David Alejandro Boyás Gómez

 

“Lo que no es vivencia es academia”

Ortega y Gasset

 

Testimonios sobre Mariana es una novela de evidente tinte autobiográfico. Fue publicada en 1981 luego de obtener el premio Juan Grijalbo de novela. Narra la vida de Mariana durante un transcurso de tiempo en el que vivió en Paris atormentada y perseguida por un sistema opresor fatal abanderado por la figura de su esposo. Es necesario aquí establecer un paralelismo entre la vida de la autora, Elena, y su protagonista, Mariana.

Elena Garro nació en 1916 o en 1920[2] en Puebla, hija de un español y una mexicana. En la novela se dice que los padres de Mariana eran unos exiliados europeos que probablemente tenían nexos con el poder comunista.

Elena vivió con su familia de raigambre católica, en Iguala, Guerrero, hasta que decidió trasladarse a la ciudad para estudiar teatro, coreografía y literatura.

Mariana es católica, se formó como bailarina y luego se unió a la gente de teatro en París, quienes la ayudaron a escapar según el segundo testimonio.

Elena se casó con Octavio Paz en 1937 y se divorciaron en 1959. Tuvieron una hija a la que le pusieron Helena Paz, que tras la separación siempre acompañó a su madre en sus andanzas por Europa y otros países.

Mariana está casada con Augusto ‒nótese el juego de palabras, a Octavio se le llamó en la antigua Roma el César Augusto, por cómodo‒ que es un antropólogo que enarbola ideas de amor y libertad y que es reconocido internacionalmente. El matrimonio tiene una hija llamada ‒cacofónicamente como en el caso de Elena con su hija Helena‒ Natalia, que fonéticamente coincide con Mariana. Ambas se acompañan por su exilio en Europa y América.

Elena Garro tuvo que huir de México luego de que en 1968, a raíz de la matanza de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, la escritora criticara abiertamente al círculo intelectual mexicano por instigar a los muchachos a la lucha y luego abandonarlos. Se diría que no la llevaba bien con el grupo de intelectuales donde la figura más sobresaliente era su ex marido.

A Mariana le pasa que la mayoría de las personas con las que se cruza, siguen la tendencia de pensamiento que les marca Augusto y sus amigos intelectuales, como le sucede a su amiga Gabrielle, quien asevera en algún momento que “nadie quiere estar del lado de los fracasados”.

Estos elementos, junto con algunos de carácter y personalidad, son pruebas de que el autor hace una mayor metaforización cuando se trata de géneros como las memorias, donde con una mirada retrospectiva se rescatan elementos significativos en la vida del personaje, que ya de por sí es una autoficción.

En esta vida llena de sinsabores y paranoia, la autora nos dejará ver aspectos interesantes.

Hay metatexto porque hay confesión y narración desde los tres autores que son implícitos, que aunque son constructos literarios son desdoblamientos del empírico, de la propia Garro, por lo que es un juego de alto nivel de metaforización.

Y hay metatextos intrincados en los diferentes discursos porque la novela se divide en tres, y las tres partes se complementan anecdóticamente para conformar una misma historia que es relatada desde tres puntos de vista totalmente distintos de carácter y personalidad.

Los tres hablarán sobre los años en que Augusto y Mariana eran la pareja sensación en el cambiante y deslumbrante París de la posguerra, y su posterior declive.

La primera parte es el discurso del amor desde el punto de vista masculino, un amor pasional con ganas de trascendencia. El personaje de carne y hueso detrás del literario no es otro que Adolfo Bioy Casares, escritor argentino cuyo centenario celebramos el 15 de septiembre de este año. En la novela se llama Vicente y es un playboy sudamericano casado que se enamora de Mariana desde que comienza a configurarse su mito en el pensamiento, aún antes de conocerla. En medio de todas esas fiestas de intelectuales donde Mariana es vista como una rara y reprochable figura, porque no cree que los intelectuales sean los nuevos príncipes, Vicente entabla una relación desesperada de amor con ella, que a pesar de todo nunca triunfó. Vicente fue el único hombre al que Mariana amó[3]. Y a pesar de todo, parece que ninguno de los dos tuvo el valor suficiente de revelarse contra el destino, si bien, siempre lucharon por retarlo en la medida de lo posible. Incluso de su relación hubo el producto de un niño que Mariana abortó. A decir de Helena Paz en sus memorias, el embarazo es también parte de la realidad; Paz lo sabía e incluso amenazaba con quedarse con el niño y separarlo de Elena.

