarse de una obra que, sobre todo, ha ido hondo en el significado de la cultura mexicana. En esta ocasión ponemos algunas de esas voces que dan una breve muestra del valor al quehacer creativo y de investigación que distinguió a Gutierre Tibón:
Admiro el libro Onomástica hispanoamericana de Gutierre Tibón, incansable y delicioso buceador. Lo creo llamado a ser profusamente leído, y su consulta será provechosa como es amena y fácil. Tibón acierta con un tema de gran curiosidad y atractivo. No sólo interesa a los eruditos, sino a todo el mundo, hasta posee algo de ese encanto popular que también poseen las obras en que se descifran los horóscopos y los sueños.
Alfonso Reyes
Entre los estudiosos que más saben de México acerca del origen y el significado del origen y el significado de los nombres propios, ya sean los de las personas ya de los lugares, alcanza la preeminencia, sin duda, el sabio antropólogo Gutierre Tibón. Sobre Historia del nombre y de la fundación de México el maestro Tibón ha publicado un documentado libro, único en México.
Rafael Solana
Ya el solo ojear el libro Kijmon me ha abierto el apetito para adentrarme en esa mina de datos lingüísticos que con tanto donaire nos ofrece Gutierre Tibón.
Miguel León-Portilla
Lo primero que atrae la atención en esta nueva obra del distinguido escritor, es el conjunto de recursos
—invisibles— con que logra sostener la amenidad al tratar un tema de naturaleza difícil. Tanto es el éxito de tales recursos, que al final dudaríamos en clasificar la obra como historia o leyenda, como cuento maravilloso, como tratado de lingüística o semántica.
Todo esto es. El novelista esencial que alienta en Gutierre Tibón ha dispuesto la sabiduría en cuestiones arduas al alcance del más elemental interés, al lector menos interesado en temas históricos o filológicos, hasta poner en el asunto una vibración pasional y dejar en el curioso desaprensivo un rico caudal de conocimientos y de inquietudes. América es un libro bello, sugestivo y profundo.
Agustín Yáñez
En poco más de diez años Gutierre Tibón ha escrito más de diez libros. Su especialidad es la filología onomástica. Origen, vida y milagros de su apellido es una muestra de saber y de alegría de vivir. Porque Gutierre siempre ha estado en contra de la rigidez escueta de los eruditos y las páginas de casi todos sus libros están apretados de cordial humanidad. El sucedido y la anécdota decoran las rigurosas y exactas interpretaciones científicas.
Elena Poniatowska
Loa a Gutierre Tibón
Admiro y envidio a este taumaturgo prodigioso que ha vivido muchas vidas en su vida. Tiene al mundo en el alma y en los labios. Es un polígloto con el espíritu multiplicado por los tantos idiomas que le han transmitido los espíritus de otros pueblos y debido a eso parece por dentro un caleidoscopio de ideas que le dan personería de sabio y poeta. Es un Aladino nacido con muchos siglos de retraso, que con la lámpara maravillosa de su cultura, muy antigua y muy moderna da a su ingenio el don de abrir las puertas de oídos y corazones y deleitar a éstos con sus rápidas palabras cuaja-i das de pensamientos florentísimos.
Desciende de Abén Tibón, al que “arrancaron de Granada cinco veces medio siglo antes de Boabdil di Chico”, “el docto y honrado príncipe”, como en El Cairo le llamó Maimónides, mismo que le elogiaba “la elegancia del estilo, la sapiencia y el juicio”.
Pero este ancestro Tibón ya no volvió al mundo hispánico, más que representado por su muy ilustre progenie que le sucedió hogaño para honrarlo por doquiera con sus virtudes múltiples, su gran dignidad y señorío.
