Rodrigo De Sahagún

Se cumple ya una década de la muerte de Mauricio Achar. El “Gordo”, como le decían sus amigos más entrañables, fue uno de los grandes difusores de libros y de lectura en México, durante tres décadas, desde que en 1971 fundara su primera librería Gandhi.
Proveniente de una familia siria-libanés, Mau­ricio nació y creció en la colonia Roma de la Ciudad de México, ahí en el cobijo cultural de sus padres, quienes realizaban tertulias en casa y en ocasiones pequeñas representaciones teatrales, actividad que también llevaría a cabo en su primera etapa de la librería como en su casa de Cuernavaca y a la que llamaría “lectura en atril”, según cuenta Xavier Díez de Urdanivia, fue así como Mauricio desarrolló su amor al teatro, por lo cual sus padres lo impulsaron, inscribiéndolo en la escuela Andrés Soler.
Por la gran pasión que siempre sintió por la lectura y otras artes como la pintura, música, además del teatro fue que junto con su esposa y su amigo Raúl Morales, hoy director de Grupo Tomo, y otros amigos, comenzó a desarrollar una librería en la cual esas tres artes se juntaran y pudieran compartir un mismo espacio, acompañados de un café y bocadillos, dando fuerza al concepto, por lo menos dentro de la Ciudad de México, aunque ya existían negocios del estilo, fue el de Achar el que pronto repuntó en el gusto del público.
El éxito en su idea de crear una cafebrería, artística y musical, por así llamarla, es que además era un establecimiento en el que el cliente podía interactuar con los libros, abrirlos y hojearlos. Mientras que en otras librerías, se debía pedir el libro en el mostrador o al vendedor para poder darle un vistazo a la contraportada y medio saber su contenido. Además de su cercanía con Ciudad Universitaria, de la UNAM, y su fácil accesibilidad por tener muy cerca al metro Metro Miguel Ángel de Quevedo, pues es uno de los corredores más concurridos del sur de la ciudad.
La idea de Mauricio Achar sur­ge en un mo­men­to clave, donde el cambio generacional que venía empujando fuerte desde octubre de 1968 y los principios de la nueva década de los setenta les daba una cierta madurez a aquellos que tuvieron que ver en el movimiento estudiantil. El campus universitario y sus zonas y colonias aledañas, se tornaban mucho más emblemáticas que otros barrios, como por ejemplo La Zona Rosa que era un lugar más inclinado hacia la década de los sesenta y que ya no estaba acorde con la urbe que seguía en crecimiento y la cantidad de habitantes que ahora había en el Distrito Federal. A partir de la década de los setenta, el auge y demanda artística fue en aumento y Ciudad Uni­ver­­sitaria tenía el perfil idóneo para el desarrollo de esos intereses para la juventud.
Sirviéndose de esos elementos para conjugar un negocio lucrativo tanto para Achar como para gente apasionada por la lectura, la charla, acompañados de un café fue que la librería se encumbró en un punto común de encuentro para la comunidad literaria. Cabe decir que dentro de las instalaciones de la librería, en frecuentes ocasiones, se podía encontrar a Mauricio sentado en medio de una partida de ajedrez con Ricardo Garibay, Germán Dehesa, además de ver, por ejemplo, a Juan Rulfo tomando café y fumando Pall Mall; entre varios otros y todavía hoy en día se pueden encontrar personalidades en el lugar. Dehesa empezó, precisamente sus representaciones de comedia teatral, dentro de la librería de Achar.
A pesar de que el concepto de sus librerías creció a tal punto que ahora hay en otros estados de la República Mexicana, frente a su primera librería se construyó una nueva más espaciosa y conceptual, de hecho. Se le adaptó en esa nueva sucursal una oficina más amplia, pero Mauricio Achar nunca se cambió, se mantuvo, hasta el día de su muerte en su añejo y estrecho despacho de su vieja librería. Sin duda era una persona arraigada con el negocio que lo hizo convertirse en un líder de las cafebrerías en México.
Vale la pena recordar al hombre que nos demostró que los libros son aptos para cualquier público y que no existe distinción en la literatura, pues con el concepto de mesa de oportunidades, podemos encontrar grandes clásicos a nuestro alcance. En gran medida, este tipo de difusión y comercialización impulsó así nuevas colecciones dentro de las editoriales y a librerías para reproducir ese formato de venta.