Tremendamente enamorado, contrariado, Vicente se da cuenta de que Mariana siempre será una figura desdibujada para él, siempre acompañándose de los peores artilugios que la rodean pintándola como oscura, como vacía. Intenta huir con ella y con Natalia, hija de Mariana, a pesar de que esté casado, a pesar de la importante figura de Augusto negándose a liberarla.

Pero el pobre de Vicente fracasa en su intento de ser él quien salve a Mariana. Mariana no se salva, ni por Augusto ni por ella misma; con el tiempo, sólo se pierde entre un mundo de imágenes sueltas. Hasta el recuerdo se retiró. Y es que Mariana siempre fue muy dócil, pero siempre terminaba haciendo lo que quería. Y lo que quiso fue desaparecer.

El discurso de esta primera parte, en primera persona, con monólogo interior y muestras de intimidad profundas, por parte de un hombre y la calidad y maestría con que fue escrito nos dejan ver que en la construcción del interior de un personaje, los lugares comunes definidos para uno y otro sexo a través de la historia no funcionan realmente. Es uno de los momentos en nuestra literatura contemporánea donde se expresan mejor los sentimientos de un amor grande, podríamos decir literario y es a través de la boca de un hombre en la pluma de una mujer. Gran contrariedad.

Contrariedad es también la segunda parte, contrastante con la primera, pues tiene el discurso en voz femenina, en la de Gabrielle, basado en la real Gabrielle Cabrini, que representa la relación de amistad en la vida de Mariana, aunque al escuchar la historia de la francesa con Mariana, nos daremos cuenta de que la amistad también tiene sus matices.

Para Gabrielle, Mariana es una figura gris y triste que yerra al no saber aceptar vivir bajo las condiciones que su situación social le impone. Cree que aunque no es mal intencionada, su falta de lógica la llevará a la perdición. Y mientras ve a Mariana y a su hija dirigirse a esa perdición, confirma su teoría de que Mariana prefirió quedarse del lado de los fracasados. Gabrielle se vuelve amiga de Mariana porque más bien ésta decidió hacerse amiga suya. Incluso la recomendó para que trabajara con su marido Augusto. A raíz de este trabajo, Gabrielle sufre un desclasamiento y siente en carne propia lo que es tener que estar alineada al grupo de poder para poder comer. Con base en este pensamiento, poco a poco le va sirviendo de espía a su jefe con su esposa, al tiempo que se entera de todas las fechorías y perversidades que el disímbolo Augusto echa a andar en contra de Mariana.

Bajita la mano ‒no vaya a ser que pierda el empleo‒ decide ayudar a Mariana cuando se da cuenta de que un grupo de teatreros rusos ya la estaba ayudando. Incluso se quedan, ella y sus amigos Boris e Irina, con un baúl, cuya referencia en el mundo real también existe, pues Elena Garro hablaba de un baúl donde se perdían los manuscritos con todas las aventuras que le tocaba vivir en diversos países. Incluso le escribió a Emmanuel Carballo, según consta en el prólogo de sus obras reunidas por el FCE, que de ese misterioso baúl sacó los manuscritos de la novela para corregirlos.

Así, para Gabrielle, quien ha vivido toda su vida sumida en la depresión de ver su causa morir y unirse a las demás causas fracasadas (el comunismo), quien fue testigo de toda la persecución y limitación a la que fue sometida Mariana por parte de los “endemoniados” de Dostoievski, quien intentó en su momento ayudarla a escapar y perdió, junto con los demás, su rastro, Mariana se convirtió en una presencia secreta, sutil, que de repente saluda a sus viejos camaradas desde detrás del escenario de la ópera de Viena o que ronda nostálgicamente por los espectáculos donde se presenta el ballet en toda Europa, siempre de la mano de su hija Natalia[4]. Igual que las Elenas en la vida real.

Sorprende el contraste. El personaje de Gabrielle es mucho más decadente y menos simpático que el del enamorado Vicente. A pesar de ser mujer, los rasgos de sentimentalismo en su discurso no tocan tanto lo referente a las emociones humanas profundas como el amor o la amistad y se enfocan más en las peroratas de dinámica social y política.

