Claudio R. Delgado

El pasado 7 de agosto, el escritor de origen veracruzano, Rafael Solana Salcedo cumplió 99 años de haber nacido. Llegó al mundo precisamente un siete de agosto de 1915 en el Puerto de Veracruz; muy pronto (dentro de un año), se estará cumpliendo su centenario.

Con este motivo me permito recordar aquí, en este espacio la vivencia que padeció y por la cual no pudo formar parte de la Academia Mexicana de la Lengua.

En 1963, durante un vuelo a la ciudad de Managua, donde se celebraría alguna conmemoración del natalicio del gran Rubén Darío, el entonces Secretario de Educación Pública, don Jaime Torres Bodet y Francisco Monterde, en ese momento director de la Academia Mexicana de la Lengua, decidieron que Solana formaría parte de la reconocida institución encargada de proteger e enriquecer el idioma español que se habla en nuestro país.

A su regreso, don Jaime le informó a Rafael Solana que ya contaba con las tres firmas que recomendarían su ingreso a la Academia, y que serían ni más ni menos que las de Martín Luis Guzmán, José Gorostiza y Carlos Pellicer, todos ellos buenos amigos de Torres Bodet y de Solana; Mauricio Magdaleno, entonces Subsecretario de Cultura, fue el encargado de redactar él mismo la carta de proposición, y se la hizo llegar a una tal señorita Justina.

A última hora una de las firmas fue cambiada, ya que al llegar la carta a manos de Ermilo Abreu Gómez, éste con gran regocijo se apresuró firmarla, antes de que fuera entregada a Martín Luis Guzmán; sin embargo, se estipulaba que no debería de haber más de tres firmas por parte de los proponentes.

Solana, temeroso de que esto fuera a ser causa de rechazo para su ingreso a una de las instituciones más reconocidas y respetadas por él, consultó algunas opiniones; en una tarjeta dibujó treinta y seis cuadros. Tres quedaron en limpio: el correspondiente al sillón vacante; el de Salvador Novo, a quien no buscó para consultarlo, y el del padre Octaviano Valdés, quien nunca recibió a don Rafael, a pesar de que este asistió en dos ocasiones insistentemente a su casa.

Dos casilleros de los dibujados en la tarjeta por el autor de El sol de octubre, fueron cruzados con tinta roja, al recibir negativas claras: la de Andrés Henestrosa, quien le hizo saber a Solana que ya tenía su candidato y que sería Miguel León Portilla, y la de Antonio Gómez Robledo, que le mando a decir a don Rafael desde Roma que él prefería la literatura de ideas.

Henestrosa en 1987, a través de un artículo publicado en el entonces todavía destacado periódico El Día, a través de su columna Divagario, trata de aclarar a Solana que él no se opuso a su ingreso a la Academia.

Los otros 31 académicos le hicieron saber que veían con aceptación y simpatía su ingreso; don Alfonso Reyes le aclaró a Solana que no podría proponerlo, sin embargo, le anunció que sí votaría por su ingreso. A José Gorostiza le ofrecieron su voto a favor de Rafael Solana: el padre Ángel María Garibay, José Ignacio Dávila Garibi, Jesús Guiza y Acevedo, Alfonso Junco, Julio Torri, Eduardo Luquín, y así el resto de los 31 miembros.

Pero entonces, ¿qué es lo qué paso, si ya estaba cocinado el ingreso del veracruzano a la Academia Mexicana de la Lengua? Nadie supo. La proposición redactada por Mauricio Magdaleno y recibida por Monterde, y que fue firmada por Gorostiza, Pellicer y Ermilo Abreu, y que fue recomendada por Jaime Torres Bodet, se “perdió en el cajón de la señorita Justina” y nunca apareció.

Fue en el fondo de ese cajón donde murieron las esperanzas de Solana para formar parte de la Academia de la Lengua, la cual debería considerar (no sé si exista, y eso habría que preguntárselo al maestro Felipe Garrido o a don Jaime Labastida) la posibilidad de algún reconocimiento post mortem a un escritor que como Rafael Solana tanto dio a las letras nacionales y a nuestra cultura literaria; un hombre cuyo anhelo fue formar parte de esa Academia y a la que no pudo ingresar porque le escamotearon la oportunidad en el oscuro y sombrío fondo de un cajón.

