Eve Gil
Poeta lúdica que parece recortar palabras como niña ataviando muñecas de papel, Carla Faesler (México, D.F., 1967) sorprende con una novela que posee las mismas características de su trabajo poético. Apuesta, sí… pero respetuosa del género en que, con fortuna, recién incursiona. Formol (Tusquets, México, 2014) es el título de esta obra que podría ser experimental y sin embargo trasciende la que pareciera una primera intención.
Todo comienza al seno de una pequeña familia, compuesta por el ferretero Celso, padre sobrio y trabajador; Febe, la madre sumergida en silencios destellantes, y Larca, la única hija que acribilla la tranquilidad de una casona en la colonia Roma con preguntas embarazosas. ¿Cómo explicarle a una niña la posesión de un corazón al interior de un frasco de formol? Tesoro macabro que, a ojos infantiles, adquiere colores insospechados, como las esponjosas nubes en el cielo, y que los padres nunca se han molestado en ocultar, antes bien, ha ocupado siempre un lugar honroso en la biblioteca paterna. Larca-espectadora crece entonces del otro lado del cristal donde, más que un corazón, flotan mil historias entrecruzadas que podrían resumirse como el periplo de un país saqueado, castigado y flagelado, prácticamente desde sus orígenes.
Hallado en las faldas del Iztaccihuatl, pareciera pertenece un joven guerrero azteca sacrificado a los dioses, aunque una leyenda alterna lo atribuye al obispo Manuel de Fernández de Santa Cruz y Sahagún, quien pasara a la historia como “Sor Filotea”, la increpadora de Sor Juana Inés de la Cruz, y quien en un arranque egomaníaco solicita que al morir su corazón le sea extraído y expuesto como reliquia y objeto de culto por parte de monjas y fieles. El corazón del tamaño de un puño beligerante ha viajado por tiempo indefinido en las más insólitas circunstancias, surcando la historia misma de México dejando tras de sí una estela legendaria.
La novela aborda la historia de la familia de Larca, la cual gira en torno al contenido del misterioso frasco como danza ritual alrededor de una fogata… pero también el periplo del corazón hasta llegar a la repisa de los protagonistas que representan el México actual, sumido en la penumbra y el luto. Más que objeto de curiosidad científica o arqueológica —y he aquí la parte más gozosa de la trama— ha encendido la creatividad y la apreciación estética de las personalidades más disímiles, aunque naturalmente son los artistas quienes han sucumbido a su preciosa gama de colores. Dos pintores en particular, de muy diversas épocas, tendencias y estilos: Baltasar de Echave Orio (1632-1682), artista vasco asentado en México, afecto a recrear escenas religiosas, muy especialmente martirios donde el protagonismo de la sangre y el dolor llegan a perturbar al espectador, y Gerardo Murillo, mejor conocido como Dr. Atl (1875-1964), cuyas actividades no se restringían a la pintura (era también cuentista y ensayista), tampoco al arte en sí mismo pues era un apasionado vulcanólogo. Ambos artistas llegan a tener el corazón entre sus manos pero son tocados de maneras distintas por él, y en el caso concreto de Dr. Atl, se narra en la novela, se convierte en metáfora del ánimo que le aquejaba al momento de alzarlo ante sus ojos empañados: “Está lago triste, Dr. Atl, muestra un acuoso mirar que mira en la marea que se fue. Porque la jacaranda que vivía con él, su avatar de mujer salvaje, ya se marchó de su lado: Nahui Ollin. Él la recuerda en la forma y el color del corazón que más parece un ojo de ella extirpado en un ataque violento, pero sin querer, durante una escena de celos” (p. 147).
Y entre tantos ilustres poseedores, el corazón ha ido parar a la familia sin apellido de Larca; tradición que comienza con el bisabuelo y ha pasado desde entonces de mano en mano, vuelto un miembro más en una casa que parece amplia pero extrañamante vacía. Larca se ha desarrollado silenciosa, respetuosa de la reliquia que parece contemplarla desde una repisa, y así, silenciosamente, y a la par de la narración de los incidentes que nunca terminan de maltratar aquel músculo cromado, Larca incursiona en la adultez, conoce el primer amor, las primeras pérdidas y llega a compartir su secreto familiar sin imaginar lo que puede desatar. Ni Larca ni su padre se habían cuestionado, hasta entonces, la pertinencia de poseer un elemento tan extraordinario en su ordinaria vida.
Pese a las dudas que han surgido respecto al género de Formol, no me cabe duda: se trata de una novela. Novela narrada desde la poesía; desde la visión de una poeta habituada a manipular el lenguaje de una manera que en nada estorba a la asimilación y comprensión de esta apasionante historia. He llegado a pensar, incluso, que no podría haber sido narrada de otra manera. La misma historia del corazón exigía un lenguaje pictórico, impresionista; próximo a la pincelada, con palabras cuya textura fuera ininteligible. Carla Faesler es asimismo autora de cuatro libros de poesía: Catábisis ex voto, Anábasis maqueta (Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2002), No tú, sino la piedra y Ríos sagrados que la herejía navega. Se ha caracterizado por la experimentación entre imágenes y poesía (fotopoemas, videopoemas), lo cual explica la extraordinaria cualidad visual de su narrativa.