De ese tronco de luengas ramas florecieron al cabo (de siglos los brotes que le dan prez en estas tierras del oro y argentería, de jades y ópalos, de ídolos que fueron) dioses de milagrerías, de ciclos de algodones purísimos y azulinos que hubiesen apasionado a Fray Angélico; de Roldanes ciclópeos, hijos de la tierra y del cielo que señalaron con sus picos la prominencia preferida de Dios; de monumentos fantásticos que parecen fabricados por gigantes y no por hombres. Estos Tibones de ahora, todos doctos como Gutierre, don Juan Manuel y Carletto, quizá o sin quizá por todo eso viven y vivirán en México para siempre januis. ¿Por qué? ¿Por qué han plantado sus lares esos sempiternos trotamundos que parecían gozar con su nomadismo incansable, que tenían por horizonte el universo-mundo? A este respecto, Gutierre dice: “¿Cuándo ha de volver a España, sacra tierra de mis padres, mi progenie? Pasadas muchas centurias renací en la bella Italia, en la ciudad de Milán. Supe de mi óptimo padre como él lo supo del suyo, y así todos mis abuelos, que salimos de Granada ¡ay de los almohades! y de los que fuimos médicos, filósofos, traductores. Mi sino es volver a España. Pero, ¿cuál de las Españas? ¿La vieja? No. ¿Y la nueva? Ahora su nombre es México. Y yo me llamo Gutierre, como el piadoso arzobispo que consagró la Giralda después de la reconquista. Me llamo Gutierre, como otro sevillano, el poeta de Cetina, el del madrigal ‘Ojos claros, serenos…’ y al igual que él, dejaré mis huesos en este México. Sí, aquí en la Nueva España está una Nueva Galicia, una Nueva Extremadura, un Nuevo Reino de León… Nuevas aquí son las tierras y novísimo el espíritu que mucho se ha enriquecido ensanchado, ampliado, ahondado merced al íntegro enlace con el nativo de América. Así, al cabo de ocho siglos escucho otra vez el habla de mi dulce Andalucía. Sé que he vuelto a las raíces. De Granada fui a Provenza, al Condado Venasino, de aquí al corazón de Europa, a la opima Lombardía, y ahora mi buena estrella —estaba escrito en el cielo— me conduce al Nuevo Mundo donde México es destino para mi prosapia vieja”.
Loado sea Gutierre, este de los actuales Tibones, por haber decidido iluminar nuestros espíritus con el suyo, que es de brillantez excecional. Y que deje sus “huesos en este México”, porque ese abono alimentará y conservará la flor exquisita de una mente flameante que atrae, enseña, seduce. Sus pláticas amenas tienen unas veces sabor renacentista, otras nos interesan por su viejo clasicismo doctoral y su genuino sentido romántico; y todas por sus certeros juicios, nacidos de la sabiduría de alguien que mucho ha viajado por el mundo, que muy bien conoce el libro que es el mejor de los libros, la naturaleza; de alguien que ha visto, oído, analizado todo lo que está a su alcance: cosas, ciencias, artes, costumbres, y lo más atractivo de estudiar en sus trasfondos, los seres humanos, que siempre son distintos entre sí y en cada uno de los cuales Gutierre suele encontrar el encanto de un pensamiento o de las facetas, pulidas o no, del diamante que es la riqueza espiritual.
Gutierre Tibón paréceme un alquimista moderno, como los que antaño buscaban la trasmutación de los metales en oro y la panacea universal; un ser que anhelara para sí mismo aquellos secretos de la tierra, de las ciencias, de las artes, del hombre mismo; todo lo que de estas cosas pudiera aprovechar para sus propias venturas ¡límites, curiosas, pero siempre perseguidoras de todo lo nuevo y bello que atesora cuanto le rodea. Porque el dilecto amigo Gutierre no ansía saber más y más para crear doctrinas flamantes y darlas a conocer a la humanidad, sino ensimismarse en goces personalísimos que llevan a su sentido de artista un hallazgo que lo haga palpitar de emoción estética o que siembre en su barbecho interior una semilla a su debido tiempo que germinará para deleitarse en sí misma: sin alardes, sino de la manera que mejor se calibran las cosas bellas o nuevas del saber; a las callandas, cariciosamente.
Isidro Fabela