Sin embargo. el final más extraño y misterioso pertenece al segundo testimonio, un final donde parece que la magia se funde con la realidad; por el contrario el final de Vicente es desesperanzador y triste.

El tercer discurso está representado por el amor joven, inexplicable, pasional que solo piensa en el presente y vuelve a ser en voz masculina, la de André, que en la vida real fue André Barret, admirador de Elena Garro.

André es un burgués rico de París que desde que conoce a Mariana, queda prendado de ella. Su encanto para él consiste en que sea diferente a los demás. Sus encuentros con ella, aunque pocos, se dan siempre en momentos donde Mariana está débil y los necesita. Él le ayuda en la medida de lo posible, pues está enamorado de ella.

Pero una vez más Garro hace un trastrocamiento de realidades. André siempre la vio como una figura escurridiza, flotante, dispersa en la realidad, inalcanzable para sus deseos.

Una noche, cuando él ya no tenía esperanzas en Mariana, cuando ya había mezclado su mundo de mentiras y verdades tanto que ya no tenían nada que creer sobre ella, cuando ella ya había huido del lado de Augusto, se apareció en su cuarto. Le preguntó si la amaba, a lo que André contesto seguro de sí mismo que sí. Mariana le respondió que eso era todo lo que necesitaba, pues “el amor salva de cualquier pecado”.

Sí. En otro elemento de realismo mágico entremetido en la obra, todas las noches Mariana y su hija sufrían la repetición de una escena cruel. Augusto y sus secuaces habían logrado irrumpir en su piso del cuarto nivel en Liverpool, y ellas, se arrojaron por la ventana antes de permitir que su muerte dependiera de las manos de sus enemigos. Cada noche se repetía la escena suicida hasta aquella noche en que paró esa repetición, gracias al poder redentor del amor. Este fue el final para André que sabe que es mentira lo del suicidio y sabe que Mariana sigue viva con Natalia paseando por las playas francesas. Y sabe que es su amor, el que le permite seguir viviendo a Mariana.

En la suma de los tres discursos, no se percibe otra cosa que no sea la ruptura del discurso predominantemente masculino o predominantemente femenino como conceptos en la obra de Elena Garro.

Los personajes tienen una dimensión profunda que no depende de su sexualidad o de su género, sino de sus sentimientos. En Testimonios sobre Mariana el de mayor sentimentalismo en el discurso es Vicente, el de pasión más pura es André y la de mayor oscuridad es Gabrielle. Cabe mencionar que se aparece un personaje como sombra complaciente, un millonario llamado Barnaby. No es otro que Archibaldo Burns, dandy que mantuvo una relación con la Garro y a quien también le tocó, como dice Elena Poniatowska, el horror pero también el honor de ser ficcionalizado por la extraordinaria escritora mexicana autora de Los recuerdos del porvenir.

Para Elena Garro el amor es la fuerza que subyace en toda lucha, aunque ésta fracase y es el arma que usar para salir avante, el arma que a Mariana no le funcionó, ¿O sí…? Son los “fracasos” de personajes como Mariana los que nos huelen más a triunfo.

[1] Fragmento de David Alejandro Boyás Gómez. “Elena Garro y Ana Clavel: Romper el paradigma de la literatura femenina”, Revueltas, Eugenia (coord.) Poliedro, encuentro de lo diverso. México, Trajín, 2012. p. 59.

[2] Esta fecha no es confiable y no se han encontrado fuentes directas. Es parte del halo de misterio que envuelve la figura de Elena Garro, elemento coincidente con el personaje de Mariana.

[3] Al respecto me gustaría ejemplificar con las propias palabras de Elena Garro lo que Adolfo Bioy Casares representaba en su vida: “Es el único hombre en el mundo del que me he enamorado y creo que eso no me lo perdonó nunca Octavio”. En Carlos Landeros. “En las garras de las dos Elenas”, Los Narcisos. México, Editorial Oasis, 1983. p. 103.

[4]Este es un asunto de realismo mágico, muy natural en Garro, pues recordemos que publicó su novela Los recuerdos del porvenir en 1963, cuatro años antes que Gabriel García Márquez publicara Cien años de soledad.