Es importante tomar en cuenta que don Rafael fue un escritor de altos vuelos; un renovador del teatro nacional, escritor reconocido en países como Alemania, Francia, Italia, Portugal, España e incluso en los Estados Unidos, donde reiteradamente se han puesto sus comedias teatrales.

Fue Solana un intelectual que logró aglutinar en torno a sus míticas revistasTaller Poético (1936-1938) y Taller (1938-1941), a una de las generaciones de escritores más sobresalientes de nuestra literatura nacional, me refiero a aquellos que la integraron originalmente: él mismo, por supuesto, Efraín Huerta, Alberto Quintero Álvarez y Octavio Paz.

La madrina del nombre fue Carmen Toscano, quien una tarde dijo haber descubierto un “Taller de lunas”, nombre que describía una fábrica de espejos, pero que a los jóvenes escritores les sonó a poesía. Como taller para hacer lunas de espejos, así taller para hacer poesía.

A las revistas de Solana asistieron (principalmente aTaller Poético) poetas de las generaciones anteriores a la suya, desde Enrique González Martínez, hasta los más jóvenes que él mismo, como Neftalí Beltrán o Ramón Gálvez; también participaron casi todos los integrantes de Contemporáneos, excepto José Gorostiza.

En Taller Poético nacieron Carmen Toscano y Octavio Novaro; allí se dio a conocer Efraín Huerta; se recogieron poemas de Elías Nandino, Anselmo Mena y Enrique Asúnsolo.

Además de los cuatro números de la revista, don Rafael editó algunos libros como:Inalcanzable y mío de Carmen Toscano, Línea del alba de Huerta, el cual imprimió el abogado Miguel N. Lira, y que tuvo como cajista ni más ni menos que al entonces Secretario de Relaciones Exteriores, Genaro Estrada.

El primer libro que Solana editó fue:Ausencia y Canto de González Martínez; luego vendrían otros como el de Alberto Quintero Álvarez: Semblanza del llanto; de Luis Cardoza y Aragón: El Sonámbulo; Herido Transito de Enrique Guerrero; de Mauricio Gómez Mayorga: Palabra Perdida y Tres ensayos de amistad lirica para Garcilaso en 1937, escrito “al alimón” entre Jaime Torres Bodet, Alberto Quintero Álvarez y Rafael Solana.

Taller poético sólo alcanzó cuatro números y murió en junio de 1938. En diciembre del mismo año nace Taller; y los cuatro primeros números de esta revista fueron dirigidos por Rafael Solana, mientras que los ocho restantes se publicaron bajo la dirección de Octavio Paz.

Para el número seis de Taller, ya ha desaparecido del directorio el consejo integrado por los cuatro principales responsables de la publicación (Solana, Huerta, Quintero Álvarez y Paz), quienes son sustituidos por el director Octavio Paz, y por un secretario, el español Juan Gil Albert.

Taller Poético y Taller marcaron el despegue de una de las generaciones de escritores más sobresalientes del pasado siglo XX mexicano, tan sólo después de la de Contemporáneos y El Ateneo de la Juventud. Fue Solana quien les dio vida e impulso a estas dos revistas literarias y no necesariamente Octavio Paz, como falsamente se asegura, pues Paz, un año mayor que los otros tres miembros de Taller, perteneció primero al grupo de Barandal y después a los Cuadernos del Valle de México.

Gracias a la visión de poeta y de ensayista, y a su gran don de gentes, Solana impulsó a una de las generaciones de escritores mexicanos que más han marcado el desarrollo poético y narrativo de la literatura nacional.

Fue un escritor que por méritos propios, por inteligencia y gran cultura, pero sobre todo por el gran conocimiento de nuestro idioma y por la relevancia de su trabajo literario, merecía haber sido parte de esa institución que es la Academia Mexicana de la Lengua, ojalá sus actuales directivos se dignen brindarle un reconocimiento el próximo año con motivo de sus cien años de nacimiento. Ojalá.